Darien
DARIEN
Del comienzo de ese viaje, de cuando abandonó la seguridad de las murallas de Daiva, Darien recuerda sobre todo la desesperación que sintió al haber extraviado su medallón y la sensación de que el mundo ya no se movía por ninguna lógica conocida.
Acababa de perder a su primo, Nathan era un traidor que había huido con el Amuleto y Lilith estaba cegada por la furia y una supuesta misión de Destino.
Él estaba agotado, frustrado, perdido. Se sentía diminuto en un mundo hostil y, por las noches, las sombras a su alrededor adoptaban la forma del necromante que le había robado la voluntad.
La idea de que volviese a aparecer, de que lo estuviese espiando o lo fuese a usar a su antojo, le quitaba el sueño y le obsesionaba.
En la travesía hacia uno de los nidos de demonios de Arsay, muchos de los pensamientos que tuvo en aquellos primeros días tras abandonar el Templo vuelven con fuerzas renovadas.
Una vez más, se encuentra sin seguridades, consciente de que el mundo ha vuelto a reordenarse de una manera irracional y de que él no tiene la fuerza suficiente para cambiar nada.
No sabe qué va a ser de él, igual que no sabe qué va a ser de sus compañeros o de Lilith o Nathan.
Ni siquiera está seguro ya de qué pensar de ellos.
Ya no sabe qué es lo que motiva a su antiguo amigo, que no dudó en lanzarse sobre él para proteger a Astrey, igual que no conoce a Lilith, que ahora protagoniza historias de guerra y destrucción.
Sin embargo, lo peor es admitir que durante esos días hay veces en las que ni siquiera se reconoce a sí mismo.
No sabe quién es el chico que se ofreció a acompañar a Ishtar a buscar su demonio, ni tampoco el que le tiende el brazo para ayudarla a subir al barco que los ayuda a cruzar el río como si estuviera acostumbrado a tocar a la gente que lo rodea.
No entiende por qué se siente casi aliviado cuando Derek consigue ropa para sustituir los disfraces de la Noche de las Bestias y resultan ser prendas marrones y verdes, en vez de una de las túnicas blancas que ha llevado desde niño.
Ni siquiera tiene sentido que le haga gracia que uno de los marineros lo confunda con un seguidor de Muerte cuando lo ve junto al necromante.
No es coherente que no sienta la pulsión de sacarlo de su error y proclamarse como celestial, incluso sin su medallón alrededor del cuello.
Esa es otra cosa que ha cambiado: no echa de menos esa joya y, pese a la costumbre, ya ni siquiera la busca debajo de la ropa como acto reflejo.
Lo único que piensa cuando se acuerda de ella es en que espera que quien la lleva ahora esté a salvo.
En que ojalá estuviera a su lado durante el día que pasan navegando, hablándole de todas las veces que ha cruzado ese río.
La sensación es todavía peor cuando llegan a Arsay, porque la cabeza se le llena de la última noche que pasaron juntos y las promesas que se hicieron.
Iban a recorrer ese lugar de la mano, pero ahora tiene que convivir con su ausencia, sin poder aferrarse a él y con el fantasma de sus besos en todo el cuerpo.
También lo echa en falta por otros muchos motivos.
Por lo general, Caleb siempre encuentra las palabras correctas cuando es necesario, así que está seguro de que él sabría qué decirle a Derek o Ishtar durante esos días.
A ellos también le cuesta reconocerlos. Derek no ha hecho ni una sola broma desde que subieron al barco e Ishtar parece que hubiera perdido su energía y aprendido a mentir a través de las sonrisas.
Entre ellos, que siempre se buscaban el uno al otro, se ha abierto una distancia que Darien no tiene muy claro cómo borrar.
A veces Ishtar lo busca a él en lugar de a su guardián, se aferra a su mano mientras caminan, y lo único que él puede hacer es responder a su agarre e intentar contener los recuerdos que luchan por arrastrarlo.
A veces, pese a todo, se escapan algunos.
Tardes de juegos y libros a solas. Los abrazos de Iraides, tan cálidos como asfixiantes.
Retazos de su viaje a Yuda junto a Caleb, Dyne y…
Derek.
A él lo ve a menudo en su cabeza, pero siempre intenta salir de la memoria de Ishtar antes de saber demasiado. De todos modos, no necesita adentrarse en esos recuerdos para saber lo que ocurre entre ellos.
Es Derek precisamente quien los guía por el paisaje de ruinas y vegetación del que está hecho Arsay.
Siempre va delante con la seguridad que solo puede tener alguien que ha crecido entre esos árboles, entre animales que a veces les salen al paso y en otras ocasiones tan solo dejan marcas de su presencia entre sonidos y huellas.
Por el día, caminan y hacen descansos cortos para comer y descansar.
Al atardecer, encienden una hoguera y se preparan para cenar y acampar.
Todas esas noches, sin excepción, Ishtar cae rendida casi de inmediato. Todas esas noches, sin excepción, Derek dice:
—Yo haré la primera guardia.
