La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ishtar #3
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Ishtar #3

La confesión es apenas un susurro, pero Ishtar siente que a ella le da aliento y le quita carga.

Aunque es consciente de lo complicado que tiene que resultarle admitir algo así tras toda una vida aprendiendo a venerar la muerte, lo entiende.

Lo entiende mejor que nadie. Y le alegra escucharlo.

Le alegra saber que, después de todo, él también quería seguir viviendo.

Le alegra saber que, después de todo, traerlo de vuelta no fue un completo error.

Aunque duda, aunque le cuesta toda su fuerza de voluntad, esta vez es ella quien extiende la mano hacia su cara.

Sus dedos rozan el tatuaje, con cuidado, y Derek cierra los ojos como si así fuera a sentir mejor su tacto.

Como si, de alguna manera, su caricia fuera una expiación.

Se le escapa un suspiro e Ishtar se fija en esos labios, en su expresión tranquila, como si admitir en voz alta su pecado lo hubiera liberado por fin.

Esos días han tenido que ser muy complicados para él.

—Eres… Eres humano antes que necromante, Derek —le recuerda ella—.

Y, como tal, puedes entender la muerte, puedes…

aceptarla, puedes saber que es inevitable, y aun así…

aun así tenerle miedo y desear que tarde un poco más en llegar.

Solo un poco más. —Esta vez es su sonrisa la que sabe triste—. Sé de lo que hablo.

Esa ha sido toda su vida. Ishtar de Odelia siempre ha sabido que moriría joven, pero eso no significa que no haya deseado vivir más cada uno de sus días.

Derek abre los ojos. Cuando sus miradas se encuentran de nuevo, a Ishtar le recuerda a aquella noche, la de sus sueños.

Sus pupilas la queman igual que entonces.

Sabe que esos ojos han quemado igual muchas veces, durante más de un año, pero siempre ha decidido ignorarlo.

Por si acaso. Para evitar que él sufriera, o quizá que sufrieran los dos.

Porque si nada ocurría, nada podía estropearse.

De pronto le parecen motivos muy estúpidos.

El miedo al rechazo, al dolor, al que él le podía hacer, pero también al que ella le podía provocar.

Ha estado a punto de perderlo, de perderlo para siempre, y de repente es consciente de que, si hubiera sido así, si no lo hubiera salvado, se habría pasado todo lo que le queda de existencia arrepintiéndose de las cosas que no hizo, que no dijo.

¿De qué sirve vivir un poco más si no se aprovecha el tiempo que en realidad se tiene?

—Siento lo que hice —murmura—. Siento… haber decidido por ti. Pero sobre todo siento… siento no sentirlo tanto como sé que debería.

Sus dedos se escurren por la piel de Derek. De su ojo a su mejilla. De su mejilla…

—Ishtar…

… a su boca. Se quedan ahí. Siente la manera en la que el chico traga saliva. Nota la respiración agitada que le choca contra la piel.

Son los ojos de Ishtar los que queman entonces, mientras se acerca un poco más.

Derek está esperándola. Probablemente ha estado esperándola mucho tiempo.

Lo veía en su mirada, en las caricias por casualidad, en todas y cada una de las ocasiones en las que le daba su energía cuando Caleb no estaba.

En la manera en la que le sonreía cada vez que volvía a palacio después de un viaje.

En las bromas, en los silencios. Sí, Derek estaba esperando.

Pero no va a dejar que espere ni un segundo más.

No van a perder ni un segundo más.

—Lo siento —repite ella—. Pero no podía imaginarme un mundo sin ti.

Ishtar suele soñar con una noche que no debería haber ocurrido nunca.

En esos sueños, de manera invariable, siempre es él quien la besa primero.

Lo hace con cuidado, como si temiera arrebatarles el aire a sus frágiles pulmones.

Ha pasado mucho tiempo recordando el movimiento suave, el roce tentativo, el tacto de su lengua sobre el labio inferior.

En sus sueños, el primer beso siempre es lento y ella deja que él decida todo lo que debe ser.

Esta vez, el primer beso lo da ella.

No es más que una caricia, pero no porque tema romperlo. No es más que un roce, pero no por miedo a quitarle el aliento. Su boca tan solo se desliza encima de la de él porque es un interrogante. Una petición de permiso y, al mismo tiempo, una declaración.

