La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien
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Darien

DARIEN

Volver a entrar en la ciudad abandonada es para Darien como continuar una pesadilla que creyó que había dejado atrás al despertar.

En cuanto ve los restos de piedra entre los árboles, siente que todos los músculos del cuerpo le gritan que corra en dirección contraria y el corazón se le acelera.

Esconde las manos entre los pliegues de la ropa y acaricia de forma inconsciente la empuñadura de la daga que sigue llevando encima.

—¿Darien?

Ishtar lo mira por encima del hombro y Darien se da cuenta solo entonces de que se ha detenido a las puertas de la ciudad.

La princesa se ha parado un par de pasos por delante, con la expresión preocupada y la respiración truncada por el ritmo al que han estado caminando.

Pese a ello, tiene mejor aspecto que la tarde anterior y la fiebre ha desaparecido: Derek se ha asegurado de ello hasta en cuatro ocasiones antes de permitirles continuar el trayecto hacia el nido.

—Todo bien.

La mentira cae de su boca con más facilidad de la que le gustaría, pero lo prefiere así.

Ha leído suficiente sobre nidos de demonios para saber que son lugares en los que hay que entrar con la mente lo más clara posible, que los demonios se alimentan de los miedos y las dudas, así que no cree que a Ishtar le ayude saber que Muerte les pisa los talones, que los observa, que lo observa, que ayer se presentó ante él y que están cerca de la casa en la que el mundo cambió y todo lo que vio, lo que sintió, lo que descubrió.

Son demasiadas cosas que él mismo no ha asimilado todavía, así que calla, como ha hecho siempre; deja sus problemas a un lado, como ha hecho siempre, y sigue al chico y a la chica que van delante de él.

Como ha hecho siempre.

Es obvio que Ishtar quiere insistir. Lleva queriendo hacerlo desde anoche, tiene la curiosidad escrita por toda su cara, pero Derek la coge de la mano y tira de ella.

La mirada que le lanza al celestial no es amable, pero tampoco amenazante.

Es una especie de acuerdo de que lo dejará guardar silencio por el momento.

Probablemente él también crea que la princesa no necesita más distracciones hoy.

A Darien le parece bien. Sus ojos se quedan fijos en la forma en la que entrelazan los dedos, en cómo sus pasos se sincronizan. Es obvio que han hecho algo más que hablar y reconciliarse, pero ninguno de ellos ha hecho comentarios al respecto.

La ciudad se los traga. Es mucho más grande de lo que llegó a ver el día anterior y una parte de él, pese a todo, se siente fascinado por la forma en la que las calles se cruzan y se fusionan con el bosque.

Con mucho cuidado de no tocar nada, ni las paredes ni la naturaleza que llena cada rincón, se olvida de todo, al menos hasta que llega la niebla.

Al principio es solo un manto translúcido que les roza los pies, pero después comienza a espesarse y a envolverse alrededor de sus rodillas.

La vegetación también cambia: los colores más vibrantes se apagan, los árboles se separan más entre sí.

Algunos están muertos, secos, con ramas marchitas que amenazan con romperse con la siguiente ráfaga de viento.

A medida que el verde escasea, sin embargo, los edificios parecen más enteros: hay menos derrumbes y la ciudad pasa de ser el escenario de un desastre a un paisaje abandonado.

El silencio es atronador, roto solo por tres pares de pasos.

Darien oye también un zumbido lejano, como si se acercaran a una colmena de abejas. La piel se le eriza y algo pesado, un miedo nuevo y visceral, se le escurre entre las costillas.

—Estamos cerca —anuncia Derek.

—Entonces vosotros os quedáis aquí. —Ishtar se detiene y suelta la mano de su acompañante con suavidad—. Quiero entrar sola.

Darien y Derek se tensan al mismo tiempo e intercambian una mirada.

Es un gesto rápido, pero el celestial no sabe muy bien dónde está su lealtad: si en proteger a la princesa o en dejarle libertad.

El caballero, por su parte, lo tiene mucho más claro: cuando se vuelve hacia su protegida, tiene una mueca de enfado en el rostro y los brazos cruzados.

—Que la medicina del santito haya funcionado no significa que estés en plena forma. Debería ir contigo.

