La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Caleb
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Caleb

CALEB

La última vez que Caleb durmió fue una pequeña cabezada que dio en el barco de camino a Arsay, hace ya varios días.

Después, la idea era no detenerse: los demás le llevaban días de ventaja, así que tenía que recuperarlos de alguna manera y, por suerte para él, nunca ha necesitado demasiado descansar.

Aun así, después de jornadas completas caminando sin parar, guiado solo por ese colgante que lleva al cuello, siente los músculos agarrotados y doloridos y la cabeza cada vez más dispersa.

Es posible que lo poco que comió durante su encierro y después de él también tenga algo que ver, pero le parecía que era innecesario detenerse para algo así, de modo que se ha limitado a ingerir algunas frutas y hongos que encontraba por el camino.

De todos modos, si su cuerpo había soportado el poder del Amuleto del Tiempo, también podía soportar el hambre y el agotamiento.

Aun así, cuando el medallón lo guio hasta el nido, pensó que el cuerpo podía haber soportado el cansancio, pero quizá su mente no.

O quizá había confiado demasiado en ese pequeño pedazo de oro y Destino lo estaba conduciendo a una trampa, porque no tenía ningún sentido que Darien estuviera dentro de un lugar como aquel.

Darien no tenía nada que ver con el Caos y un nido no era seguro para nadie.

Incluso él los había evitado siempre, salvo en una ocasión.

Fue entonces cuando lo entendió.

Ishtar.

Su grito rompe el reencuentro con el celestial.

Los dos levantan la mirada al mismo tiempo y la fijan en la niebla, en la dirección de la que ha venido el alarido.

Caleb tensa la mandíbula y se fija de nuevo en el chico.

Quiere hablar con él, de lo que le ha visto a punto de hacer y también de todo lo demás.

Quiere enmarcarle las mejillas, inclinarse sobre él y robarle un beso por el que pedir disculpas después, como el primero que se dieron.

Quiere discutir, incluso. Quiere retomar en un segundo todo lo que es su relación, las partes buenas y las incómodas.

Pero sabe que van a tener que esperar.

—Luego —murmura, para él y para sí mismo. Sabe que Darien también tiene muchas cosas que decir, lo nota en los ojos grandes con los que le está mirando, de esa manera que hace que quiera cumplirle todos los deseos que se atreva a pedir—. Cuando salgamos de aquí.

El celestial traga saliva, pero asiente.

Trata de alejar la mano, pero Caleb se la sostiene con más fuerza y echan a correr así.

Caleb siente energías humanas dentro de la bruma, así que las sigue.

Hay dos, no demasiado lejos la una de la otra, y pese a que no ve nada en esa niebla, y lo poco que distingue cambia constantemente, se aferra a esa pulsión, a los corazones que laten cada vez un poco más cerca, a los ruidos de pasos y al eco de un gruñido.

Una de esas energías se mueve a toda velocidad, la otra está muy quieta, así que decide centrarse en la que está parada.

Ishtar.

Está en una sala derruida de lo que antaño debió de ser un templo, uno de los lugares en los que los Antiguos veneraban a todos los dioses por igual.

Ve las columnas, las estatuas medio derrumbadas.

Y, en el centro, ella. La reconoce en cuanto la ve a pesar de que la princesa se encoge sobre sí misma y oculta el rostro, a pesar de que su energía está alterada, enredada, descompuesta.

Caleb traga saliva porque sabe lo que significa y, en cuanto Darien trata de dar un paso más hacia delante, lo detiene.

Derek llega justo en ese momento. Sus miradas se encuentran a través de la niebla y los ojos de su amigo se abren con incredulidad.

Como si, igual que Darien, sospechase que no es real.

Supone que es normal. Supone que ese lugar juega con tu cabeza, aunque a él los demonios apenas se le han acercado.

Tampoco les ha dado la oportunidad. Ha escuchado que esas criaturas se aprovechan de tus dudas, de tus miedos, pero él ha entrado ahí aferrado a la única seguridad que importaba: encontrar a Darien y a los demás.

—¿Caleb?

Él solo asiente. Tampoco tiene tiempo de más, porque entonces Ishtar gruñe.

El cabello le ha crecido hasta la cintura y su cuerpo sangra, lleno de heridas, pero no parece tan pequeña y delgada como siempre.

Caleb se fija en las manos entonces. Las tiene clavadas en el suelo, entre los mármoles partidos y la gravilla.

No son manos humanas.

—¡Ishtar!

Es Derek quien grita su nombre. Es él, por supuesto, el primero que se lanza a ayudarla.

—¡Derek, cuidado!

La advertencia no llega a tiempo. La bruja alcanza el brazo de Derek con las uñas en cuanto se acerca y le hace un tajo brutal que le raja la piel, le arranca un grito y lo obliga a retroceder.

Ishtar levanta la cabeza solo entonces.

No parece ella. El cabello negro y lacio le cae por encima de un rostro más afilado que antes, más adulto.

Los ojos castaños se han tornado negros por completo, sin esclerótica ni iris, y su boca se ha llenado de dientes afilados, capaces de serrar huesos, pero no de acoger su sonrisa de siempre.

