La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien #2
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Darien #2

El grito le deja la garganta en carne viva, le llena los ojos de lágrimas de rabia.

Al hablar, la realidad vuelve a caer sobre él con un golpe que le arrebata el aire de los pulmones y lo deja sin fuerzas.

A su alrededor, el espacio ha cambiado, el fuego se ha apagado, el techo ya no existe y las paredes vuelven a ser solo el eco lejano de un hogar comido por la vegetación y el olvido.

Cuando cae al suelo, agotado, con las piernas temblando, sus rodillas encuentran raíces y hierba tan alta que podría devorarlo.

Está harto de recordar.

Está cansado de no saber dónde empiezan los demás y acaba él.

—Tara.

Darien levanta la cabeza, cansado. Está seguro de que ha vuelto a uno de esos recuerdos, que no puede escapar de ellos, pero la casa sigue derruida y Tiempo ya no está junto a los restos de la chimenea. Una nube ha apagado el sol y su sombra baña ese rincón apartado del resto de la realidad.

Delante de él, a tan solo unos pasos, la figura que se alza parece salida del bosque. Hay corteza donde debería haber piel y hojas enredadas en un pelo que recuerda al hilo de los capullos de los gusanos de seda. Dos gotas de rocío helado sirven de ojos y el chico se queda enganchado a ellos.

Se le cierra la garganta. Nunca ha visto a esa criatura, al menos no en esta vida, pero no lo necesita para entender ante quién está. Porque este es el presente. Esto no es un recuerdo más ni tampoco una ilusión ni el producto de su imaginación.

—Ha pasado mucho tiempo.

La criatura tiene una voz que cruje como las ramas cuando se levanta el viento, como las hojas secas que caen al suelo en otoño. Habla con palabras que conoce y, al mismo tiempo, cada una de ellas suena de manera muy diferente a como las pronunciaría un humano.

Darien toma aire. Le tiembla la voz tanto como el resto del cuerpo.

—Muerte.

La diosa ladea la cabeza en un movimiento rígido que recuerda al de una rama partiéndose. Huele a podredumbre, a madera húmeda y agua estancada.

—Tú puedes llamarme Sikil, Tara.

Escuchar ese nombre le da náuseas. O quizá sea el miedo lo que lo marea, lo que le da ganas de retroceder y encogerse sobre sí mismo y cerrar los ojos para no ver nada más, ni presente ni pasado.

—No soy Tara —protesta—. No quiero serlo. Soy Darien Veriz.

Muerte lo observa mientras él se obliga a levantarse del suelo. Le duele cada músculo del cuerpo, pero no puede seguir de rodillas si quiere recuperar el control. No quiere seguir mirando a esa criatura desde abajo, como si fuera uno de sus fieles.

La Original no se mueve. Sus ojos son muy pequeños, pero Darien está seguro de que pueden ver a través de él.

—Puede que en esta vida respondas a otro nombre, pero sigues siendo Tara, aunque no te guste. Pero sí, también eres Darien Veriz. Eres todas las personas en las que tu alma ha habitado. Y el único que tiene el poder de recordarlas. Por eso estás aquí.

Darien deja escapar un jadeo que es casi una risa histérica.

—Estoy aquí porque no he sido capaz de controlar mi don.

—Estás aquí porque tu pasado te llama. ¿O es que no quieres saber más?

No. Empieza a pensar que la curiosidad es un problema.

Es un pecado. Lleva escuchándolo toda su vida (cada vez que Nathan hacía una pregunta impertinente, siempre que él ha querido saber más del mundo más allá de las murallas) y ahora sabe que tendría que haber aprendido la lección hace tiempo.

Tendría que haber hecho caso a las historias de terror de Adam, a las moralejas de los cuentos sobre los santos.

Si se hubiera mantenido en el lugar que escogieron para él, quizá no estaría ahí, lamentando sus decisiones.

Si no hubiera seguido a Lilith, seguiría a salvo en el Templo.

Sin su medallón, sí, pero quizá Caleb no lo habría usado nunca.

Habría encontrado a otro sensible. Habría descubierto lo justo y necesario para seguir viviendo, en vez de condenarlo con recuerdos de dioses y otras vidas.

Solo que, en el fondo, no cree nada de eso. Sí, quiere saber. Quiere terminar de hilar las historias que todavía no ha podido conocer.

Quiere romper la maldición que hay sobre él.

—¿A qué has venido, Sikil?

Cuando pronuncia su nombre, un gusano de seda se asoma por la abertura que conforma su boca y se extiende para formar algo parecido a una sonrisa.

—A observar. Lo mismo que he hecho durante todos estos siglos.

—Tú no observas. Ninguno de los tuyos lo hace. Jugáis con nosotros como si no fuéramos más que vuestras piezas. Tú, Destino… Sois exactamente lo mismo.

—¿Eso crees? —Muerte calla durante una eternidad, mientras se miden con la mirada y el gusano vuelve a esconderse dentro del cuerpo imposible.

Darien tiene que obligarse a no retroceder; ella ha echado raíces en el lugar en el que está—.

Xandre y yo somos muy distintos. Él puede moveros por el mundo, daros excusas para que toméis decisiones complicadas.

