La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ishtar
32%

Ishtar

ISHTAR

Se le está deshaciendo la piel.

Ishtar es consciente de que no se está imaginando el dolor, igual que es consciente de que no va a poder soportarlo mucho más.

Aunque no grita, las lágrimas han empezado a correrle por las mejillas hace ya un tiempo, ni siquiera sabe cuánto.

Ya no hay pasos que marquen el ritmo del reloj, solo esa sensación opresiva de que las manecillas giran en su contra.

Lo peor ni siquiera tiene que ver con el dolor físico, sino con las voces.

Sobre todo la de su madre.

Iraides está ahí, inclinada sobre ella, con su sonrisa desdeñosa cada vez más llena de dientes.

Le crecen y se le afilan tanto que han empezado a atravesarle las mejillas hasta las orejas.

Durante todo ese tiempo, no ha dejado de repetirle lo inútil que es.

Lo rota que está. Las personas como ella no pueden albergar demonios.

Las personas como ella no viven mucho. La necesita.

Necesita a otra gente a su alrededor, todo el tiempo.

Es incapaz de ser independiente. Por eso ha tenido que revivir a Derek.

¿Por amor? No, no, claro que no es amor.

Es debilidad. Sin él, sin Caleb, habría muerto hace años.

Sin ellos no es nadie. Una moribunda. Una muñeca. Menos que eso.

Mientras, el trono en el que se sienta arde.

Está tan caliente que ha empezado a derretirle la ropa y a abrasarle la piel, pero eso sigue siendo mejor que escuchar las cosas que no quiere admitir (las que sabe que son ciertas, las que duelen porque son verdad).

Los príncipes más pequeños han empezado a clavarle los dientes en las piernas, en los brazos.

No, no son los más pequeños. Son los que nunca llegaron a crecer más.

Los que padecieron la misma enfermedad que ella. Los que murieron siendo niños.

Como debería haber muerto ella.

Un bebé demasiado pequeño, que apenas sabe gatear, le ha trepado por el cuerpo y le clava los dientes en el cuello.

Entonces sí, deja escapar el primer alarido.

Le rompe la garganta, el pecho y el orgullo, pero se obliga a volver a apretar los labios, a respirar hondo y a olvidarse de lo mucho que le duele el pecho o el calor que siente quemándole de fuera hacia dentro o al revés.

Ya no sabe si es el trono de oro el que arde o es la sangre condenada que corre por sus venas.

A lo mejor guarda dentro un volcán. A lo mejor está repleta de lava que va a terminar consumiéndola.

—Me alegro de haber muerto antes de que pudieras hablar, Ishtar —le susurra Brynjart al oído, clavándole las uñas sobre en los hombros y las palabras en el corazón—.

Te habría odiado. Más de lo que te odié en cuanto naciste, quiero decir.

Una niña. Una hija legítima, por primera vez.

Mis esposas siempre habían dado a luz a varones, pero tu madre…

tu madre no, por supuesto. Tu madre, después de años sin cumplir con sus obligaciones, te dio a luz a ti .

No pudiste gustarme menos, ¿sabes por qué?

Claro que sabes por qué. Tu madre te lo dijo una vez, ¿verdad?

Ishtar aprieta los dientes, pero no responde. Brynjart no necesita que diga nada, de todos modos. Está en su cabeza. Sabe todas las cosas que hay en ella y va a hacer que las sangre, que las piense hasta que su piel quemada se vista con cada pensamiento que le ha hecho daño alguna vez.

—Las cartas me lo dijeron —masculla el Inmortal—.

Que una princesa acabaría conmigo. Por eso nunca reconocí a Sera, ni a ninguna de las demás muchachas que nacieron fuera del matrimonio.

Les di cobijo, les permití que se sintieran parte de la familia, pero jamás permití que nadie las considerara sucesoras de nada.

Tú, en cambio… Tú lo eras, claro. De ti no podía escapar.

—Yo no te maté —jadea ella—. Yo era… Era solo un bebé.

—Tu madre me mató por ti, Ishtar Brynsen. Por su estúpida obsesión por protegerte, por darte el trono, por darte el mundo. Tú no empuñaste la espada que me cortó la cabeza, pero ¿puedes decir de verdad que no eres mi asesina?

—Yo… yo…

—¿Y qué has hecho con lo que te pertenecía por derecho propio?

Lo has perdido. Has renunciado al Imperio y se lo has entregado en bandeja al primero que ha aparecido para robarlo.

—Desde el asiento de en frente, Astrey Brynsen la observa con escamas en la cara, lengua de serpiente y sonrisa inhumana—.

Eres tan decepcionante. Tan ridícula, tan…

dependiente. Y ni siquiera es culpa de tu enfermedad.

