Ishtar
ISHTAR
Ishtar se imaginó cómo debían de ser los nidos por primera vez cuando tenía cinco años.
Por aquel entonces, su enfermedad todavía le permitía correr por los jardines y jugar a esconderse tras las estatuas y los árboles de metal mientras otros la buscaban.
En aquellas ocasiones, fingía que los terrenos que rodeaban el palacio formaban parte de los territorios de Caos.
Le parecía que era lógico, teniendo en cuenta todas las veces que se había usado el Amuleto del Tiempo dentro de los límites de palacio.
En su cabeza, las estatuas eran en realidad demonios que fingían ser de piedra y se desharían de sus disfraces cuando menos lo esperase, pero, por el momento, se conformaban con mover las paredes del castillo y confundir a sus habitantes atrapándolos en laberintos de los que solo podrían salir quienes merecían un Trato.
Ella fingía ser un demonio más. Una criaturilla que existía solo para volver locos a los guardias y a los criados.
Cuando la encontraban, a veces les ofrecía pactos a cambio de dulces y otras veces tan solo se comportaba como un ser salvaje que intentaba morderlos o atacarlos con cosquillas.
Por supuesto, nunca pretendía hacerle daño a nadie, en parte porque ella era incapaz de ver a los demonios como criaturas horribles.
Para ella, los demonios eran amigos. Los demonios existían para que los humanos pudieran ser algo más, algo mejor.
Un demonio era un acompañante para toda la vida, nunca te dejaba sola, y a Ishtar, que se pasaba sola demasiadas horas del día, aquello le parecía la mejor bendición que podía imaginar.
Así que para ella entrar en el nido por fin no es aterrador, sino todo lo contrario.
Aunque sabe que debería sentirse inquieta, que los demonios no son tan benevolentes como ella los imaginaba de pequeña y que debe tener cuidado, se siente en casa.
Realizada. Como si hubiera nacido en ese lugar, concebida por una caricia de la niebla a un rosal marchito.
Se permite cerrar los ojos, respirar hondo, palpar la magia que extiende sus manos hacia ella y le rodea el cuello con los dedos.
Cuando vuelve a abrirlos, lo ve.
Le da la espalda, así que lo único que es capaz de discernir al principio es su cabello rubio, larguísimo. Su figura es espigada, alta y esbelta. Se adentra en la niebla con pasos seguros, con un ritmo perfecto y constante, como el de un metrónomo.
No. Como el de un reloj.
Ishtar toma aire antes de seguirlo. Sabe que tiene que hacerlo del mismo modo que sabe que no es real, porque ese hombre murió cuando ella era un bebé. Su madre lo mató. Le arrancó la cabeza, el Amuleto y el trono.
Aprieta la empuñadura del cuchillo que Derek le ha dado, pero no lo desenfunda.
No pretende atacar, solo es una manera de conseguir fuerzas, de recordarse que tiene quince minutos antes de que él se adentre en ese lugar para ayudarla.
Quince minutos para encontrar un demonio.
No, no simplemente un demonio. El mejor.
No ha llegado tan lejos para no aprovechar la oportunidad.
El Inmortal avanza y ella va tras él, en silencio.
El mundo cambia con cada paso que dan, con cada segundo que se escurre, y la ciudad derruida se transforma en algo mucho más reconocible para Ishtar.
De pronto hay paredes repletas de cuadros a su alrededor, retratos enmarcados en oro y plata, con caras que parecen querer salirse de los lienzos.
Decenas de ojos pintados la miran desde lo alto, estudiando cada uno de sus movimientos.
Generaciones y generaciones de la familia real de Odelia la observan y la juzgan.
Escucha sus murmullos nacer de la pintura, pese a que los retratos no mueven las bocas.
«La princesa desertora».
«Traidora».
«Permitió que otro robara el trono y huyó».
«Enferma».
«No era lo suficientemente fuerte».
«Cobarde».
«No merecía gobernar».
«Ya debería estar muerta».
Ishtar aprieta el cuchillo con un poco más de fuerza, pero se dice que está preparada para eso.
