Caleb #2
El necromante gruñe mientras Darien se apresura hacia él, pero alza la vista para comprobar que Derek sigue en pie. Aunque él también ha debido de recibir daños, se incorpora apoyado en piernas y manos, unos pasos más allá, y escupe sangre. Por alguna razón, ha recuperado su sonrisa irónica.
—¿Has oído eso, Caleb? Nuestro nuevo amigo considera que los humanos morimos rápido… ¿No te sientes al menos un poco ofendido?
El aludido resopla. Darien está a su lado, arrodillado junto a él, aunque se ve que lucha contra la idea de tocarlo.
El necromante quiere poner la mano sobre la suya o besarle la cabeza y que entienda con eso que todo está bien, que ha vuelto, que esto ni siquiera es lo peor que le ha pasado en la vida.
En su lugar, respira hondo y se incorpora poco a poco, mientras los huesos se le recolocan y su maldición se convierte una vez más en una bendición. Su mirada recae sobre Derek.
—Esperaba que tu sentido del humor hubiera renacido contigo, pero supongo que no hemos tenido suerte.
Tiene que luchar contra el dolor que trata de paralizarlo mientras intenta ponerse en pie, pero lo consigue.
Darien lo observa con la ansiedad pintada en la expresión y Derek responde con una risa a medio camino entre la histeria y la diversión.
Caleb mueve los hombros y el cuello mientras las heridas terminan de cerrarse.
Sus ojos vuelven de nuevo al demonio, que arruga la nariz como si hubiera captado un olor desagradable.
La expresión del necromante ni siquiera es de odio ni de amenaza, solo de hastío.
—Me gustaría que esto fuera rápido. Llevo días sin parar de caminar, lo más probable es que haya soldados imperiales siguiéndome el rastro y tengo un par de conversaciones pendientes que quiero resolver cuanto antes. Deja que Ishtar tome el control o te sacaremos a la fuerza.
La criatura entrecierra los ojos.
—¿Qué no entendéis? Me ha dado su cuerpo. Ha hecho un Trato conmigo. No sois nadie para…
—A la fuerza entonces.
Caleb se lanza a por la criatura antes de que esta pueda asimilar lo que está pasando.
Es consciente de que es el único que puede hacerlo, no solo porque es el único que pueda soportar cualquier golpe, sino porque es el único que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para salir de ahí.
Darien no podría. Derek, desde luego, no podría.
Ellos van a seguir viendo a Ishtar.
Él, que sabe que a veces las personas que quieres desaparecen para siempre, no.
La lucha es intensa, dos fuerzas de la naturaleza que chocan: Caleb con sus puñales, su vida y su resistencia; la criatura con la magia del caos a su disposición para convertir en un arma cada pequeña cosa a su alrededor.
Le recuerda al día que su vida tal y como la conocía acabó, al enfrentamiento con Astrey en la cabaña.
Esta vez, sin embargo, el duelo está mucho más equilibrado.
Él ya no es un niño de doce años y ha aprendido que a veces merece la pena recibir un golpe para poder asestar el definitivo; ese demonio todavía se está ajustando al cuerpo que ha tomado.
Quizá por eso consigue tirarlo al suelo.
Por eso él, tras varios golpes, ve una oportunidad que acaba con la espalda de la princesa contra el suelo y él a horcajadas sobre ella.
Un sinfín de raíces surgen entonces desde el suelo para ayudarlo a inmovilizarla.
Le cubren incluso la boca, aunque el demonio trata de morderlas.
Caleb duda menos de lo que le gustaría al ponerle los dos puñales contra el cuello.
—¡¡¡No!!!
La voz de Darien suena desesperada, incrédula, pero Caleb solo se permite lanzarle un vistazo, a tiempo de ver cómo Derek lo detiene.
Nunca lo había visto tocarlo, pero esa vez lo agarra del brazo, demasiado preocupado por Ishtar como para poder pensar en las posibles consecuencias.
Darien se queda paralizado, como cada vez que una visión lo asalta.
Debajo de Caleb, el demonio se revuelve, así que el necromante vuelve a concentrarse solo en él. El rostro de Ishtar sigue siendo familiar pese a los cambios. Bajo sus venas oscuras corre una sangre que los une.
No quiere tener que hacer lo que está dispuesto a hacer.
—Ishtar, sé que estás ahí, en alguna parte, pero si no puedes salir…
Si de verdad no puedes salir…, no creo que eso cuente como estar viva.
—Los filos se aprietan contra el cuello.
La criatura gruñe—. ¿Recuerdas nuestro trato?
El que hicimos tú y yo. Tienes que decirme que quieres vivir.
Si no lo dices… Si no consigues salir para decirlo…
El rostro de la princesa, escondido bajo ese río oscuro que se extiende por todas partes, se contorsiona en una mueca.
Su fuerza es suficiente para romper algunas de las raíces que le rodean el cuerpo y permitirle alzar los brazos, aferrar con sus uñas afiladas los de Caleb.
Él siente el dolor punzante y la sangre que brota, pero lo único que hace es apretar los dientes y presionar los puñales con un poco más de fuerza contra su pescuezo.
—Ishtar —repite.
Es un salmo. Una oración, aunque su fe no está puesta en ningún dios. Ellos no van a venir a ayudarlos. Su fe está puesta en esa chica, en su capacidad de seguir adelante, en la resiliencia que siempre ha demostrado.
Odia la idea de cortar ese cuello, odia la idea de ofrecerle esa vida a Muerte después de haberla salvado tantas veces, pero también sabe que es lo correcto. Es lo que ella querría. Sobre todo, si supiera que puede ser un peligro para él. Para Darien. Para Derek.
La criatura sacude la cabeza, cierra los ojos con fuerza y aprieta las uñas con más fuerza contra sus brazos, pero esta vez el gesto parece distinto.
Como si no luchara solo contra él, sino que intentara aferrarse.
Caleb nota el corazón de la princesa, hasta entonces estable, acelerándose cada vez más.
Es eso lo que le da un poco de esperanza.
Es eso lo que hace que se incline un poco más sobre ella, que deje que los filos arranquen los primeros hilos de sangre negra y murmure:
—Vamos, Ishtar. Dilo.
El chillido que el demonio emite entonces consigue que Caleb tenga ganas de soltar los puñales para cubrirse los oídos. Le perfora los tímpanos. Aun así, aguanta. Se mantiene donde está, bailando entre la esperanza y la desesperación.
Hasta que nota que las uñas sobre sus brazos dejan de hacer tanto daño.
Hasta que el demonio abre los ojos y él ve cómo cambian. Fluctúan. Recuperan su forma humana y titilan de un color al otro. Negro. Marrón. Negro. Marrón…
—Viv…
Caleb no se da cuenta hasta entonces de que está temblando.
Marrón. Un gruñido. Negro.
Ojos cerrados.
Cuando se vuelven a abrir…
Marrón.
Un jadeo. Una expresión sorprendida, ansiosa, humana. Un rostro que muestra miedo y unas manos que se aferran con fuerza a él, pero que ya no duelen.
—Vivir. —Ishtar de Odelia regresa a su cuerpo tomando una gran bocanada de aire—. Quiero vivir.
Caleb vuelve a respirar solo en ese momento. El cansancio también vuelve de golpe y todo su cuerpo se relaja. Deja caer los hombros, la cabeza. Suelta las dagas. Se permite cerrar los ojos y sentir que el alivio le llene el pecho y tire de una de sus comisuras hacia arriba.
Hay historias que están condenadas a repetirse, pero al menos esa no es una de ellas.
—Bienvenida de vuelta.