Lo peor, sin embargo, es el rastro de venas que tiene por todo el cuerpo: destacan por todas partes, negras, como si un río de brea le corriese bajo la piel pálida y cientos de afluentes se ramificaran en todas las direcciones.

El gruñido que emite es gutural, profundo, animal.

Caleb suelta a Darien solo entonces para poder ponerse delante de él y desenfundar sus puñales.

Derek, en cambio, se queda donde está. No retrocede ni un paso, pese a que el brazo le sangra e Ishtar (o, más bien, su demonio) se está fijando sobre todo en él, agazapada y lista para volver a atacar.

—Ishtar. —La manera en la que repite su nombre es grave y suave al mismo tiempo—. Sé que estás ahí. Vuelve conmigo. No dejes que esa cosa te controle.

—¿«Cosa»? —La voz de Ishtar también se ha transformado. Ahora es más grave, está distorsionada, como un instrumento desafinado. Su sonrisa, igual que la de todos los demonios, está mal hecha—. Deberías tener un poco más de respeto, humano… Esta «cosa» podría comerte.

Como si quisiera catarlo, de hecho, alza la mano manchada de sangre y desliza una lengua negra por ella.

—Derek —murmura Caleb, aunque sabe de antemano que su amigo va a ignorarlo.

—Sé que esto no es lo que deseas, Ishtar. No quieres hacerme daño, ni a mí ni a nadie.

El demonio se pone en pie. Lo hace como un gato que despierta de la siesta, poco a poco, y estira todas las articulaciones en el proceso, acomodándose bajo esa piel después de mucho tiempo sin habitar un cuerpo. Mueve los dedos, prueba cuánto puede girar la cabeza.

—Lo que la niña quiera o no ya no es importante. Ahora mando yo.

Caleb aprieta los dedos alrededor de sus armas. A su espalda, Darien respira agitadamente, quizá horrorizado ante la perspectiva de haber perdido a Ishtar.

Pero un demonio no puede robar un cuerpo sin más.

—Sabemos que está ahí —reclama.

La criatura se fija en él entonces. La sonrisa en su boca crece.

—Oh, sí. Lo está. Pero muy muy abajo… Demasiado como para volver a la superficie.

Saber qué pedir es importante cuando haces un Trato, y ella solo quería un cuerpo que pudiera soportar un poco mejor la sharada.

Dijo que lo daría todo por ello. Todo . Y yo he cumplido.

Este cuerpo aguantará un poco más conmigo dentro.

Pero el cuerpo no lo es todo, ¿no creéis?

Caleb no suele tener miedo: ha vivido lo suficiente como para que sea algo que no le afecta del mismo modo que al resto de la gente.

Por supuesto, tiene temores, preocupaciones, pero no suele sentir terror ni las consecuencias físicas de este.

Ahora, sin embargo, un escalofrío le nace en la nuca, la piel se le enfría y el corazón se le acelera.

Es consciente de por qué le afecta tanto.

Es consciente de que su cuerpo ni siquiera está reaccionando solo al presente, sino al pasado.

Astrey también lo dio todo en su Trato y nunca volvió a ser el mismo.

Y si algo ha aprendido últimamente es que algunas historias están condenadas a repetirse. Quizá esta sea otra. Quizá esté a punto de perder a otra persona que quiere porque un demonio la hizo desaparecer para siempre.

—Ishtar es más fuerte de lo que crees.

El necromante vuelve al presente cuando Darien da un par de pasos hacia delante.

Por un momento, a Caleb le da la impresión de que se lo está recordando a él, que lo está amonestando por dudar, pero la mirada del celestial está fija en el demonio.

Pese a su expresión seria, oye su pulso desbocado.

El celestial también está aterrado, pero no va a dejar que la criatura que tiene el cuerpo de su amiga lo huela.

—Es la persona más fuerte que conozco —continúa con los puños apretados—. Ha luchado siempre por tener una vida que mereciese la pena y no se ha rendido jamás, así que estoy seguro de que tampoco va a hacerlo ahora.

—El santito tiene razón. Es cuestión de tiempo. —Derek entrecierra los ojos mientras alza la espada—. Y, si tenemos que mantenerte entretenido hasta que eso pase, adelante.

La sonrisa de la criatura se tuerce en una mueca de desprecio.

—Los humanos sois siempre tan… emocionales. Por eso morís tan rápido.

Es lo último que dice antes de que el mundo se deshaga a su antojo.

Los rastros de las ruinas se descomponen en grandes trozos de piedra que se lanzan contra ellos y Caleb tiene que actuar con rapidez para apartar a Darien de su trayectoria.

No le da tiempo a contraatacar, así que lo único que puede hacer es recibir el golpe por él.

El impacto le da de lleno y siente cada hueso absorber el choque y romperse por la presión.

Las costillas, las piernas, la cara, la columna.

El dolor es tan arrebatador que ni siquiera le permite gritar.

Lo único que puede hacer es aferrarse a la consciencia.

—¡¡¡Caleb!!!