La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith
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Lilith

LILITH

Si el jardín del palacio no tiene nada que ver con lo que Lilith recordaba de su primera noche allí, con el resto de la ciudad le ocurre lo mismo.

Los monstruos han desaparecido, igual que la música, los juegos de luces y sombras, las multitudes.

Todo lo que queda a esas horas en las calles por las que pasan el necromante y ella es el silencio roto por sus propios pasos desacompasados, el sonido de sus respiraciones y la sospecha de que, si no se dan prisa, no serán capaces de escapar de Damira antes de que salga el sol.

Pero nadie los sigue por los estrechos callejones por los que el chico la guía.

Los postigos de las ventanas y las puertas de las casas permanecen cerrados, las luces que titilan tras algunos cristales parecen cansadas e incluso la oscuridad duerme en los rincones.

En las calles más amplias sí hay gente despierta incluso a esas horas, pero lo único que la santa llega a ver son sombras bestiales que juegan en las fachadas junto a la melodía disonante de quienes cantan y se juran amistad eterna a gritos.

En algún momento, el ruido que hacen esos últimos trasnochadores se convierte en el zumbido lejano de las olas.

Apenas tardan un par de minutos más en llegar a unas estrechas y empinadas escaleras y, tras bajarlas, por fin, aparecen en el puerto.

El chico la guía hacia la seguridad de unos soportales, lejos de ese rincón del mundo que todavía está despierto: los barcos se balancean sobre el mar, con chapoteos aletargados, y en las cubiertas no dejan de verse siluetas que van y vienen sin perder el tiempo.

Un par de guardias patrullan los muelles, confundiéndose con las sombras gracias a sus uniformes negros, y los marineros se mueven por el puerto como si les perteneciese.

Lilith captura esa imagen en su mente, aunque todavía no sabe si puede alegrarse demasiado de verla. Sabe que el necromante los ha traído ahí porque esa es la forma más sencilla de salir de Damira. Y también la más rápida.

—Aquí nos separamos. —Caleb se fija en ella con esa calma imperturbable—. Tú vas a buscar al antiguo Portador, ¿verdad? Vas a impedir que recupere los restos de tu hermano y se los traiga a Astrey.

Ella aprieta los labios y asiente.

—Tengo que intentarlo, al menos.

—¿Sabes dónde encontrarlo?

—No, pero sé a dónde se dirige. El cuerpo de Adam está en la Fosa de los Infieles: solo tengo que llegar allí antes que él.

O incluso impedirle llegar. Quizá pueda intentar darle alcance gracias a sus sueños.

En las últimas noches, ha tenido visiones sobre él: lo ha visto tomar un barco, internarse en los bosques de Arsay, caminar por ellos con la misma calma que si no tuviera un rumbo fijo.

Lo cierto es que ya no está segura de si esas imágenes se las manda Destino, si son pesadillas o si se las provoca ella misma.

Al principio estaba segura de que lo veía solo porque su misión era acabar con él, pero ahora que el Amuleto ha cambiado de manos, sigue estando ahí cada vez que cierra los ojos.

Empieza a pensar que no es casualidad. Empieza a pensar que tiene más poder sobre lo que sueña de lo que ella misma era consciente.

O a lo mejor es que no puede evitar que su obsesión se cuele en sus dones.

El necromante cabecea, pensativo.

—Astrey dijo que le había encargado a alguien buscar a nuestro maestro para hacer con él lo mismo que ha hecho con su madre. Sospecho que se lo ha pedido a él.

Lo cual le daría a ella mucho más tiempo para alcanzarlo. Muchas más posibilidades de obligarlo a abandonar ese caparazón en el que se ha escondido y hacerle entrar en razón.

—¿Dónde murió?

—En nuestro antiguo hogar. —Incluso en la penumbra, Lilith reconoce el rencor en la expresión del necromante—.

No puedo darte indicaciones demasiado precisas: era demasiado pequeño cuando me marché y nunca he vuelto.

Pero era una casa apartada, cerca de una pequeña aldea de necromantes.

Estaba al sureste y, a menos de una hora, había unas pozas inmensas en las que la roca parecía crear la forma de un gigante.

Lilith asiente. No sabe si son instrucciones suficientes, pero tendrán que valer. Ansiosa por ponerse en marcha, lanza un vistazo a los barcos que aguardan por ellos.

—Busca cualquier pesquero que recorra el Nagar —le recomienda Caleb, adivinando sus pensamientos—.

Son menos peligrosos que los barcos comerciales y, por lo general, sus navegantes no hacen demasiadas preguntas si pagas bien.

—El chico le lanza una bolsa que tintinea y Lilith la atrapa al vuelo—.

Aunque te recomiendo esconder bien tu medallón.

Él mismo oculta el de Darien por debajo del cuello de la camisa.

Con cuidado, como si fuera algo vivo. Lilith es consciente de cómo lo acaricia con los dedos incluso a través de la ropa.

Se siente un poco incómoda, como si estuviera viendo algo inapropiado, así que clava la mirada en la bolsa de monedas.

—Tú irás a por Darien, ¿verdad? —El necromante asiente, sin dudar, y a ella le parece evidente que él también está deseoso de ponerse en marcha. Probablemente no haya pensado en otra cosa desde que lo encerraron—. ¿Podrías… darle un mensaje de mi parte, cuando lo encuentres?

Caleb enarca las cejas, pero le dedica otro asentimiento y la celestial aprieta las manos alrededor de la bolsita.