Y todas esas noches, Darien es consciente de que no lo va a despertar para que lo releve.
No importa, porque él nunca duerme del tirón.
Por muy cansado que esté, las pesadillas acaban despertándolo, llenas de mil ojos dorados que lo siguen allá donde vaya.
En esos malos sueños nunca es capaz de mover el cuerpo por sí solo y, en algún punto, siempre descubre los finos hilos que, atados a sus articulaciones, lo mueven como si fuera un títere.
Esa noche, se despierta con un gemido en los labios y sintiéndose desorientado.
Los ruidos de la noche se cuelan poco a poco en su cabeza; los sonidos de los animales nocturnos se mezclan con el crepitar de la hoguera y el murmullo del viento.
Es como volver a las breves acampadas con Lilith en su viaje hacia las montañas, pero no es ella la que está de vigía al otro lado del fuego, sino un necromante.
Está inclinado hacia delante y sus dedos recorren de manera distraída el tatuaje que le baja por el cuello, como si estuviera repasando los bordes de cada hoja grabada en la piel.
Cuando el celestial se incorpora, intentando deshacerse de la manta en la que se envuelve para dormir, el necromante deja caer la mano y sus miradas se encuentran. Aunque en el palacio siempre era Darien quien apartaba la vista, esta vez es Derek quien claudica primero.
—Vuelve a dormirte —murmura antes de lanzar más leña al fuego—, todavía quedan unas horas para que amanezca.
Darien ya está negando con la cabeza antes incluso de que termine de hablar.
—Pese a lo que puedas creer, tú también necesitas descansar.
—Sé bien dónde están mis límites, santito.
El celestial tiene que morderse la lengua para no decirle que quizá no los conozca tan bien, teniendo en cuenta que hace unos días estaba muerto, pero es consciente de que eso estaría fuera de lugar.
Desde la Noche de las Bestias, nadie menciona lo que pasó con Derek.
Es una de esas cosas de las que ninguno de los tres quiere hablar, igual que tampoco hablan de que ahora hay otro emperador, otro Portador.
También parece haber un acuerdo tácito para no pronunciar el nombre de Caleb y todo lo que han tenido que dejar atrás.
Sabe por qué lo hacen. Si no mencionas algo, puedes fingir que no ha pasado, así que pueden aparentar que Iraides de Odelia no ha muerto y que no han sido forzados a marcharse de Damira. Si guardan silencio, buscar un demonio para Ishtar no es un acto desesperado que suena a último deseo.
Pero, si no hablan, tampoco pueden arreglar lo que está roto.
Por eso esa noche Darien se sienta junto al necromante, a esa distancia que le asegura que no va a tocarlo.
—¿Sabes, Derek? No tienes que cuidarnos. A lo mejor nosotros podemos cuidarte a ti.
—No necesito…
—Estabas muerto —lo interrumpe—. Moriste y te revivieron y no es… normal. No es algo fácil de aceptar. No creo que esté siendo sencillo volver a tu vida como era antes. Probablemente nunca vaya a volver a ser igual.
El silencio que cae sobre ellos es incómodo y le oprime las costillas como un abrazo demasiado apretado.
Es tan espeso que cuesta respirarlo, pero puede ver a Derek por el rabillo del ojo, con la luz del fuego trazando patrones sobre su rostro.
El necromante abre y cierra la boca, como si le costase encontrar palabras para responder.
—No sabes nada.
Su voz ni siquiera suena tan fuerte como de costumbre, aunque eso tampoco es una novedad. Desde que se marcharon de Damira, le falta energía, como si después de todo el Amuleto del Tiempo no hubiera podido devolverle todo lo que lo conformaba y una parte de Derek hubiera muerto aquella noche.
Darien se abraza las rodillas y vuelve la vista al fuego.
—Sé cómo se siente, aunque no sea de primera mano.
Lo vi en los recuerdos de Caleb. La oscuridad y…
esa sensación de despertarte de algo que no es exactamente un sueño.
Quizá para él fue un poco diferente, porque estaba febril al morir y era solo un niño y no comprendía lo que estaba pasando, pero…
También lo sé por una de mis vidas pasadas.
—Nota el movimiento rápido con el que el necromante se vuelve hacia él, pero se niega a mirarlo y finge que le está hablando a las llamas—.
Nadie le pidió opinión. Murió porque llegó su hora, pero…
alguien la quería demasiado como para dejarla ir.
Así que la trajo de vuelta con el Amuleto y…
—Darien toma aire. No quiere pronunciar sus nombres.
No quiere terminar de darle forma a la historia.
Es más fácil pensar que fueron dos personas normales, que lo único inmortal que había en ellos era su amor.
Hasta ahí podrían haberse llamado Valerick y Caleb.
Adam y Nathan—. Ella no fue capaz de vivir después de eso.
No fue capaz de vivir con la culpa de saber que habían destruido otras existencias para continuar con la suya.