La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ishtar
29%

Ishtar

ISHTAR

—¿Cuántas veces has deseado que volviera a pasar?

Ishtar deja que la pregunta caiga entre ellos sin abrir los ojos.

Se alegra de que Derek fuera lo suficientemente sensato como para decidir por ella que el deseo no podía nublarles el juicio, porque tiene que admitir que no lo habría aguantado.

Ahora que ha regresado la calma, ahora que puede centrarse en su cuerpo y no solo en su corazón, se da cuenta de que la fiebre sigue ahí, apretándole las sienes y quemándole la piel.

Ha tenido que dejar caer los párpados porque incluso la luz de la tarde ha comenzado a molestarle, pero al menos puede cobijarse contra el pecho de Derek.

Obligarse a descansar no es tan horrible si puede hacerlo con el sonido de su corazón contra su oreja y sus dedos lanzando caricias suaves sobre sus cabellos.

Su acompañante tarda en responder. Lo siente moverse contra su cuerpo, quizá avergonzado. Al fin y al cabo, nunca ha tenido que enfrentarse a preguntas sobre lo que había ocurrido entre ellos. Era el trato. Una noche. Poco menos que un sueño. Nadie lo sabría. Nunca hablarían de ello.

Pero ahora eso ha cambiado, como tantas otras cosas.

—Más de las que te puedas imaginar.

Ishtar esboza una sonrisa perezosa y satisfecha.

Quiere obligarlo a confesar más cosas. Quiere que le hable de días concretos, de situaciones en las que quiso besarla pero se mordió los labios y las ganas.

Ella recuerda algunas. A veces, bailando.

Una tarde en la sala de música, con él sentado a su lado en el clavicordio, cuando hizo que sus dedos se encontraran y él no apartó la mano.

Una mañana después de una noche complicada en la que despertó y lo encontró dormido con la cabeza apoyada en el borde de la cama.

Nunca ha sabido si él se dio cuenta de la manera en la que ella le apartó un mechón de pelo y después le rozó la mejilla hasta que él dejó escapar un suspiro y ella se asustó.

El día que él regresó del Sacro Reino de Daiva, cuando le contó lo que había pasado y le aterrorizó por primera vez la idea de perderlo y, más aún, la idea de estar perdiendo el tiempo que tenían.

En ninguna de esas ocasiones dijo nada. En ninguna de esas ocasiones hizo nada, pero ahora que por fin se ha dado cuenta de la situación tan frágil en la que están, no quiere seguir callando.

—Sabes que llevo tiempo enamorada de ti, ¿verdad?

Derek se tensa y gira la cara hacia ella, con los ojos muy abiertos y la sorpresa escrita en toda su expresión.

Ishtar traga saliva para devolver a su pecho el corazón que siente de pronto en la garganta, pero no aparta la vista.

Aunque nota las mejillas encendidas por algo más que por la fiebre, no se amedrenta ni retira lo que ha dicho.

No sabe lo que siente él, no sabe si solo se trata de atracción, si lo único que tira de su caballero hacia ella es deseo y ansias de protección, o si la lleva en las venas como ella lo lleva a él, pero no le importa.

Si su amor no es correspondido, puede soportarlo.

Puede aceptar lo que él quiera darle. Lo único que no puede hacer, lo que no quiere hacer, es seguir escondiendo lo que lleva dentro.

Si mañana muere intentando conseguir un demonio, no quiere llevarse secretos a la tumba.

El silencio que sobreviene lo rompe un ruido entre los árboles.

Ambos apartan la vista del otro, en tensión, de vuelta a un bosque que queda cercano a un nido, a un lugar en el que hay animales en busca de presas y necromantes que pueden resultar peligrosos.

Derek la aprieta más contra su cuerpo mientras palpa alrededor para encontrar la espada corta que ha dejado cerca.

No la necesita.

—Darien.

El celestial aparece con la mirada perdida en el suelo, aunque escuchar su nombre de labios de Ishtar lo sobresalta tanto como el disparo de una flecha. Está tenso y tan pálido que parece enfermo, al borde de la náusea.

Derek también se da cuenta.

—¿Santito? ¿Todo bien?

El celestial toma aire. Es una reacción casi desesperada, como si hubiera recorrido el bosque sin respirar y se hubiera quedado sin aliento. Después, sacude la cabeza, fuerza una sonrisa y levanta una pequeña bolsa de cuero.

—Tengo las plantas —anuncia—. Creo que servirán.

—En realidad, eres tú el que parece necesitarlas: no tienes buena cara. —Ishtar se aleja un poco de Derek y trata de ponerse en pie, pero la cabeza le da vueltas en cuanto lo intenta—. ¿Ha pasado…?

—Estoy bien. Siento haber tardado. —La respuesta es demasiado rápida, casi cortante—. Dame unos minutos. No tardaré en preparar el remedio.

Derek frunce el ceño mientras el celestial les da la espalda y busca entre sus cosas algo de agua y un pequeño recipiente en el que poder mezclar ingredientes. Ishtar intercambia una mirada con su caballero, un silencio en el que ambos se entienden y pronuncian lo mismo.

Darien está mintiendo.

La cuestión es por qué.