Yo no dejé que la sharada me detuviera nunca: me hice fuerte. Tú, en cambio…

Ishtar comienza a toser. El aire que tiene dentro la intoxica y la traiciona; los pulmones se le arrugan y la boca se le llena de sangre.

No sabe si está pasando de verdad o si también es parte de la ilusión.

Imagina que es cierto. Imagina que se está ahogando, porque los demonios no pueden hacer que su cuerpo cambie hasta que uno se meta dentro de ella.

Así que se obliga a respirar hondo. A pasarse la lengua por la boca, ignorar el sabor a óxido y responder:

—Necesitar a otras personas no me hace más débil. No me hace… incapaz. Los brujos no existirían si los humanos no hubieran necesitado a los demonios y los demonios necesitan a los humanos para salir de los nidos.

—¿Eso es lo que te dices para justificarte, niña?

—Es Iraides quien vuelve a hablar. Le está clavando una mano en el brazo e Ishtar ya no sabe qué duele más, si la temperatura del oro bajo la piel, las uñas afiladas que se le clavan o los dientes que intentan roerle hasta los huesos—.

Eres ridícula. Eres egoísta y manipuladora y cruel.

Has manejado a todos a tu antojo solo para sobrevivir. Tú no eres una bruja, eres un monstruo.

De nuevo, las palabras hacen más daño. Le abren la piel quemada y se la desgarran, le dejan las costillas al descubierto y se las parten para buscar su corazón.

Es cierto. Es cierto, es cruel y manipuladora y ha arrastrado a todos a su búsqueda de tiempo, ha provocado la muerte de miles de personas.

Primero, en aquel banquete, porque la verdad es que sí, su madre mató por ella.

Acabó con todos sus hermanos y con su padre por ella.

Robó el Amuleto por ella y después, cuando lo perdió, quiso recuperarlo por ella.

Mandó a los necromantes a asaltar la basílica por ella y aquello condenó otras tantas vidas más.

Las que se perdieron aquel día. Las que se perderían más tarde por culpa de una cruzada que nunca habría empezado si el Amuleto jamás se hubiera puesto en marcha.

Pero ya es muy tarde para volver atrás. No tiene el Amuleto del Tiempo y tampoco lo desea, porque no cree que usarlo sirva para enfrentarse a los errores, para hacerse cargo de ellos. No, el Amuleto del Tiempo solo ha dado problemas desde el principio.

Es cierto, hasta ahora solo ha estado arrastrando a otras personas a su deseo de vivir un poco más, solo un poco más. Ha sido un parásito, se ha aprovechado de vidas ajenas, de sacrificios ajenos, para poder subsistir. Caleb. Su madre. Derek.

Por eso necesita un demonio. No se trata solo de cumplir un último deseo, sino de conseguir la fuerza suficiente para intentar ayudar a quienes no ha podido ayudar hasta ahora.

Tiene que saldar cuentas. Tiene que devolver todo lo que los demás le han dado.

Quiere dejar de depender de otros y depender solo de sí misma, que nadie vuelva a morir o a matar por ella.

Quiere tiempo, pero solo el que ella misma se pueda conseguir, ni un segundo más.

—Sé quién soy. —La voz le sale rasgada, débil, apenas un hilo.

Aun así, alza la cabeza para observar a todos los demonios que la miran con los ojos brillantes y las fauces abiertas, preparados para devorarla—.

Sé los pecados que he cometido y qué culpas cargo.

Sé que mi cuerpo es débil y que mi sangre está envenenada y que no puedo seguir adelante sola.

Por eso estoy aquí. Para conseguir ayuda.

No voy a marcharme hasta entonces. No voy a irme hasta…

llegar a un Trato con un demonio que quiera aprovecharse de mí… tanto como yo me aprovecharé de él.

Las sombras que rodean la mesa se inclinan más hacia Ishtar, que solo entonces se da cuenta de que están devorando a sus amigos.

Los han despedazado y tienen entre las manos partes de su cuerpo; les chupan los huesos y le arrancan la piel.

Eso es lo que ha hecho ella también, alimentarse de ellos durante años, por eso en su plato, cuando baja la vista, encuentra las cabezas de todos.

Su madre. Caleb. Dyne. Por supuesto, Derek.

Siente ganas de vomitar cuando los ve, pero aprieta los puños sobre el reposabrazos, incluso si se quema, incluso si le hace daño.

Su familia habla a coro, mientras los demonios rebuscan en su interior. Suena como el caos que siempre se imaginaba que había habido en el palacio en el pasado y, al mismo tiempo, con un orden que le parece antinatural.

—¿Y qué estás dispuesta a dar a cambio, Ishtar Brynsen?

Al menos a esa pregunta es fácil responder:

—Todo.