Ishtar
ISHTAR
En su primera huida de palacio para conseguir un demonio, Ishtar consiguió aguantar varios días sin que nadie notara que estaba enferma.
Tantos años bajo la atenta mirada de su madre la habían entrenado para disimular los síntomas, porque sabía que dejar ver dolor o cansancio significaba, ineludiblemente, terminar metida en una cama, a merced de remedios venidos de todas partes del Imperio y, peor aún, del aburrimiento.
En comparación, engañar a los mercenarios a los que había contratado para que la acompañasen a Yuda fue mucho más sencillo: ninguno sabía que estaba enferma, así que tan solo tuvo que poner buena cara, echar mano de todo su encanto y sonreír cuando alguien del grupo (por lo general, Dyne) le preguntaba si se encontraba bien.
«No estoy acostumbrada a caminar tanto»; «he dormido mal».
Durante los últimos días de trayecto, cuando fue incapaz de esconder los primeros ataques de tos, fue tan sencillo como convencerlos de que la culpa era del frío de la noche. «Es un resfriado, nada grave».
Por desgracia, a unas horas de llegar a Yuda, la tos se convirtió en sangre sobre sus labios y las mentiras quedaron al descubierto cuando perdió la consciencia. El grupo abortó la misión en cuanto se dio cuenta de que era la princesa de Odelia y que llevarla al nido sería condenarla a muerte.
Quizá por eso, además de por todo lo que supone esa segunda oportunidad de conseguir el demonio que lleva toda una vida deseando, Ishtar vuelve a fingir que se encuentra bien mientras recorren Arsay.
A veces resulta un poco más complicado disimular, como cuando la tos amenaza con arrebatarle la respiración, pero en esos momentos Derek y Darien siempre se detienen hasta que ella logra recobrar el aliento y los convence de que puede seguir.
No les dice nada del dolor constante que siente en el pecho.
No habla del frío que siente pese a que el sol brilla con fuerza, de que a veces los árboles, las flores y las ruinas dan vueltas a su alrededor ni de los calambres que siente en las piernas cuando llevan un buen rato caminando.
Sigue adelante. Sigue adelante y se calla y aguanta porque, después de todo lo que ha pasado, al menos tienen que llegar al nido. Esta vez sí.
El problema es que esta vez ya no es una desconocida. Esta vez uno de sus acompañantes ya conoce demasiado bien todas sus mentiras y por eso Derek ni siquiera necesita preguntar cómo se encuentra antes de anunciar de repente:
—Vamos a parar por hoy.
Ishtar levanta la vista del camino solo para comprobar que el necromante se ha detenido en un pequeño claro y tira su bolsa al suelo. Durante todos esos días, han seguido avanzando hasta la puesta de sol, pero hoy hace solo una hora que se han detenido para comer.
Darien parpadea, sorprendido.
—¿Tan pronto?
—Ishtar necesita descansar.
Ella enrojece cuando la mirada del celestial la encuentra, sintiéndose descubierta.
—No es verdad —miente, con la boca pequeña—. Puedo seguir. Estamos cerca, ¿no? Deberíamos…
Derek resopla antes de fijarse en ella. Últimamente apenas lo hace, así que Ishtar pensaba que sería más fácil engañarlo, pero la mirada que le lanza es suficiente para que ella se dé cuenta de que sí que está pendiente de ella.
Tal vez no haya dejado de estarlo ni un segundo.
Tal vez haya sido consciente de todas y cada una de sus mentiras.
Le duele más esa mirada, acusadora y frustrada, que la falta de aire en su pecho. Puede que en los últimos días su cuerpo no le duela por la enfermedad, sino por la situación con él. El arrepentimiento. Los silencios. Esa tensión que hay entre ellos y que quizá nunca se vaya a resolver.
Hace ya dos noches que escuchó la conversación que tuvo con Darien.
No va a perdonarla. Nunca va a perdonarla.
Y lo peor es que no puede culparlo.
—No vas a conseguir ningún demonio si entras en un nido al límite de tus fuerzas, Ishtar.
—No estoy…
—¿Te encuentras mal? —Darien está a punto de ponerle una mano sobre su hombro, pero se detiene, temeroso de provocarle una visión que pueda terminar de desestabilizarla—. ¿Desde cuándo? ¿Por qué no lo has dicho?
—No me encuentro mal —replica ella. Avergonzada, lanza un vistazo hacia Derek, que enarca las cejas—. No lo hago.
El necromante chasquea la lengua, pero ni siquiera pierde el tiempo en protestar.
Decidido a cortar la conversación, da un par de pasos hacia delante y alza la mano para tocarle la frente.
El tacto de su piel fresca contra la suya es tan inesperado y al mismo tiempo tan ansiado que al principio Ishtar ni siquiera es capaz de reaccionar.
Aunque quisiera, se siente incapaz de alejarse, de golpearle, de recordarle que él no puede decidir por ella cuánto puede aguantar y cuánto no.
En otras circunstancias, se burlaría él o lo acusaría de estar siendo condescendiente, incluso se ofendería.
