La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien
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Darien

DARIEN

—Voy a entrar.

Durante los ochocientos noventa y cuatro segundos que ha contado dentro de su cabeza, Darien no ha dejado de mirar hacia el punto exacto por el que ha desaparecido Ishtar.

A veces le ha parecido ver sombras que se acercaban, pero luego, como llamas oscuras, fluctuaban tras la cortina de bruma y se desvanecían, como si alguien las hubiera apagado de un soplido.

En todas esas ocasiones, Derek se ha tensado.

En todas esas ocasiones, al ver que ella no volvía, ha resoplado y ha parecido a punto de correr hacia la niebla.

Catorce minutos y cincuenta y cuatro segundos. Eso es todo lo que Derek ha podido aguantar.

—Yo también estoy preocupado, pero deberíamos darle un poco más de tiempo.

Su acompañante niega con la cabeza. Ya ha desenvainado la espada corta que lleva a la cintura.

—Espérame aquí, no te muevas pase lo que pase.

—Tal vez no entienda tanto sobre los Tratos como vosotros, pero hasta yo sé que, si los demonios consideran que ha traído ayuda, se volverán contra ella.

—¿Y qué debería hacer entonces? —La frustración se cuela en la manera en la que Derek aprieta la empuñadura de su arma—. ¿Quedarme aquí esperando?

Darien quiere decirle que sí. Quiere hacerle ver que no pueden intervenir, que Ishtar tiene derecho a luchar sus batallas.

Además, es lo suficientemente testaruda como para que sacarla de ahí solo la lleve a querer volver con más fuerza si cabe.

Otra parte de él, sin embargo, tampoco quiere dejarla sola.

Sus ojos vuelven a la cortina de niebla y, durante un instante, le parece ver el contorno oscuro de una criatura que no parece humana.

Una sombra que se contorsiona y se transforma y acaba convirtiéndose en un árbol retorcido.

Aunque aguanta la respiración, sin atreverse a moverse, un parpadeo es suficiente para que se dé cuenta de que la ilusión ha desaparecido tan rápido como ha llegado.

Aunque deja el poso de una idea junto a él.

Darien no sabe de Tratos más que lo que llegó a leer en el palacio de Damira, pero es consciente de cómo funcionan y sabe por qué no es fácil salir de un nido una vez entras.

Los miedos, las preocupaciones, las dudas, los defectos: los demonios no dudan en utilizar todo lo que les ofrezcas en tu contra.

Se alimentan de lo que puede hacerte daño.

Lo que supone que lo convierte a él en un objetivo especialmente fácil.

—Está bien. Pero voy contigo.

La mueca que Derek le dedica le deja claro que le parece una locura.

—Eso sí que sería condenarnos. A los demonios no les gusta el poder de Destino. —A Darien tampoco. Lo está quemando por dentro, lo está volviendo loco, lo matará—. Si tienen la oportunidad, irán a por ti. Y Caleb me matará si te pasa algo.

La frase se queda en el aire, junto al arrepentimiento de haber pronunciado ese nombre. ¿En qué momento se ha vuelto una maldición mencionarlo?

—Tienes razón.

Las palabras le abandonan los labios antes de que se dé cuenta, pero reacciona a tiempo y muestra también las manos en una señal de rendición que deja sin palabras a Derek.

Durante un segundo, parece que vaya a sospechar de él, que lo vaya a acusar de no ser él mismo.

Durante un segundo, parece tan confuso que pasa la mirada de la bruma a él, dudando.

Pero, por supuesto, Ishtar es más importante.

Ishtar lo necesita y Derek moriría por ella. Otra vez.

—Será rápido —le promete.

El celestial asiente y lo ve marchar.

De nuevo, empieza a contar. Uno, dos… Los jirones de niebla se le enredan en la punta de los dedos, como si trataran de tomarle las manos y guiarlo hasta el interior del nido.

El silencio le aprieta las sienes. Nuevas figuras van y vienen tras esa cortina que parece distorsionar el mundo, como si fuera un espectáculo de sombras.

De títeres. Ve a dos dioses delante de un tablero, planeando su próximo movimiento.

Ve a un emperador alzar el Amuleto del Tiempo por encima de su cabeza.

Ve un demonio con cuernos. Se ve a sí mismo.

Ciento cincuenta segundos.

Darien saca el puñal de Tara de entre la ropa.

No hay nadie con él, pero aun así escucha las palabras, el eco de un sueño, de una realidad distorsionada: «Sé que eres consciente de que tu dios no va a dejarte ir si no lo fuerzas a ello. Lo único que no sé es si te atreverás».

Él tampoco lo sabe.

Pero le parece un buen momento para descubrirlo.