Ishtar #2
Así que él comienza de esa manera: con ese beso en los nudillos que hace que le tiemblen las rodillas y que se le apriete el pecho como si los pulmones estuvieran a punto de fallarle una vez más.
Ishtar empieza a arrepentirse solo con eso, pero no por seguir adelante, sino por no haber sido lo suficientemente valiente como para hacer una propuesta más arriesgada y contentarse solo con una noche, con unas horas.
Como si lo que ocurre entre ellos fuera solo un experimento.
Un juego. Una comprobación simple de algo que nunca se había permitido desear ni imaginar demasiado.
Sabe, únicamente con ese beso en los nudillos, que no va a ser solo eso.
Sabe que va a dejarle marca, quizá no por encima de la piel, allá donde cualquiera pueda descubrirla, pero sí por debajo.
Va a llevar esos besos en la sangre, junto con la maldición que le corre por las venas.
Va a intoxicarla de la misma forma que la enfermedad con la que convive y el mal va a ser igual de incurable, inevitable.
Antes de que la bese, Ishtar ya se ha dado cuenta de que no ha sugerido esa idea solo por curiosidad o por capricho, pero se lo calla.
Porque ella es la princesa imperial, porque su madre jamás aprobaría que tuviera una relación con él y porque ha escuchado suficientes historias sobre las conquistas de Derek como para saber que él nunca se compromete con nadie.
Pero, más que nada, porque ella morirá pronto. Es el aprendizaje de su vida: morirás joven, morirás joven, morirás joven. Para Ishtar, todo está condenado a no durar demasiado, así que prefiere quitarle a la muerte el privilegio de ser ella quien decida el final.
La boca de Derek alcanza la suya.
Ishtar despierta.
No está en el palacio, no está sobre su cama, los labios del necromante no están sobre los suyos, ni sobre su cuello, ni sus manos la desnudan.
Pero sí que la está velando. Derek está sentado en el suelo, justo a su lado, con la expresión repleta de sombras que se despejan en cuanto la oye tomar aire.
Le está estrechando la mano con tanta fuerza que, por un instante, eso es todo lo que Ishtar puede sentir.
Antes que el sol sobre ellos. Antes que el resto de sus extremidades.
Antes de tomar consciencia sobre nada más, siente esos dedos que se aferran a los suyos después de días sin rozarla y eso es suficiente para que el pecho se le comprima por un dolor muy distinto al que está acostumbrada a sentir.
—Ishtar. —La voz de Derek ha perdido la textura de la piedra y se ha tornado suave como la seda. En su rostro, la preocupación ha sustituido a la frustración—. ¿Cómo te encuentras? ¿Puedes respirar? ¿Puedes moverte?
Ella traga saliva, incapaz de hablar, pero no se debe a su enfermedad.
Aunque el pecho le duele, no es nada en comparación con lo que ha llegado a sentir en otras ocasiones; aunque el mundo que la rodea todavía no le resulta del todo estable, está acostumbrada a que a veces gire y se tambalee y a arreglárselas para mantener el equilibrio.
Tras tantos años conviviendo con la sharada, está acostumbrada a convivir con esas sensaciones a todas horas.
No es que a veces esté bien, porque nunca lo está: a veces tan solo está mejor.
Derek, sin embargo, debe de pensar que las lágrimas que asoman a sus ojos las provoca su condición, porque aprieta sus dedos con más fuerza.
Ishtar tiene que tomar aire cuando siente su otra mano acercarse también: le toca la cara, bajo los ojos, le limpia una gota traicionera que se ha descolgado de sus pestañas.
—Tranquila —le dice—. Vamos a ayudarte. El celestial ha ido a buscar sus plantas, pero si no vuelve pronto, buscaremos un poblado. Creo que la fiebre ha bajado, pero…
—Lo siento.
Ishtar lo interrumpe solo con eso, que suena a sollozo, a voz rota. Ve el rostro de Derek nublado por culpa de las lágrimas, pero consigue distinguir cómo frunce el ceño.
—No digas tonterías. No es tu culpa haberte desmaya…
—No estoy hablando del desmayo.
El silencio cae sobre ellos con la misma fuerza con la que caen los recuerdos, roto solo por el sollozo que quiebra el final de la frase.
Es un silencio hecho de espinas, tan afilado como las agujas que atravesaron el cuerpo de Derek unas noches atrás.
Él se queda tan pálido y quieto como si lo hubieran vuelto a atacar, como si estuviera a punto de volver a dejar de respirar, e Ishtar se echa a llorar solo por ese pensamiento.
Por la imagen de él entre sus brazos, sangrante, callado, muerto.
Muerto.
Derek baja la vista, pero no la suelta. Ishtar se aferra a eso para continuar:
—Lo odias, ¿verdad? No poder hacer nada, porque tu magia ha desaparecido. Por mi culpa. Te la he quitado, te…
Él sacude la cabeza.
—Tú no me has quitado nada, Ishtar. En todo caso, lo ha hecho mi diosa. Pero es normal. Es lógico. No puedes ser necromante y evitar la muerte sin consecuencias.
