La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien #3
29%

Darien #3

La madre de Nathan era una mujer fuerte, una celestial entrenada, pero Valerick era un brujo y tenía el Amuleto. Las probabilidades deberían haber estado de su parte.

—Valerick nunca podría haber ganado, Darien.

—¿Por qué?

—Porque nunca la habría matado. No a ella. La quiso demasiado, hasta el final.

Darien se queda muy quieto, casi sin atreverse a respirar. Sabía que el brujo y la celestial se conocían, ella lo llamó por aquel nombre falso la primera vez que le arrebató un recuerdo a Caleb y sonaba a que lo había pronunciado muchas veces antes, pero una cosa es eso y otra muy diferente…

No. Tiene sentido. De pronto se da cuenta de que debería haberlo supuesto, de que las pistas siempre han estado ahí.

En el medio del duelo, cuando Caleb apareció, Tabitha lo miró como si fuera un fantasma.

Creyó que era porque no esperaba que hubiera un niño en la casa, pero quizá lo que no esperaba era verlo .

Y de pronto lo entiende.

La primera pieza cae y, como una avalancha, las siguientes se ponen en su sitio.

Lo que sabe es que Tabitha volvió al Templo después de su Peregrinación, con un niño en brazos.

En Arsay, por las mismas fechas, Valerick cuidaba de otro niño sin madre.

Al crecer le dirían a Caleb que ella había muerto en el parto, pero Darien es consciente de que no sería la primera mentira que Valerick le susurró a su hijo, incluso si todas fueron para protegerle.

Y ¿de qué servía decirle que se había marchado?

Que era una celestial. Que no iba a volver, porque Tabitha estaba en el Templo, criando a un hijo que nunca supo nada sobre su padre, que se inventaba mil historias sobre el largo viaje que ella había tenido, pero del que él mismo no parecía saber la verdad…

—No puede ser.

No puede ser que separasen a dos niños que tenían la misma sangre.

No puede ser que se diesen la espalda y se convirtiesen en enemigos.

¿Y por qué? Nunca lo sabrá, porque hay cosas que van a permanecer enterradas, porque no queda de esa historia más que dos chicos infelices que, incluso ahora, como sus padres, están en bandos contrarios.

Dos chicos que un día creyeron que no les quedaba nadie y que, sin embargo, siempre han tenido familia.

—No puede ser —repite. Pero ni siquiera él termina de creerse esas palabras. Puede ser. Es . Aunque le resulte horrible—. Santa Tabitha no… Eso significa que mató a Valerick por salvar a su propio hijo. Eso es… Es…

Injusto. Pero, probablemente, lo que Destino quería de ella. El final de un círculo extraño en el que Valerick traicionó a su amante primero y luego fue traicionado por otra mujer a la que quiso. Una ladrona robándole a un ladrón.

—Valerick lo sabía —le confiesa Muerte, con esa voz que no conoce sentimientos como la lástima—.

Que ella iría a por él. Que lo mataría en cuanto usase el Amuleto, porque eso fue lo que ella le prometió cuando descubrió que él lo tenía: que la próxima vez que lo pusiera en marcha ella misma lo detendría.

Pero a Valerick le pareció bien. De hecho, le pareció la oportunidad perfecta para intentar acabar con todo de una vez por todas.

Estuvo a punto de conseguirlo. Por desgracia, se equivocó en lo más importante.

Darien no sabe lo que significa «acabar con todo». ¿Acabar con la enemistad entre brujos y celestiales? ¿Acabar con la lucha por el Amuleto? ¿Acabar con la relación que tenían, la poca que podía quedar?

—¿En qué se equivocó? —pregunta, sin embargo.

—Confío en que lo descubras tú mismo, Darien Veriz. Si alguien puede solucionar los errores del pasado, supongo que eres tú. Eso es lo que espero de ti.

La decepción de no conseguir una respuesta se vuelve molestia con ese último apunte. Él no quiere cumplir las expectativas de nadie. Está cansado de esforzarse para intentar complacer a otros.

—¿Por qué? ¿Por qué esperarías nada de un celestial?

Dices que no eres mi enemiga y no entiendo por qué.

—No entiende por qué se presentaría ahí, ante él, como si fuera uno de los suyos—.

Sirvo a Destino. Ya no soy Tara. La conociste a ella, no a mí.

Por mucho que me hayas estado observando, no sabes quién soy. No sabes nada de mí.

La corteza que envuelve el cuerpo de Muerte cruje.

El suelo retumba y Darien, paralizado, se da cuenta de que la Original está creciendo ante sus ojos.

El miedo se le extiende por el pecho a medida que lo hacen las raíces por el suelo, que se hunden en la tierra mientras unas inmensas ramas se extienden alrededor de esa extraña cabeza.

La diosa se convierte en un árbol de verdad y le dobla el tamaño antes de que pueda reaccionar.

El tronco se vuelve más ancho y empieza a retorcerse hasta que se inclina sobre él.

Hasta que los ojos de rocío quedan por encima de su cabeza, mirándolo directamente.

Algo parece latir bajo la superficie. El viento se levanta.

—Sé que tienes dudas —dice con una voz más profunda, más hueca.

Darien no puede apartar la mirada del agujero que es su boca, casi esperando que se lo trague, abrumado por la muestra de poder—.

Sé que le diste tu medallón a Caleb con la esperanza de que volviese a encontrarte.

Sé que estás dispuesto a ir a un nido de demonios por una moribunda, la misma que esperas salvar.

Sé que eres consciente de que tu dios no va a dejarte marchar si no lo fuerzas a ello.

Lo único que no sé es si te atreverás. Lo único que no sé es si tendrás el valor necesario para deshacerte de todo aquello que te lastra.

—¿Qué es lo que…?

Pero no llega a terminar la pregunta. En un momento, Muerte está delante de él y, al siguiente, solo queda el árbol retorcido, con dos gotas de agua del color de la plata que se deslizan tronco abajo y un gusano que se sigue moviendo por la corteza hasta encogerse y convertirse en un capullo, a la espera de un cambio, de una metamorfosis que lo convierta en algo más bello.

Darien lo observa con más preguntas que nunca, con más sentimientos encontrados.

No tiene la sensación de haber vivido esa escena y, sin embargo, ahí está, con los nudillos raspados por las zarzas, con el cuchillo de Tara aún en la mano, en esa casa que ha visto la muerte del tiempo y el nacimiento de una maldición.

Con un suspiro, deja caer los hombros y se agacha.

Ahí, entre las raíces de un árbol que ha vivido una vida en cuestión de segundos, están las plantas que necesita para Ishtar.

Sobre él, la nube que ocultaba el sol trae de nuevo la luz.

Dentro de él, las dudas afianzan sus raíces hasta tragarse su corazón.