Está preparada para que jueguen con ella, para que la torturen y se le metan debajo de la piel y la retuerzan por dentro y le echen en cara todas las cosas horribles que ella piensa de sí misma, las más feas, las que no ha pronunciado nunca en voz alta.
El pasillo acaba frente a unas puertas dobles. Brynjart se detiene solo entonces, ante la madera, y gira la cabeza para mirarla. Su sonrisa tiene muchos dientes, más de los que le corresponden, pero es lo único que está mal en su rostro demasiado perfecto, demasiado hermoso, demasiado joven.
Las puertas se abren y entonces llega el ruido, uno muy distinto al de los murmullos de los cuadros.
El comedor es tan inmenso como siempre, pero está lleno de gente y la algarabía de voces la sobrepasa durante un segundo.
Desde que tiene uso de razón, en ese comedor siempre han estado solo su madre y ella, pero ahora hay decenas de personas, puede que incluso más de un centenar.
Algunas se parecen a ella, otras no. Hay hombres, mujeres, espíritus.
Personas más jóvenes y personas más ancianas.
En vez de una sola mesa, hay varias. Están por todas partes, incluso en las paredes, en el techo, ajenas a la gravedad.
Los gobernantes y herederos de Odelia siempre han estado por encima de las reglas del resto del mundo, así que es normal que puedan flotar si así lo quieren.
Y todos se callan y se giran hacia ella en cuanto pone un pie en el comedor.
El silencio es peor que el ruido.
Todos sonríen con ese mismo gesto repleto de dientes e Ishtar, por primera vez, siente que el miedo empuja un escalofrío por su cuerpo.
Brynjart toma asiento ante la mesa que se encuentra en el centro de la estancia, en el puesto de honor, justo al lado de la emperatriz.
Su madre. Iraides es la única que no sonríe.
Tiene los labios apretados en ese gesto de reprobación que ponía a veces, cuando Ishtar no hacía justo lo que ella quería: quedarse quieta; encerrarse en su cuarto, en su cama, y no salir nunca más.
Aunque no habla, la escucha perfectamente en su cabeza: «Deberías haberte quedado en tu dormitorio, Ishtar.
Todo lo que he hecho por ti durante toda mi vida… ¿y para qué?».
Ella aprieta los puños alrededor de su falda. Quiere responderle. Quiere decirle que no podía protegerla para siempre, que no es como ella, que la odia por todas las cosas que nunca le dijo y también, pese a todo, que la echa de menos.
Brynjart se adelanta:
—Solo faltas tú, Ishtar.
Entre la pareja surge una silla vacía de oro macizo y más alta que las demás.
Ishtar siente que su pecho se queja, que el aire que la rodea empieza a ser demasiado espeso para respirar bien, pero aun así avanza y todos los rostros se mueven para seguir cada uno de sus pasos.
Las sonrisas siguen ahí, punzantes, y esta vez son sus propios pasos los que marcan el sonido de un reloj.
Toma asiento.
Los grilletes aparecen justo después.
Su corazón se salta un latido cuando le agarran de las muñecas y los tobillos, pero se obliga a levantar la barbilla para mirar al frente, como si fuera algo completamente normal.
Mientras, las sonrisas de sus antepasados crecen y multiplican sus dientes.
Los cuerpos se estiran tanto como las sombras que proyectan en las paredes y que están a punto de devorarla.
No lucha. No trata de liberarse.
Hay varios tipos de demonios en los nidos.
Los primeros que suelen aparecer son los débiles, aquellos desesperados por salir al mundo y dispuestos a agarrarse al cuerpo de cualquiera para conseguirlo.
Los más fuertes, en cambio, son orgullosos y solo se aparecen ante aquellos que consideran dignos.
Llamar su atención por lo general implica aguantar sus voces, sus torturas y sus trucos; significa resistir y esperar que ellos te elijan a ti.
Ishtar lo sabe. Lo ha sabido siempre.
Lo único que no sabe es si quince minutos serán suficientes, así que toma aire y se prepara para aguantar lo que ocurra a continuación.
De todos modos, lleva toda la vida acostumbrada al dolor.