La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien
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Darien

DARIEN

Suponía que tras el manto de niebla encontraría un espacio abierto y despejado, surrealista, quizá con mil caminos entre los que elegir.

Daba por hecho que los demonios le saldrían al paso y, en el mejor de los casos, lo obligarían a salir de sus dominios.

En el peor de los casos, lo despedazarían y acabarían con todo de esa manera en la que él no se atreve.

Nada de eso ocurre.

Al traspasar la entrada del nido, no hay ningún cambio perceptible, más allá de una energía que parece acariciarle el rostro y las manos.

Es el mismo sentimiento que cuando se va a desatar una tormenta, una carga en el aire propia del rayo.

Pero el paisaje no cambia y las calles bañadas en bruma se extienden siempre unos pasos por delante de él, sin que pueda ver el final por mucho que camine.

No le importa. Como hacía en el laberinto de pasillos del palacio de Odelia, avanza, sin dejar que las encrucijadas le permitan dudar.

Lo único que acompaña a sus pisadas es un sonido que empieza sin que se dé cuenta, lejano.

Tic. Tac. Tic. Tac. No. Aunque tarda un buen rato, se percata de que lo que está escuchando no es un reloj, sino algo más desacompasado, irregular.

Como una gotera. Como si, en alguna parte, hubiera empezado a llover.

Y, con cada paso que da, suena más y más alto, retumba en las paredes y en sus huesos, hasta que incluso su pulso parece latir al mismo ritmo.

La niebla se abre un poco sin previo aviso y Darien aprieta la empuñadura de la daga.

Las sombras empiezan a tomar forma delante de él, recolocando el mundo.

Bajo sus pies hay baldosas que reconoce.

A su alrededor distingue la imponente forma del interior de un edificio familiar, pese a que la última vez que estuvo dentro estaba casi en ruinas.

Ahora, sin embargo, la basílica está entera, aunque los detalles no encajen: los asientos para escuchar las ceremonias han desaparecido y, en su lugar, como si volviera a estar en el jardín del palacio de Odelia, se alzan estatuas en sus pedestales.

Al principio, las asocia con las esculturas de celestes y santos entre las que ha crecido, pero pronto se da cuenta de que tienen otras caras igual de conocidas.

A tan solo unos pasos, Lilith lo mira desde arriba, con ojos que le sobresalen de las mejillas, de la frente, del cuello, de las manos y los brazos descubiertos.

Del lado contrario del pasillo, un Nathan que apenas parece humano está manchado de hollín y los cuernos que nacen de su frente son más grandes que nunca.

Sonríe, pero tiene la cara deformada por quemaduras y en su mano las agujas del Amuleto del Tiempo le atraviesan los dedos.

El celestial contiene un escalofrío y sigue avanzando.

Huele a la cera de las velas, aunque no hay ninguna a la vista, y todo el tiempo, por debajo de su respiración, no deja de oír ese goteo interminable que empieza a ponerlo nervioso.

Sus ojos vagan por encima de las estatuas, pero intenta no pensar mucho en ellas.

En ese Adam arrodillado con los brazos en cruz y una espada clavada el pecho.

En esa Rhea que le ofrece un puñado de ojos con las manos extendidas.

En esa Ammarah que se sienta sobre un trono de cadáveres maltrechos, espadas y estandartes de Daiva.

Darien apura el paso, consciente de que las figuras se van volviendo más grotescas a medida que avanza.

Iraides de Odelia sostiene su propia cabeza cortada entre los brazos, Ishtar escupe las entrañas sobre la falda de su vestido, Derek cuelga de un árbol con una enredadera alrededor del cuello.

Aunque todo es piedra, parecen demasiado reales y Darien ahoga un gemido cuando sus ojos caen sobre Caleb, atravesado por mil armas, con el cuerpo desfigurado y las ropas hechas jirones, con el rostro deformado por el dolor pero los ojos todavía abiertos.

Cuando el celestial traga saliva, le sabe a bilis, pero no puede apartar la vista de la réplica del necromante.

Está paralizado y lo único que puede pensar es que todas esas imágenes son mentira, que no tiene nada que temer.

Y, al mismo tiempo, si son mentira, ¿por qué las ve con tanta claridad?

Como si estuvieran ocurriendo. Porque el goteo sigue, ploc, ploc, ploc, y Darien mira hacia abajo solo para descubrir que tiene las botas hundidas en un líquido rojo y espeso, aunque habría jurado que al entrar en la basílica el suelo estaba limpio.

Ploc. Muy despacio, como si estuviera bajo el agua, Darien se gira hacia el frente, al lugar donde debería estar el altar.

Ploc.

Una gota le cae sobre los labios y él no alcanza a levantar el brazo para limpiársela. Sabe a metal, a las joyas que dejaron atrás los habitantes del palacio de Odelia, a como se imagina que sabe el Amuleto del Tiempo o el filo de ese puñal que todavía sostiene en la mano temblorosa.

