Darien #2
Ahora sí, se gira hacia Derek, que lo observa con los labios apretados.
—¿Y qué pasó con el Portador?
A Darien le gustaría poder mentir. Querría reescribir la historia, quitar al menos una parte del dolor que vino después. El que se ha repetido durante mil años.
—Murió. Alguien lo mató. Eso es lo que pasa siempre con los Portadores, ¿no?
Y no solo con los Portadores. Más tarde o más temprano, todo el mundo muere. El ciclo debe continuar. Esa es una lección de los necromantes, así que su acompañante la sabe de sobra.
Derek guarda silencio de nuevo. En sus manos mantiene una pequeña rama a la que le está arrancando las hojas de forma distraída. Cuando acaba, no la lanza al fuego, sino que se la queda mirando durante una eternidad.
—¿Crees… que ella lo perdonó? Por traerla de vuelta.
El celestial parpadea, un poco sorprendido, pero sus dudas se resuelven sin necesidad de una pregunta cuando se da cuenta de que Derek está mirando el bulto que duerme a tan solo unos pasos, con media cara enterrada en las mantas para protegerse del aire frío.
—Sí. —La palabra le suena áspera sobre la lengua, quizá porque recuerda demasiado bien los últimos momentos de esa vida pasada—. Sí, creo que, en el fondo, nunca pudo culparlo, porque era consciente de que lo que hizo fue porque la quería más que a nada.
Un gesto de dolor atraviesa la expresión del necromante y, por un momento, se muestra frágil, mucho más joven, mucho más perdido.
Su confianza se evapora cuando cierra los ojos y se cubre la cara con una mano.
No llora, pero, aun así, Darien siente la tentación de tocarlo, de abrazarlo, de intentar consolarlo. No lo hace.
Se pregunta si sería diferente si Caleb estuviera junto a esa hoguera, si Derek se abriría con él de esa manera que Darien parece incapaz de conseguir.
Cuando se aparta la mano de la cara, el chico ha recuperado la compostura. Sus ojos tienen un brillo casi febril con las llamas reflejándose en ellos, pero está lo suficientemente entero como para lanzar la rama al fuego y levantarse.
—Puede que lo hayas visto en recuerdos —susurra—.
Pero no sabes lo que es de verdad. No sabes lo que es tener miedo de cerrar los ojos por si no vuelves a abrirlos.
O ser consciente de que la propia Muerte podría venir a tenderte la mano y tú no podrías negarte a ir con ella porque en el fondo sabes que tu alma debería pertenecerle.
No sabes lo que es sentirte como un traidor a los tuyos sin haber hecho nada malo.
En realidad, eso último sí que sabe lo que es.
De hecho, lo atormenta cada día desde que Nathan puso en marcha el Amuleto por primera vez.
Lleva meses asustado de sus pensamientos, de sus mentiras, de sus faltas.
Lleva toda una vida creyendo que lo estaba haciendo mal, esperando un castigo que ahora sabe que empieza por no poder escapar de su propio dios.
Pero no lo dice. Igual que tampoco le dice que él tiene sus propios temores, como perder a Caleb o a Ishtar.
Tiene miedo de haber tomado las decisiones equivocadas al abandonarlo a él y acompañarla a ella hasta ahí, porque es consciente de que un demonio podría matarla.
Le aterra la idea de que quizá no vaya a volver a ver jamás a su prima, a Nathan.
—Es cierto —murmura en cambio—. No sé cómo es vivirlo en mis propias carnes.
Derek aprieta los puños, como si esa respuesta le frustrara. Como si hubiera esperado una confrontación, un motivo para discutir. Darien sabe que quiere ganar una pelea, ya sea verbal o física, tal vez porque eso le haría sentir que tiene control sobre algo, pero no le va a dar la oportunidad.
El necromante le da la espada y él no encuentra las fuerzas para retenerlo, así que lo deja ir.
Su silueta se pierde en la oscuridad hasta mimetizarse por completo con el bosque.
Con un suspiro, Darien mira al cielo, aunque no sabe lo que busca.
Algo reconocible, quizá, en ese mundo que está del revés.
O tal vez quiere una señal, cualquier cosa que le diga que está yendo por buen camino.
Siente que no hay sendero bajo sus pies, que está atravesando el bosque a ciegas y los árboles se lo van a tragar.
Un escalofrío le baja por la espalda, pero ni siquiera sabe diferenciar si es el toque de una mano fantasma sobre un medallón que ya no lleva o tan solo el frío de la noche.
A unos pasos de distancia, el bulto bajo las mantas se hace más pequeño, como si quisiera desaparecer. Darien entiende el sentimiento. Se abraza un poco más las piernas y deja que sea ella quien rompa el silencio, si eso es lo que quiere.
—No creo que él pueda perdonarme.
Darien aprieta los labios ante la tristeza que inunda esa voz tan preciada para él.
—Dale tiempo. Todo es cuestión de eso, ¿verdad?
—No debí hacerlo. No fue justo, lo sé, pero yo… yo…
Ishtar se ahoga con una tos que intenta cortar tan pronto como puede.
El sonido de su respiración casi se traga el crepitar del fuego y Darien se acerca a ella a gatas, preocupado.
Algo se le encoge en el pecho en cuanto la ve.
La princesa tiene la cara llena de lágrimas y él se imagina lo duro que ha tenido que ser contenerlas durante todos esos días, desde que se marcharon de su hogar, de la ciudad que debía gobernar.
Solo se permitió romperse la Noche de las Bestias, pero incluso entonces no pudo llorar todo lo que habría necesitado.
Por todo lo que ha perdido. Su madre. Su seguridad.
Está viviendo una existencia completamente nueva y, en lugar de sentirse emocionada, debe de estar aterrada.
Esos bosques infinitos, tan frondosos, tan verdes, no son más que un paisaje para todo el dolor que ahora lleva dentro.
—No podía perderlo. —Ishtar se encoge sobre sí misma, se abraza el cuerpo como si temiera despedazarse—. Nadie me iba a dejar salvar a mi madre, pero a Derek…
Sí, él era una víctima. Un daño colateral que, si lo que insinuó Astrey es verdad, la propia emperatriz decidió que merecía la pena sufrir. Es imposible que Ishtar no se sienta culpable por ello.
El celestial aprieta los labios y se tumba justo detrás de ella.
Inspira por la nariz y se escuda contra la visión.
Cuando la abraza, intenta pensar que está absorbiendo los gritos, el caos, la sangre, que se lo está arrebatando todo para que Ishtar no tenga ese ruido dentro de la cabeza.
Para que no vuelva a revivirlo jamás. Quiere creer que puede hacerlo, aunque solo sea porque así no volverá a estremecerse al recordar ese cuerpo entre sus brazos, como hace en ese momento.
Así no volverá a llorar con esa fuerza que le sacude el cuerpo.
—Desear salvar a alguien es lo más humano del mundo —se escucha murmurar Darien.
No sabe si se lo dice a ella o al alma de un dios que solo quería traer de vuelta a su ser más amado.
No sabe si se lo dice al padre que perdió a su hijo o al chico que quiere recuperar a Adam a toda costa—.
Y Derek lo sabe. Por eso te protegió. Lo entenderá, Ishtar. Al final, lo entenderá.
Darien apoya la frente contra la espalda de su amiga, que no da ninguna señal de haberlo escuchado. Podría seguir susurrándole, podría seguir diciéndole lo que cree que podría consolarla, pero deja que el silencio caiga sobre ellos y tan solo la abraza con un poco más de fuerza.
Los sollozos de Ishtar son su única respuesta.