La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ishtar
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Ishtar

ISHTAR

Es como hundirse en lo más profundo del océano y volver a emerger.

Por unos momentos, ha estado flotando en la más completa oscuridad, perdida en un lugar en el que los sonidos le llegaban ahogados y deformados, pero ahora está de nuevo en la superficie y siente todo con demasiada intensidad.

La luz. Los olores. Los ruidos. Sus sentidos lo amplifican todo y no sabe qué hacer con ello, en qué centrarse.

Caleb está ahí y la ayuda a incorporarse.

Ishtar quiere preguntarle cuándo ha vuelto, cómo está, qué ha pasado.

Lo ha escuchado a través del agua, pero le pareció que la voz que la llamaba no podía ser la suya.

Tenía que ser un recuerdo perdido, un retazo de los días que solía pasar en la cama, cuando él aparecía para llevarla de nuevo a casa.

Aun así, nadó. Aunque el agua intentara lanzarla hacia abajo.

Aunque sus pulmones amenazaran, como siempre, con quedarse sin aire.

Nadó para alcanzarlo. Para volver a verlo.

Tenía que volver. Aunque fuera una última vez, tenía que volver.

«Bien hecho, niña».

La voz la paraliza. Viene de dentro de su cuerpo y solo cuando la escucha es capaz de volver a ubicarse. Está en un nido. Ha hecho un Trato. Debajo de su piel habita un demonio.

Lo ha conseguido.

—¡Ishtar!

El grito de Derek es lo que consigue que termine de reaccionar.

Su abrazo, cuando llega, está a punto de volver a tumbarla y dejarla sin aliento, pero también es lo más cálido que ha sentido en mucho tiempo.

Aunque nota la piel aterida, aunque está segura de que está temblando porque acaba de salir de lo más profundo del mar, el cuerpo del chico es una manta agradable con la que cubrirse.

—Derek.

Suena torpe, arañada, pero a él su voz le debe de parecerle preciosa, porque se separa lo justo para tomar su rostro entre las manos. Ishtar ve la sonrisa que tiene en la boca, nerviosa, y también las lágrimas que está conteniendo.

Derek se inclina sobre ella, tan cerca que sus labios están a punto de rozarse.

—Hola, brujilla —susurra él casi contra su boca—. Llevo mucho tiempo queriendo llamarte así, ¿sabes? Me parece más adecuado que «princesa».

Su primera reacción es soltar una risa nerviosa, confusa, desubicada.

La siguiente, sin embargo, son las lágrimas.

Realmente lo ha conseguido. Tiene un demonio dentro y lo siente, incluso lo escucha.

Es consciente de su presencia, de su molestia por haber sido relevado y, al mismo tiempo, de ese deje de orgullo que parece sentir por ella.

Porque ha conseguido arrebatarle el control y eso significa que ambos van a poder convivir en ese cuerpo, que ella está a la altura.

Cuando toma aire, se da cuenta de que no le cuesta respirar.

Se siente casi como si Caleb la acabase de curar, aunque no tan bien.

Tiene un montón de cortes abiertos por todo el cuerpo y el rojo se mezcla con el negro de ese líquido que ahora corre por sus venas.

Su sangre ya no es solo la sangre maldita que ha heredado, sino la de un demonio.

No sabe cuánto tiempo más va a darle el pacto que ha hecho, pero espera que sea un poco más.

Al menos, un poco más. Y lo ha conseguido sola, pese a todas las veces que su madre pensó que no podría hacerlo, pese a todas las personas que alguna vez la han considerado incapaz, insuficiente, pese a todas las veces en las que ella misma ha llegado a creérselo, aunque nunca dejara que nadie lo viera.

Pero no tenían razón. Siempre ha sido suficiente, por mucho que esté enferma. Suficiente para decidir su destino, para cumplir con sus objetivos. Suficiente no solo para sobrevivir, sino para vivir como ella quiera.

No es consciente de que la risa se ha convertido en un sollozo hasta que los brazos de Derek la envuelven de nuevo. Hasta que ella esconde la cara contra su cuello y aprieta su camisa entre los dedos. Hasta que él le susurra al oído:

—Todo está bien. Estás bien.

Sí, lo está. Ahora, por fin, lo está.

Ishtar se echa a llorar.