Darien
DARIEN
Después de su Consagración, Darien decidió que sus tareas predilectas en el Templo eran aquellas en las que no tenía que estar rodeado de gente.
La biblioteca se convirtió en uno de sus lugares favoritos, porque lo único que tenía que tocar eran libros, pero el huerto tampoco estaba mal.
Trabajar allí significaba hacerse cargo de una parcela limitada: arrancar las malas hierbas, plantar, regar y recoger la pequeña cosecha.
Y allí, entre las hortalizas, las frutas y las hierbas aromáticas que pertenecían a la cocina, había una sección de plantas medicinales.
Era diminuta, apenas una línea de tierra pegada al edificio del Templo que se renovaba todos los años con semillas o esquejes traídos de Arsay.
En la enfermería las atesoraban como si fueran piedras preciosas, porque con ellas se podían crear las pocas curas que Destino les dejaba utilizar para tratar a los convalecientes: ungüentos y brebajes para aplacar el dolor, para ayudar a la cicatrización, para bajar la fiebre o suavizar la garganta.
Darien leía sobre esos remedios en decenas de crónicas de viajes y también veía muchas veces cómo los sanadores trituraban las plantas, las hervían y las mezclaban.
Tiene metido en la nariz su olor, puede darle forma a sus hojas con los ojos cerrados y sus nombres todavía se deslizan sobre su lengua como uno de los pocos hechizos que puede pronunciar sin convertirse en hereje.
Aunque, de todos modos, en él ya queda poco de celestial.
El chico se agacha entre la hierba, rebusca a los pies de los árboles, aparta las hojas de los helechos y busca en el sotobosque con el mismo ahínco con el que tiempo atrás rezaba a Destino.
Cuando se frustra, en el pasado quizá habría elevado una oración para que su dios lo ayudase, pero ahora solo resopla y se pone en marcha para seguir con su trabajo.
En la mano lleva el puñal de Tara, que aprieta con más fuerza a medida que pasan los minutos.
El verde lo rodea por todas partes. El bosque parece infinito y pronto no sabrá por dónde ha venido, pero no puede volver todavía.
No sin las plantas. Necesita un remedio para Ishtar.
Necesita demostrarse a sí mismo que puede hacer algo.
Que está ahí, con Derek y la princesa, por una razón que le dé sentido a esa existencia que empieza a pesarle como una roca.
De pie entre los árboles, cierra los ojos y se concentra en recuperar la respiración, incluso si lo que ve tras los párpados es a Ishtar desmayada, con las mejillas enrojecidas por la fiebre y la expresión pálida y preocupada de Derek.
Le dijo al necromante que volvería enseguida, así que echa a andar de nuevo.
Las sombras entre los árboles toman forma poco después.
Al principio cree que son una visión, que se desvanecerán en cuanto se acerque.
Durante los últimos días de camino ha visto cabañas y casas abandonadas reclamadas por un bosque que parece querer borrar las huellas de la humanidad, pero por lo general eran edificios aislados, los restos de alguna familia olvidada, de alguna vida truncada antes de tiempo en medio de la naturaleza.
Ahora, sin embargo, se encuentra ante una ciudad entera.
Una ciudad sin gente, con calles llenas de fantasmas y casas de muros y tejados derruidos.
La hierba crece alta allá donde se escuchan pasos del pasado y los árboles se retuercen de formas imposibles para encajarse entre los huecos de ventanas y puertas.
El sol todavía brilla en el cielo, pero una neblina fría roza la tierra como vapor.
Allí el verde es menos intenso, como si alguien hubiera apagado los colores, y sus propios pasos le suenan lejanos, perdidos en ese silencio que lo llena todo.
Darien tarda demasiado en darse cuenta de que ni siquiera se oye el canto de los pájaros, como si ese lugar estuviera maldito. Quizá lo esté.
Al fin y al cabo, los nidos de demonios nacen de las peores tragedias.
Se detiene en el borde de una plaza que en otro tiempo debió de estar presidida por una fuente de la que solo quedan unas piedras hundidas en una alberca embarrada.
Darien aprieta el puñal, sin atreverse a acercarse más.
Debería irse de allí cuanto antes. No cree que los demonios estén cerca o los sentiría (ha leído que los nidos alteran la realidad, que una persona sabe cuándo entra en uno), pero hay algo dentro de él que le pide que huya, que recuerde por qué se ha separado de Ishtar y de Derek.
Tiene que encontrar las plantas, lo sabe, pero hay algo en ese lugar que lo llama, algo extrañamente familiar, pese a que jamás ha estado allí.
Una brisa se levanta y Darien da por fin un paso atrás.
Va a marcharse, pero su hombro choca contra una pared y la luz estalla a su alrededor.
A sus oídos llegan voces venidas del pasado, las conversaciones y las risas de gente que ya no está.
Durante ese instante que cae sobre él, las casas están intactas y sus habitantes vuelven a la vida.
