La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien #2
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Darien #2

Darien es incapaz de moverse. Las voces hablan todas al mismo tiempo y repiten lo que quieren (piel, ojos, manos, cuerpo; piel ojos manos cuerpo; pielojosmanoscuerpo) más y más rápido, al ritmo de las gotas que aún caen al suelo, al ritmo de su corazón acelerado, de sus jadeos.

Sus rostros se acercan y siente la presión de esos cuerpos faltos de calidez, igual que es consciente de que le cortan la piel y se la punzan con las armas, se la pellizcan con los dedos, lo arañan.

Puede verse reflejado en pares y pares de ojos de un verde idéntico.

Lo único que sabe es que parece aterrado, al borde de la náusea, del desmayo.

A su espalda, Hela deja escapar una risa suave como una brisa cuando él intenta resistirse y sus uñas se le clavan en el pecho.

—Tu corazón, celestial. Eso es lo que te pido.

Las sombras de sus vidas pasadas se detienen, respirando muy cerca de su rostro, con expresiones contorsionadas de satisfacción y expectación.

Los cortes que le han hecho le pican, le escuecen, pero la herida en el pecho es la más insoportable.

La sangre le mana de cinco punciones hechas por cinco dedos.

Las uñas le acarician las costillas por dentro y el sonido húmedo de la carne y la sangre hace que la cabeza le dé vueltas.

Darien cierra los ojos, incapaz de mirar.

—¿Hay trato, Darien Veriz?

El chico siente un estremecimiento corriéndole bajo la piel.

Los labios le tiemblan. Sabe lo que tiene que decir.

Sabe lo que tiene que hacer. Ha entrado en el nido con un objetivo claro, pero en el último momento, duda.

Aunque odie titubear. Aunque esté harto de ser así.

Aunque sabe que tiene que romper su medallón de alguna forma y escapar de las garras de Destino.

Quiere cambiar las cosas más que nada, pero a la hora de la verdad, es incapaz de hacerlo.

Es incapaz de transformarse, al contrario que todos los demás.

Sigue siendo el mismo chico que abandonó el Templo, el que se queda quieto, el que deja que otros decidan por él, el que los sigue allá a donde vayan.

Necesita salirse del camino marcado, pero, a la hora de la verdad, le aterra la idea de internarse solo en el bosque.

—Yo…

El chillido llega sin avisar y el resto de palabras mueren en sus labios, aunque ni él mismo es consciente de qué podría llegar a haber dicho.

Todo lo que sabe es que, al abrir los ojos, los rostros que se cernían sobre él se convierten en el humo que queda al apagar una vela.

Se extinguen como llamas, como una ilusión, aunque el dolor en el pecho le parece demasiado real como para que todo sea una simple fantasía.

Hela lo suelta y Darien, sin más apoyo que sus piernas temblorosas, cae.

Debajo de él ya no hay sangre, ni siquiera las baldosas de la basílica, sino la piedra desgastada de algún edificio en ruinas, tan real como él.

Cuando alza la vista no ve las estatuas que lo han recibido en el Templo, pero sí la niebla, que vuelve a cerrarse a su alrededor, inofensiva, ocultando los restos de la ciudad.

Cuando mira hacia atrás, se da cuenta de que la bruja que fue en una vida pasada se ha convertido en algo mucho más pequeño, más inhumano, con un cuerpo retorcido de azul cobalto y escamas duras en un rostro que no tiene ya nada de humano.

Una garra se arranca un puñal del costado y lo deja caer al suelo.

Con un siseo, el demonio retrocede y se pierde entre los rincones en sombras de la ciudad.

—¿Qué crees que estabas haciendo, celestial?

Darien traga saliva. Durante un segundo, es incapaz de apartar la vista de las botas que tiene delante, pero al final se obliga a alzar los ojos. El corazón que sigue en su pecho le demuestra lo rápido que puede latir antes incluso de alcanzar los ojos azules.

Quizá sea parte de una lección. Quizá los demonios estén intentando demostrarle que lo que realmente le aterra es tener esperanza. Que le den algo que desea con toda su alma y luego quitárselo.

—Caleb.

Su nombre le sabe extraño, a un deseo que no se puede cumplir, y llega acompañado de un gemido lastimero.

Cuando el necromante se agacha para recoger el puñal, Darien se siente tan abrumado que lo único que puede hacer es retroceder arrastrándose por el suelo.

Quiere gritarles a los demonios que sí, que ellos ganan, que acepta el Trato.

Que les dará su corazón y su piel y todo lo que deseen si con eso le prometen darle la fuerza suficiente para volver a por él.

No, no solo eso. Para construir un futuro a su lado que nadie pueda quitarles.

El chico entorna los ojos al verlo retroceder, pero no se levanta. Enfunda el arma y se queda en cuclillas ante él, con esa expresión severa que suele poner.

—¿Qué haces aquí solo? ¿Desde cuándo sientes inclinación hacia los demonios?

Es la forma en la que le habla. Es la cadencia de su voz, que estuvo aprendiéndose durante todo el tiempo que pasaron juntos. Es la manera en la que abre y cierra la mano, como si una parte de él estuviese deseando extenderla y tocarlo.

Darien ha dado por hecho en los últimos días que ya no tenía fe en nada, pero quizá se equivocaba. Quizá le queda la suficiente para verterla toda en ese chico.

—¿Eres tú? —Su susurro no es más alto que su respiración—. ¿Eres tú de verdad?

Caleb abre un poco más los ojos en un gesto apenas perceptible, como si no se hubiera dado cuenta de que pudiera ser cualquier otra cosa. Cuando se pone de pie, es solo para tenderle la mano y ayudarlo a levantarse.

—Te dije que te encontraría.

Darien no duda cuando extiende los dedos, aunque al principio no se aferra a él, sino que se conforma con acariciarle la palma, las finas líneas que se inscriben en su piel y que se ha aprendido tan bien como las suyas propias.

La calidez que siente en ese contacto es real, igual que la imagen rápida que le viene a la cabeza.

Se ve a sí mismo vestido de celeste, quitándose el ojo de Destino del cuello y poniéndoselo a la persona que lo está mirando.

Una persona que piensa que no puede perderlo, que tienen que volver a encontrarse en esa vida.

Darien traga saliva cuando la visión se diluye y Caleb sacude la cabeza y se lleva la mano al cuello de la camisa, al cordel que asoma bajo ella.

El medallón destella como si quisiera espantar a las sombras, como si estuviera luchando contra todo lo que les rodea.

Cuando Caleb acaricia el metal con el pulgar, el escalofrío que baja por la espalda de Darien no tiene nada que ver con el terror.

Es eso lo que hace que se aferre a su mano y se deje ayudar. La forma en la que sus cuerpos casi chocan cuando está de pie es algo familiar, igual que su cercanía. Igual que el tacto de sus dedos, la forma en la que sus manos parecen reconocerse. Le abruma.

Y, al mismo tiempo, lo ha echado tanto de menos que siente ganas de llorar.

—Caleb, escucha…

Una vez más, no llega a terminar lo que iba a decir. No llega a saber si sería capaz de pronunciar las palabras adecuadas.

Otro chillido rompe la quietud, pero esta vez suena lejano, conocido.

Ishtar.