Disfruta poniéndoos a prueba, lanzándoos desafíos y empujándoos hacia la respuesta que quiere que toméis.

Yo, en cambio, solo puedo plantar vuestras almas en un cuerpo nuevo cuando llega el momento.

Elijo el terreno y teorizo sobre lo que podéis llegar a convertiros, apuesto conmigo misma y a veces gano y a veces pierdo.

El resto depende de vosotros, de las decisiones que toméis.

Siempre ha sido así. Por eso hay veces en las que Chronos y tú os encontráis de nuevo.

Y otras muchas en las que jamás llegáis a cruzaros.

En esas ocasiones, Xandre gana antes incluso de que comience la partida.

El chico reprime un escalofrío. Piensa en todas esas vidas que conoce, en todas las existencias que murió solo, en las ocasiones en las que se conformó, en las que se enamoró pero sabe que no se sintió igual. ¿Cuántas veces tomaron rumbos diferentes? ¿Cuántas veces se hicieron daño?

—Xandre gana siempre —la corrige—. Al menos ha ganado hasta ahora, ¿no es verdad?

Dices que, cuando no nos encontramos, Xandre gana antes incluso de empezar la partida, pero quizá eso también sea ganar para nosotros.

Quizá lo que tendrías que hacer es obligarnos a renacer lo más lejos posible el uno del otro.

Deberías evitar que nos crucemos, porque así no hay sufrimiento.

—¿De veras? Entonces ¿desearías no haber conocido a Caleb jamás?

Es una pregunta injusta, la clase de preguntas para las que sabe que no hay respuesta.

Una parte de él quiere decir que sí, porque eso habría sido lo más sencillo.

Si no lo hubiera conocido, no tendría tanto miedo de perderlo.

Si no lo hubiera conocido, no le dolería tanto la idea de todo lo que no pueden tener o de hacerse daño cuanto más se acerquen. Si no lo hubiera conocido…

Si no lo hubiera conocido, nunca habría sido quien es ahora.

Nunca habría descubierto lo satisfecho que puede sentirse solo por arrancar el principio de una sonrisa de unos labios siempre rectos; jamás habría aprendido todo lo que sabe sobre su propio don.

Quizá habría aprendido el sabor de otros besos, pero duda que le hubieran provocado la mitad de cosas que le provoca el mero hecho de tomarlo de la mano a él.

Darien calla, aunque sus ojos están gritando todo lo que tiene dentro. Está seguro de que ella lo ve, igual que todo lo demás. Lo conoce a un nivel profundo, básico, elemental. Puede que no sea Tara, puede que sea Darien, pero quizá haya cosas en él que nunca cambien.

—¿Crees que disfruto de vuestro castigo? —continúa la diosa—. ¿Crees que, si quisiera que sufrieseis, como Xandre, habría guardado durante siglos ese puñal?

Él mira en su mano. El filo que lleva tanto tiempo con ellos ya había dejado de ser un misterio, pero ahora es más obvio que nunca por qué siempre vuelve a su mano o a la de Caleb.

Fue ella quien se lo dio al necromante en esta vida, cuando lo encontró solo y perdido y le ofreció la mano y su poder.

—¿Por qué? —pregunta—. ¿Por qué te preocupas por nosotros? ¿Por qué nos observas? ¿Por qué…?

—Porque no soy vuestra enemiga y lo sabes.

Y quizá eso sea lo peor de todo. Porque en el Templo siempre le dijeron que esa diosa estaba en su contra. Le dijeron que no podía confiar en una palabra que saliese de sus labios, que sería otra tentación que lo apartaría del camino.

Pero Darien ya no tiene un camino. Su dios lo ha atado de pies y manos y parece que lo único con lo que puede luchar contra él es ese puñal.

—Entonces dime qué se supone que debería hacer. ¿Tengo que sacrificarme? ¿Arreglaría eso algo?

La daga le pesa como una roca cuando la sopesa. Durante un instante, recuerda la decisión inamovible de Tara, la culpa que la carcomía por dentro. La seguridad de que acabar con su vida era la única solución…

—¿Es eso lo que quieres?

—No. No quiero morir. No quiero que Destino gane.

No quiero convertirme en un celeste y olvidarme de todo y tampoco quiero que Caleb sufra por mí.

—No quiere ser él quien le haga daño, quien lo deje solo durante toda una eternidad.

Es ese pensamiento el que le recuerda otra de sus muchas preguntas sin respuesta.

El celestial aprieta los labios y se atreve a dar un paso hacia delante, hacia esa diosa que sabe tanto de él, de ellos—.

¿Por qué es así? Caleb. ¿Por qué es inmortal?

¿Eso también es cosa de Destino? No fue el Amuleto, ¿verdad?

¿Fue Xandre? ¿Se ha cansado de jugar y esta es su manera de condenarlo para siempre… ?

—No, no lo hizo el Amuleto. Y tampoco fue Xandre: él solo le dio la sharada, como parte de una más de sus apuestas. Quería ver si la enfermedad lo mataba o si el Portador lo salvaba y se exponía al hacerlo. En cualquiera de los dos casos, ganaba él.

Darien hace un mohín de desagrado.

—No tendría por qué haber sido así: Valerick podría haber ganado a Tabitha cuando se enfrentaron.