Una cortina ondea en una ventana abierta, una anciana se sienta en la puerta de una casa a vigilar a unos niños que juegan.
La fuente borbotea en el centro de la plaza y huele a lluvia y a pinos y al humo de las chimeneas.
Una mujer pasa por delante de él, a solo un paso de distancia, y jura que siente su calor, que las faldas le rozan las piernas.
Lleva el largo pelo oscuro suelto y, si no fuera imposible, diría que sus ojos se cruzan, verde sobre verde.
Tara.
La realidad vuelve con el siguiente latido de su corazón, con una punzada dentro de su cabeza.
La ciudad sigue abandonada, los escombros de otra vida se desparraman por las calles igual que los recuerdos.
Darien ya sabe lo que es aferrarse a las memorias de momentos que ni siquiera le pertenecen, pero en este caso la necesidad es casi dolorosa y le hace sentir extraño.
Ni siquiera siente que sea él quien avanza.
Quien busca con los dedos otra pared para intentar convocar la imagen de nuevo, para traer al presente ese mundo que ya no existe.
A Tara.
La ve alejarse entre la gente, saludando a algunos a su paso, sonriendo con la seguridad de quien conoce el camino.
Darien la sigue como en un sueño, consciente de cómo la ciudad parpadea a su alrededor, se difumina, se mezcla y se convierte en poco más que un delirio donde las ruinas se superponen a los edificios intactos, donde el silencio trata de comerse los retazos de conversaciones y los antiguos habitantes de ese Arsay de leyenda amenazan con deshacerse en niebla.
Darien la sigue como en un sueño. Camina con unas piernas que no son las suyas, incapaz de elegir el destino, pero siendo muy consciente de hacia dónde se dirige.
De pronto, la hierba se convierte en un mar verde que vadear y, al mismo tiempo, puede ver perfectamente el camino que pisa, despejado, la clase de sendero que se crea cuando la gente no deja de pasar por un mismo sitio.
La ciudad queda ya a sus espaldas y a su alrededor el bosque trata de encerrarlo, de quitarle el aire.
Siente miedo, quiere apurar el paso, pero está calmado, está calmada , ha recorrido esa misma ruta miles de veces, bajo el sol y la lluvia, y podría pisar con los ojos cerrados y no perder el rumbo.
Porque por allí se va a casa, aunque Darien está seguro de que no tiene de eso, no tiene hogar, incluso si su mente convoca un rostro en cuanto lo piensa, una calidez en el pecho, un silencio cómodo y mañanas tranquilas, despertando con el sol junto a alguien que se ha acostumbrado a dormir pese a que no lo necesita.
El bosque se abre y un claro aparece ante sus ojos. Tara ríe, pero es otra risa la que suena, la que rompe la quietud.
Darien vuelve a su cuerpo con una carcajada atragantada en la garganta que le horroriza.
Tropieza con sus propios pies y el mundo baila a su alrededor.
Siente que se va a caer, que va a vomitar ahí mismo, pero en el último instante recupera el equilibrio, aunque está mareado.
El corazón le late en las sienes y el pecho le arde como si fuera a prender en llamas.
Todavía lleva el puñal en la mano, nota los músculos agarrotados por la fuerza con la que lo está sujetando.
Le tienta la idea de deslizárselo por la piel, de descubrir si el dolor podría hacerlo sentir más real, más vivo, porque todo lo que tiene dentro en ese momento es frustración, una desesperación tan honda que acalla todo lo demás.
No lo hace.
Delante de él, los restos de una casa tan abandonada como la ciudad están recubiertos de rosales descuidados, que han crecido hasta tragarse parte de los muros y la única entrada.
Las flores que adornan los tallos llenos de espinas son rojas y, contra el gris de la piedra, parecen manchas de sangre en un mundo sin color.
Apenas es consciente de que está abriéndose paso entre las plantas hasta que las espinas se le enganchan a la ropa para intentar retenerlo; hasta que se araña las manos y se raspa los nudillos al tratar de cortarlas. Unas gotas escarlatas le pintan los dedos, pero no se detiene.
Dentro de la casa, la penumbra se diluye gracias al sol que entra por las ventanas y la luz que irradia del fuego de la chimenea.
Las ventanas están abiertas y un pájaro se ha posado en el alféizar, picoteando las semillas que alguien ha dejado ahí para él.
De las vigas del techo, cuelgan ramilletes de plantas puestos a secar y todo huele a lavanda, romero y salvia.
En el suelo, sobre una alfombra cerca de la chimenea, un hombre anima a dos niñas pequeñas a ponerse en pie.
Chronos alza el rostro, con la sonrisa deslumbrante y los ojos desbordados de amor. Mueve los labios, pronuncia un nombre y, aunque Darien no puede escucharlo, aunque todo se queda en silencio, lo entiende:
«Tara».
—¡Basta!