Pero ahora solo es capaz de quedarse muy quieta, con los ojos muy abiertos y la respiración contenida por algo que no tiene nada que ver con la sharada, sino con esa mano que la está tocando después de días evitándola.
Derek entrecierra los ojos. Sus dedos se mantienen sobre la piel más tiempo del que es necesario para comprobar su temperatura, pero al final deja caer el brazo e Ishtar nota el cosquilleo que su caricia deja atrás.
Quizá sea la fiebre, quizá la ausencia, quizá la culpa, pero perder su tacto una vez más casi le da ganas de llorar.
—Estás ardiendo, Ishtar.
—Puedo seguir. Descansaré por la noche y…
—No.
La voz de Derek es inflexible y la princesa aprieta los labios. Quiere decirle que no le corresponde a él decidir por su salud, pero es consciente de que perdió todo el derecho a algo así cuando ella decidió sobre su muerte.
—¿No puedes ayudarla? —interviene Darien.
El silencio que cae sobre el grupo es asfixiante.
Derek aprieta los puños, aparta la vista al suelo con la frustración escrita por toda la cara, e Ishtar se prepara para confirmar otro de los temores que lleva días madurando.
Otra de las razones por las que ha preferido no dejar ver que no se encontraba bien.
—Ya no.
Lo imaginaba, pero aun así las palabras son como dos golpes fuertes en el estómago, un par de impactos rápidos que hacen que su mundo se incline un poco más.
—Entonces lo haré yo.
Tanto Ishtar como Derek se giran hacia Darien con una sorpresa idéntica en sus expresiones. El celestial los mira con una calma que a Ishtar le recuerda por un segundo a Caleb. En sus ojos brilla la misma resolución que él suele mostrar.
—¿Tú? —replica Derek, incrédulo—. ¿Y cómo piensas ayudarla tú, santito? ¿Rezando?
Darien enarca las cejas en un gesto que también podría ser del necromante que han dejado atrás. Ishtar no sabe si de pronto no deja de ver semejanzas en el celestial porque lo echa de menos o porque también tiene un cúmulo de culpas atadas a su recuerdo.
—Tú deberías saber mejor que nadie que en Daiva toda magia que no sea otorgada por Destino se considera herejía, así que tenemos que arreglarnos con remedios naturales.
—Su mirada vuelve hacia Ishtar—. La mayoría de las plantas que se usan en el Sacro Reino vienen de los bosques de Arsay, así que estoy seguro de que puedo hacer algo para ayudar con la fiebre y el dolor.
No será tan duradero ni tan eficaz como la magia, pero tendrá que valer.
Ella se abraza el cuerpo, incómoda. O quizá lo haga para que los demás no noten que está temblando.
—Esto no es necesario. Puedo…
—Ishtar. —La princesa aprieta los puños alrededor de su falda cuando Derek vuelve a pronunciar su nombre con esa dureza a la que no está acostumbrada—.
La alternativa es buscar algún poblado, pero el más cercano que conozco está a más de un día de camino y tendríamos que desviarnos.
Tú eliges, pero no vamos a seguir sin más.
No voy a dejar que vayas a hacer tu Trato sin fuerzas: si quieres tener alguna oportunidad, las vas a necesitar.
Odia darle la razón. Odia que todo su cuerpo le esté pidiendo tumbarse y el dolor en el pecho y en las piernas y en la cabeza.
Odia lo mucho que le molestan los sonidos y que la luz del sol le resulte demasiado brillante y le haga querer cerrar los ojos.
Nota los latidos de su propio corazón, los oye, demasiado altos. Se está mareando. Más.
Más.
—¡Ishtar!
El mundo da un coletazo. Ishtar no sabe qué ha ocurrido, pero cuando vuelve a abrir los ojos está en brazos de Derek y su expresión le resulta un poco más familiar, pero solo porque ha visto muchas veces antes esa preocupación en su cara.
Escucha el eco de una conversación, algunas palabras distorsionadas.
Después, pierde el conocimiento.
Ishtar suele soñar con una noche que no debería haber ocurrido nunca. Sueña tanto con ella, de hecho, que a veces duda de que pasase de verdad y no sea solo un producto de su imaginación, un anhelo que toma forma cada vez que cierra los ojos pero que nunca se atreve a pronunciar.
El sueño siempre empieza igual: en su cuarto, con ella sentada en la cama y Derek besándole los nudillos, pero esta vez su boca contra la piel se siente diferente.
Esta vez ese no es el gesto de un caballero al servicio de su princesa y tampoco es una broma.
Esta vez, la manera en la que la mira quema y derrite.
Fuera la luna está llena y los dos saben que tienen toda la noche por delante e Ishtar acaba de hacer la propuesta que va a condenarlos a ambos.
«Nadie tiene por qué enterarse, ni siquiera tenemos por qué volver a hablar de ello. Puede ser solo una noche. Un secreto entre tú y yo».
Y él, con esa mirada que arde y la sonrisa ausente, ha respondido:
«¿Eso es lo que quieres?».
Y ella ha pensado: «No». Pero ha dicho: «Sí».