Ploc.

Colgado del alto techo por cadenas de oro que se le clavan en la piel se ve a sí mismo, un cuerpo de carne y hueso.

Alguien le ha pintado ojos dorados por toda la piel y cada una de sus cicatrices (la del estómago, la de la pierna) está abierta.

La sangre le corre por el cuerpo, creando riachuelos escarlatas, y gotea desde sus pies hasta el suelo.

Darien da un paso atrás. El aire impregnado de olor a cera se le antoja irrespirable.

—No… —La voz se le agrieta y necesita una pausa para volver a encontrarla—. No me asustáis.

Una risa nace detrás de él y otra la sigue.

Las estatuas, en sus pedestales, parecen temblar con cada carcajada, como si fueran ellas las que se burlaran de él.

Cuando vuelve la vista hacia ellas, algunas han girado el rostro en su dirección.

Casi espera que se muevan más, que se le acerquen, pero son otras sombras las que se deslizan por el suelo, dando pasos que no suenan.

La primera silueta que ve toma forma y pasa por delante de la escultura de Adam.

La mujer de cabellos morenos y ojos verdes se sienta a los pies de su primo y le sonríe.

Una mancha de sangre se extiende por su vestido y la empuñadura de la misma daga que él sostiene le sobresale de la herida.

—Estás aterrado.

Una segunda figura aparece detrás del árbol del que cuelga Derek. Se aparta el cabello pelirrojo de la cara, quizá solo para que pueda ver mejor que sus miradas son idénticas. O quizá para mostrarle que la mitad de su rostro es el de un cadáver putrefacto.

—¿Qué te da más miedo? ¿Saber que eres inútil en el presente o no saber qué va a pasar en tu futuro?

—Yo creo que es el pasado —murmura una tercera voz. Darien se gira y contempla al hombre que se arrodilla a los pies de la estatua de Ammarah. La escarcha le cubre la ropa, tiene hielo y nieve en el cabello oscuro y los labios azules—. Que no puede escapar de él.

El celestial quiere negarlo todo, decirle que están equivocados, pero por primera vez las mentiras no le salen de los labios con la facilidad con la que le gustaría.

Sí, le aterra el presente. Sí, le da pánico el futuro, saber que no tiene control sobre él, que hay una fuerza superior eligiéndolo.

Y el pasado no sabe si lo asusta, pero pesa como una roca sobre sus hombros, lo lastra, lo ata como esas cadenas que sujetan al Darien que sigue sobre su cabeza.

—Podría escapar de él con un Trato.

Las imágenes de sus vidas pasadas lo observan con renovada atención.

Tara alza las cejas, Nevan esboza la sonrisa de un depredador, los ojos de Ezra destellan.

Un par de brazos le rodean la cintura desde atrás.

No le asalta una visión, ni siquiera un amago de una, y hay algo retorcido en ello, en la forma en la que su cabeza se queda en blanco durante un instante, como si quisiera confirmarle que lo que sea que lo está tocando está incluso al margen del poder de Tiempo o de Destino.

—¿Y qué puede ofrecernos a nosotros un celestial como tú? —le susurra al oído la voz que lo abraza.

Darien solo tiene el atisbo de un rostro demoniaco en el que todavía se pueden distinguir los ojos verdes. Los cuernos se le están enredando en el pelo, le pinchan el cráneo. Algo se enrosca en su pierna y, al mirar hacia abajo, se encuentra con una cola negra que también se aferra a él.

No tiene respuesta a su pregunta. Ni siquiera cree que tenga nada que pueda gustarles a esas criaturas.

Sabe que en los Tratos se suelen ofrecer partes del cuerpo, que Nathan empeñó sus ojos y por eso ve pese a la maldición de Destino.

Pero si Darien se aleja de su dios, no cree que ni siquiera un demonio pueda salvar lo que tiene que perder.

—¿Qué queréis?

Sus vidas pasadas vuelven a reír. Tara se levanta del pedestal y desenvaina la espada que atraviesa el pecho de Adam.

En cuanto lo hace, el cadáver de su primo cae al suelo como un muñeco y el arma se vuelve acero, una copia de Eunomia en la que un ojo verde parpadea desde la guarda.

Nevan le arrebata la espada corta que el cuerpo colgante de Derek tiene a la cintura.

Ezra se levanta con el crujido del hielo en las extremidades y quita uno de los estandartes del trono de Ammarah.

De detrás de otras estatuas salen más sombras, que se vuelven corpóreas y toman nombre dentro de su cabeza, de los recuerdos de otras vidas que ha vivido.

Un ejército de ojos verdes se va juntando a su alrededor, dispuesto a reclamar venganza por las desgracias de su pasado.

—¿Qué queremos? Esa piel que ha robado tantos recuerdos, celestial.

—Esos bonitos ojos.

—Esas manos con las que apenas has empezado a matar.

—Tu cuerpo entero.