—No. —Ishtar levanta la barbilla, impasible—. ¿Qué crees que pasará si entro acompañada? Es una señal de debilidad y no puedo permitirme ninguna más.

—Ishtar…

—Es mi Trato. Tengo que hacerlo sola. Quiero intentarlo. Quiero demostrar que mi madre se equivocaba.

—No tienes que demostrarle nada a nadie —interviene Darien.

Derek asiente, por primera vez de acuerdo con él, y ella esboza una sonrisa en respuesta, pero no es su gesto de diablillo acostumbrado a salirse con la suya, sino uno un poco más triste. El paso que da hacia atrás habla más alto que el dolor en su voz:

—Me lo tengo que demostrar a mí misma. A la Ishtar a la que apartaron de todo porque le dijeron que no era lo suficientemente fuerte.

—Sabes que eso no es…

—Es mi derecho, Derek. —Ishtar vuelve a mirarlo, decidida—. Es mi decisión.

Y él sabe mejor que nadie lo injusto que es que alguien te arrebate algo así. Quizá por eso termina rindiéndose. Cuando mete una de las manos entre la ropa es solo para sacar un puñal y tendérselo.

—Quince minutos —dice con voz ronca—. No voy a esperar ni un segundo más para ir a buscarte.

—Treinta.

—No abuses de mi confianza, preciosa.

Pese a no salirse del todo con la suya, la sonrisa de Ishtar vuelve a mostrarse, pequeña pero más real.

Parece un poco fuera de lugar a las puertas del nido y, sin embargo, es tan reconfortante como si el sol hubiera salido de detrás de las nubes que cubren el cielo.

La princesa toma la mano de Derek, pero, en lugar de limitarse a alcanzar el arma, tira de él y lo obliga a inclinarse.

El beso que se dan hace que Darien aparte la vista en un acto reflejo.

Sí, es obvio que mientras él se enfrentaba a Muerte ellos tuvieron tiempo para algo más que hablar. En otras circunstancias, quizá habría hecho algún comentario, en venganza por todas las veces que Derek e Ishtar se han burlado de Caleb y de él, pero en ese momento no se siente capaz.

—Buena suerte —la voz de Derek suena a rendición.

Ishtar no responde, quizá porque la suerte ya no significa mucho para ella o tal vez porque no sabe qué esperar.

Darien recuerda todas las historias que leyó sobre los Tratos en el palacio de Damira: sobre la gente que no lo consigue y no vuelve, sobre la que no lo consigue pero vuelve, sobre la que lo consigue pero jamás vuelve a ser la misma.

Cuando alza la vista hacia ella, que se cuelga el cuchillo en el cinturón que lleva por encima de la falda, espera que no pueda ver su miedo.

No quiere pensar en perderla. No puede pensar en echar de menos a otra persona más, pero sobre todo no a esa chica que le ha robado el corazón solo por ser ella misma, transparente y sincera y demasiado impulsiva.

Vuelve a serlo, cuando se lanza sobre él y lo abraza con tanta fuerza que lo deja sin aliento.

Que el contacto no le provoque una visión es un pobre consuelo.

—Cuando vuelva, ¿me contarás por qué estás tan raro desde ayer?

Darien trata por todos los medios de convocar una sonrisa sincera.

—Cuando vuelvas, te contaré todo lo que quieras —le promete antes de dejar un beso en su coronilla—. Pero solo si regresas con tu propio demonio.

Ishtar todavía hunde el rostro contra su camisa durante un segundo más. Darien casi espera verla con lágrimas en los ojos cuando se aparta. No hay ni una. Si tiene miedo, no lo muestra.

—Trato hecho.

Ishtar da un paso atrás. Todavía le dedica una última mirada a Derek.

—Quince minutos —repite él. Una advertencia, o quizá un deseo en voz alta.

La última princesa de Odelia gira sobre sus talones y se enfrenta a la niebla del caos.

Vestida de verde y marrón, parece el esqueje de una planta intentando echar raíces en medio de la desolación más absoluta.

Darien la ve cerrar el puño alrededor de la tela de su falda, el único signo de inquietud que se permite.

Dos pasos es todo lo que necesita para que la niebla la devore por completo.

Quince minutos.

Darien comienza a contar.