—Dile… que voy a intentar arreglar las cosas. Que me encargaré de todo y traeré a Nathan de vuelta. Y dile… dile que lo siento. Por todo.

Por no haber estado a la altura. Por no haberse preocupado más por él.

Por no haber sido capaz de cuidarlo cuando debería haberlo hecho.

Debería haberlos cuidado mejor a los dos, a Nathan y a él.

Siente no haber sido una buena amiga y haberlo echado todo a perder.

Aunque Nathan traicionó al Sacro Reino, aunque quizá él se habría marchado de todas formas si las cosas hubieran sido de otra manera, Darien podría haberse quedado a salvo dentro de las murallas.

Si quiso irse fue por acompañarla, porque siempre había mediado entre ellos. Porque él todavía creía en su amigo.

A lo mejor fue ella quien terminó de romperlo todo.

A lo mejor Darien siempre ha sido el mejor de los cuatro y ella, la peor.

Caleb la observa en silencio durante unos segundos que consiguen que ella se pregunte qué piensa. Si considera que es estúpida o que sus disculpas llegan demasiado tarde. No logra llegar a una conclusión. El rostro del muchacho es tan inescrutable como siempre, pero al final, una vez más, asiente.

—Se lo diré.

Bien. Eso es todo. Lilith le da la espalda y avanza un paso.

Dos. No debería resultar tan difícil que cada uno siga su camino, pero lo cierto es que no quiere volver a encontrarse sola.

No quiere volver a sentir que no le queda nadie, aunque su colaboración con ese chico haya sido solo una alianza temporal.

—Santa.

Sus pasos se detienen. Cuando mira por encima de su hombro, se da cuenta de que el necromante no se ha movido, pero su expresión se le antoja un poco más suave, más vulnerable. Sus labios se aprietan suavemente antes de decir:

—Siento lo que le ocurrió a tu hermano aquel día.

Lilith da un respingo y su cuerpo se congela en el momento en el que comprende lo que quiere decir.

Le pide disculpas porque estuvo allí, en la basílica.

Porque fue uno de los atacantes bajo las órdenes de la emperatriz.

Es tan evidente que no sabe cómo no ha reparado antes en ello.

No recuerda haber visto su rostro, pero quienes asaltaron el lugar fueron tres necromantes y le suena haber visto una cara marcada por enredaderas, igual que la tenía el chico que resucitó durante la Noche de las Bestias.

Una parte de ella, la que todavía guarda demasiada rabia y tristeza, querría desenvainar la espada que él mismo le ha dado y atacar.

Pero no es capaz. Tiene la mano derecha ocupada por la bolsa de monedas y la cabeza llena de contradicciones que no la dejan pensar.

Por un instante, incluso se pregunta si realmente ese chico la ha ayudado a escapar impulsado por su amor por Darien o si lo ha hecho por la culpa.

Si fuera así, ella ni siquiera podría echarle nada en cara.

No es mucho mejor que él, ¿verdad? Ese muchacho y los suyos fueron a Daiva a destruir su paz, a complicarlo todo, pero ella ha hecho lo mismo con mucha otra gente.

Ha entrado en pueblos a la fuerza, ha separado familias y ha asesinado.

Ha empuñado su espada sin ayuda de su dios, como le dijo Nadra en una ocasión.

Ha movido el brazo sin ayuda de su dios. Es culpable, sin ayuda de su dios.

Las ganas de luchar se disuelven tan rápido como han llegado, enterradas bajo sus propios remordimientos.

No puede volverse contra la única persona que le ha tendido una mano cuando lo necesitaba; no puede pagar con él la tristeza que lleva dentro, la rabia y la frustración.

Él mismo se lo dijo: las cosas cambian y las personas también.

Quizá ayudarla haya sido parte de su penitencia pero, si es así, ¿quién es ella para juzgarlo?

Si no cree en su redención, ¿cómo va a convencerse de que sus propios pecados también pueden ser perdonados?

Ese chico ni siquiera mató a Adam. A Adam lo mató la misma mano que lo crio.

Y la verdadera culpable nunca pedirá perdón.

Lilith respira hondo. Cuando traga saliva, se traga también todo su enfado y las lágrimas que siente en el borde de sus ojos, ansiosas por salir.

Lleva mucho tiempo conteniéndolas y siente que no va a poder hacerlo mucho más, pero lo consigue.

Por al menos un día más, las mantiene a raya y solo dice:

—Gracias, Caleb.

Si al necromante le sorprende que lo llame por su nombre, no lo demuestra. Su rostro sigue siendo inexpresivo incluso entonces, cuando agacha la cabeza en un gesto de despedida.

—Buena suerte, Lilith.

No espera una respuesta. Sin más palabras, el chico le da la espalda y se aleja con seguridad, como si supiera perfectamente cuál es el camino que lo llevará de vuelta a Darien.

Lo envidia. Envidia su honestidad, su confianza, la forma en la que lo encara todo, como si no fuera a haber consecuencias…

No. Como si fuera a haberlas y él estuviera preparado para enfrentarlas todas.

Le gustaría parecerse un poco más a él, así que Lilith también se pone en marcha.

El miedo y la incertidumbre le siguen el paso, pero los acepta como compañeros de viaje. Por primera vez en mucho tiempo, no finge que su dios guía sus pasos. Destino no le ha dado esa misión. Esa misión es solo suya. Ella la ha elegido. Ella afrontará las consecuencias.

Tanto si consigue traer a su mejor amigo de vuelta como si no.