Siente el suspiro cálido que choca contra su boca. La tensión que tira de ellos. La manera en la que Derek aprieta un poco más su mano, pero aun así no se aparta. No se aleja ni un poco, pero aun así susurra:

—Es una mala idea.

Ella deja escapar una risa. Es apenas un jadeo, algo entre la sorpresa y los nervios.

Casi lo había olvidado, pero eso fue justo lo que él dijo aquella primera (única) vez, antes incluso de que llegara el beso.

«Es una mala idea». «¿No quieres?». «No he dicho eso: solo he dicho que es una mala idea».

Aquella noche Ishtar no le llevó la contraria. Era una mala idea, pero iban a caer en ella de todos modos.

Ahora, sin embargo, acerca la sonrisa y niega.

—No, no lo es.

Así que vuelve a besarlo y descubre que él, como siempre, la está esperando.

Sin fuerzas para resistirse. Sin ganas de luchar y con ansias de rendirse.

Esta vez, ambos se olvidan de la precaución, de la lentitud o del cuidado.

El beso que llega es ansioso, ávido, lleno de todos los besos que no se han dado desde aquella vez en la que se prometieron que nunca volvería a pasar.

Es el beso que cualquiera daría si supiera que va a ser el último.

Porque quizá lo sea. Porque él estaba muerto hace unos días y ella podría morir mañana, podría morir en el siguiente minuto, y no quiere volver a sentir que le queda nada por hacer.

Así que se abraza a él. Le rodea el cuello con los brazos, pega su cuerpo, asalta su lengua.

Siente las manos de Derek aferrándose a su cintura, su cuerpo fuerte y firme contra el suyo, y se pierde, se pierde, se…

Se acaba. Derek la detiene justo cuando su boca se mueve para besar el tatuaje a la altura de la mandíbula, cuando sus manos empiezan a forcejear con su camisa.

La toma de las muñecas con suavidad pero con firmeza y se aleja.

Tiene la respiración alterada, algunos mechones fuera de su recogido y los ojos ardiendo por las ganas de todo aquello que está deteniendo.

—No podemos.

Ishtar no podría estar más en desacuerdo.

Le arde la piel. Le arden los recuerdos de aquella noche y las ganas de recuperarlos y de olvidarse del mundo más allá de su cuerpo.

Y sabe que él desea lo mismo. Lo ve en su expresión, en la tensión de su mandíbula, en la manera en la que aprieta los dedos contra sus muñecas.

Sabe que él también ha estado soñando con ella.

—¿Por qué? Si vas a volver a decirme que es una mala idea…

—Es que es una mala idea —masculla él, frustrado.

Después toma aire en un intento de tranquilizarse y le suelta una muñeca para poder tocarle el rostro.

Ishtar se estremece cuando siente sus dedos encallecidos rozarle la mejilla con esa delicadeza que siempre parece fuera de lugar en él—.

Te has desmayado hace menos de una hora.

—Me encuentro mejor. Soy perfectamente capaz de…

—Y el celestial podría volver en cualquier momento.

—Estoy segura de que él quería que volviéramos a la normalidad y así vería lo bien que nos podemos llevar, no veo qué problema…

Derek deja escapar una risa que es apenas un resoplido.

Sus rasgos se suavizan y su boca, esa que Ishtar está deseando volver a besar, se deshace en su sonrisa divertida, burlona, la de siempre, esa sonrisa sin la que ella no se puede imaginar el mundo.

Le parece un regalo después de tantos días.

Algo preciado, un premio inmerecido que quiere conservar a toda costa.

Se encuentra muy lejos de su hogar, ha perdido a su madre y un extraño ha usurpado el trono que ella debería haber gobernado un día, está a punto de adentrarse en un nido de demonios sin saber si conseguirá salir viva, pero todo eso importa un poco menos ahora que por fin Derek vuelve a sonreírle como si fuera algo tan querido como incorregible.

Cuando él enmarca su rostro con las manos y deja otro beso sobre su boca, Ishtar suspira y cierra los ojos. Vuelve a ser una caricia lenta, suave, capaz de derretirla por dentro. Aunque odia sentirse indefensa, no le importa si es su boca lo que la desarma.

—Gracias, princesa.

Las palabras son apenas un suspiro entre besos y roces de reconocimiento, calmados, que guardan las ganas de más y se concentran tan solo en recuperar lo perdido. La cercanía. El cariño. La comodidad. La calma.

—¿Por qué?

—Por recordarme cómo vivir.