—¡Pero tú no querías! ¡Tú…!
La voz se le quiebra en el siguiente sollozo y comienza a toser.
Derek se apresura a incorporarla, consciente de que esa postura siempre la ayuda a recuperar el aliento.
La aferra con fuerza de la cintura para mantenerla erguida e Ishtar se obliga a respirar hondo, pese a que el llanto que tiene encajado en el estómago insiste en ponérselo complicado.
—Tranquila. —La expresión de Derek está tensa, pero no es fría, ya no es distante. Apoya la frente contra la de ella, que se encuentra con sus ojos grises demasiado cerca—. Tranquila, Ishtar. Respira.
La muchacha asiente. Lo hace junto a él, sin apartar la vista, pese a que no siente que se lo merezca. Ni su ayuda ni tenerlo tan cerca, tan al alcance de su mano que puede extender los dedos y aferrarse a uno de sus brazos.
Tarda un par de minutos en recobrar una respiración estable. Todavía tiene lágrimas en los ojos, pero se esfuerza por mantener a raya el llanto. Incluso entonces, Derek no se aleja de ella. Se queda ahí, con el brazo anclado a su cintura y la frente contra la suya.
—¿Mejor?
Ishtar asiente un poco y solo entonces él se aleja. Su brazo deshace el agarre alrededor de su cuerpo, su mano suelta sus dedos. Quiere quejarse. Quiere decirle que no se separe, que no la suelte, pero se calla, aparta la vista y tan solo se abraza las rodillas para sentir menos su ausencia.
—Debería ser yo quien pagase el precio por lo que ha pasado, no tú.
Derek suspira y se pasa la mano por el cuello, por el lugar por el que baja su tatuaje.
Pese a que ya no es un necromante, pese a que Muerte le ha dado la espalda, sigue llevando esa marca sobre la piel.
A Ishtar le parece injusto y, al mismo tiempo, un alivio.
A estas alturas, no es capaz de imaginárselo sin la tinta recubriéndole la parte izquierda de la cara y está segura de que a él también le costaría reconocerse en el espejo sin ella.
—No funciona así. —Derek se encoge de hombros—. Con los dioses no puedes usar esa lógica. Yo soy la pieza que ha roto el ciclo, así que yo lo pago.
—No es justo. —Ishtar aprieta las manos alrededor de su falda.
Después de la ansiedad llega la rabia, aunque no sabe si es hacia sí misma o hacia la diosa en la que Derek siempre ha creído—.
¿No podemos hacer nada al respecto? ¿No podemos…
convocarla o…? ¡No lo sé! ¡Algo! Los brujos, cuando pierden sus demonios, pueden hacer nuevos Tratos, así que ¿por qué no podrías hacer tú lo mismo?
Volver a ponerte a su servicio. Dejarle claro que tú nunca quisiste darle la espalda.
Demostrarle que todavía le eres leal. Sé…
Sé lo importante que es para ti ser necromante.
No quería… No pensé… Yo… —Ishtar parpadea para evitar que las lágrimas vuelvan a derramarse, respira para evitar que sus pulmones fallen otra vez—.
No quería quitarte nada. Nunca he querido eso. Yo solo… solo…
Solo quería salvarlo. Solo quería mantenerlo a su lado un poco más.
—Ishtar. —Derek posa una mano sobre la suya para que deje de apretar su falda con tantas ansias.
La obliga a soltarla, a aferrarse de nuevo a él—.
Sé que no querías. Sé de dónde vino tu deseo de revivirme.
Pero no funciona así. A Muerte no se la busca: ella te encuentra a ti.
Y, de todas formas, yo no… —Duda. Abre la boca.
La cierra—. No sé si quiero que se presente ante mí.
No me siento digno. Quizá… Quizá ya no sirva para ser necromante.
A Ishtar le parece una idea tan ridícula que solo puede negar con la cabeza.
—¿De qué estás hablando? Eres… Claro que eres digno.
—No, Ishtar. No lo entiendes. —Derek sonríe, pero es un gesto amargo, como una broma cruel—.
Cuando aceptas a Muerte en tu vida, debes tener claras ciertas cosas.
Una de ellas es que, cuando mueres, ya no hay vuelta atrás.
Susurras tu última voluntad y… olvidas. Y yo estaba dispuesto a aceptarlo.
Pensé que moría sin remordimientos. Pronuncié mi deseo y sentí que mi diosa me acogía entre sus manos.
No debería haber deseado nada más. Pero entonces…
—Baja la vista hacia sus manos, unidas de nuevo.
Es él quien se aferra a ella ahora. Es él quien tiembla, su voz ronca, su respiración agitada—.
Entonces abrí los ojos y te vi y me abrazaste y…
—La risa que se le escapa suena a chirrido, a metal oxidado—.
Sentí alivio, Ishtar. Aunque no debería.
Aunque llevo toda la vida sabiendo que la muerte es solo un paso más.
Aunque la idea de revivir debería haberme horrorizado y haberme hecho sentir un traidor… , sentí alivio.