Nathan
NATHAN
Nathan Tabiz ya no puede detener el tiempo, así que se refugia en el único lugar en el que el tiempo nunca existía.
La torre del Templo está tal y como la recordaba, repleta de trastos en desuso apartados contra la pared.
Hay un sinfín de libros apilados, juguetes cuyos dueños tal vez murieran décadas atrás y sábanas que cubren objetos que nunca se ha detenido a examinar.
En el suelo hay mantas recién estiradas, cojines y velas que titilan como estrellas plantadas sobre la madera.
Las vistas también siguen siendo las mismas.
Desde el balcón, Nathan observa el Sacro Reino de Daiva a sus pies, sus luces y su silencio.
Desde ahí puede observar el palacio, inmenso y brillante, así como la basílica.
Le sigue pareciendo tan majestuosa como la primera vez que su madre lo llevó y le explicó qué eran los celestes, quién era Destino y por qué ellos habían nacido para servirlo.
No recuerda demasiado de las explicaciones, solo que las estatuas le parecieron enormes e intimidantes.
Le dio la sensación de que tenían demasiados ojos, de que jamás iba a poder esconderse de todas esas miradas, así que lo intentó contra el cuello de su madre.
Tabitha se rio, le dijo que no tenía nada que temer, que todos esos ojos estaban ahí para protegerlo, y eso fue todo.
Hoy, al mirar a las estrellas, se pregunta si su madre estará en alguna de ellas, observándolo con los ojos multiplicados que debió de conseguir al morir. Si es así, quizá esté decepcionada. Si es así…
—¿Qué piensas?
Nathan deja escapar un suspiro mientras unos brazos le aprietan la cintura desde atrás.
Ese agarre que conoce tan bien tampoco ha cambiado.
Es tan cálido y reconfortante como siempre.
Los labios que caen sobre la curva de su cuello le arrancan el asomo de una sonrisa y consiguen que cualquier otra preocupación vuele lejos de esa estancia a la que los problemas nunca llegan.
—En nada.
—¿En nada? —La voz en su oído finge que está molesta—. ¿Ni siquiera en mí?
El gesto en los labios de Nathan crece y él se gira. Ahí está la constelación de lunares; ahí los ojos azules brillantes; ahí esa expresión de falsa indignación que pretende arrancarle una risa que ya tiene en los labios.
Adam se inclina sobre él, apoya la frente contra la suya, y Nathan admite:
—Siempre estoy pensando en ti.
La sonrisa de Adam se extiende. Inmensa. Eterna.
—Lo sé.
Nathan Tabiz ya no puede detener el tiempo.
Pero, en esa torre en la que nada ha cambiado, esa torre en la que Adam sigue a su lado, el tiempo no puede hacerle daño.