Lilith #2
—Porque yo también creí en Astrey más que en nadie durante una época de mi vida y me traicionó —responde el chico—.
Sé lo que es descubrir que alguien a quien creías tu aliado está dispuesto a venderte por lograr sus objetivos, como si fueras un objeto desechable.
Y es obvio que ha hecho lo mismo contigo.
La bruja no replica, tan solo lo estudia con esos ojos que tienen el color del horizonte cuando amanece.
Lilith mira al cielo, casi esperando ver salir el sol.
Deberían escapar de allí antes de que la ciudad despierte, y no cree que conversar con esa mujer les vaya a ayudar a escapar.
Es obvio que durante la Noche de las Bestias se sintió traicionada por el nuevo Portador, pero también que siguen teniendo algún tipo de relación.
Al fin y al cabo, está ahí. El palacio no la considera una enemiga, sino una aliada, por eso las estatuas se han detenido.
—Tenías razón cuando dijiste que solo está de parte de sí mismo —añade el necromante—. Y, si fuera tú, no lo olvidaría nunca.
La mujer entrecierra los ojos antes de volverse hacia el palacio. Aunque Lilith teme girarse y encontrar al emperador asomado a una de las ventanas, no ve nada cuando sigue su mirada.
Elira Surya vuelve a fijarse en ellos. Todavía alarga el silencio un par de segundos más antes de clavar la vista en Caleb y decir:
—Si te dejo ir, usar el Amuleto va a tener muchas consecuencias para todos.
Él enarca las cejas y relaja un poco la postura. No suelta los puñales, no vuelve a envainarlos, pero baja las manos.
—Tú ni siquiera quieres que use ese objeto, ¿no es cierto? Tienes dudas. Sobre lo que está haciendo y lo que pretende hacer. Ya no te fías de él, de lo contrario estarías llamando a gritos a los guardias… o encargándote tú misma de nosotros.
La bruja aprieta los labios y aparta la vista de él, incómoda. Su atención cae entonces sobre Lilith, solo un instante.
—Puede que no esté de acuerdo con que te encierren y te usen, necromante, pero ella no tiene nada que ver con eso.
—La celestial se tensa—. Lilith Rheiz ha matado a cientos de los tuyos y de los míos enarbolando los estandartes de Daiva.
¿Por qué debería dejarla ir? ¿Por qué la estás ayudando siquiera?
Caleb la mira de reojo. Parece estar pensando una respuesta, pero ella toma aire. Sabe algo más de esa bruja, después de haber estado viajando días a su lado. Esa mujer no se preocupa solo por el emperador.
—Deberías dejarme ir porque sé que Nathan te importa. Y yo quiero ayudarlo. Su demonio ha tomado posesión de su cuerpo y yo soy la única que puede traerlo de vuelta.
Elira entorna los párpados, desconfiada.
—¿Por qué debería creerte? Hasta ahora solo has intentado hacerle daño.
—Las cosas han cambiado.
—¿Por qué? ¿Porque ahora ya no tiene el Amuleto del Tiempo? ¿Crees que eso hará que volváis a tener algún tipo de relación? Nathan te odia, santa.
No, más bien debería odiarla. Está segura de que eso tendría sentido, igual que ella debería odiarlo a él con todas sus fuerzas.
Pero ya se ha mentido lo suficiente y tiene que aceptar lo inevitable: no lo detesta.
No quiere matarlo. Y ahora que ya no es el Portador, ni siquiera tiene por qué hacerlo.
—Nathan solo odia haber perdido a mi hermano.
Las palabras se le atragantan, quizá porque al pronunciarlas se da cuenta de lo ciertas que son. De lo injusta que ha sido con él, sin pararse a entender ese dolor que lo ha llevado hasta donde están ahora. Un dolor que a ella también le resuena en el pecho.
—Si Nathan está colaborando con el nuevo emperador es solo porque está desesperado por recuperarlo, pero no puede —continúa tras tomar aire—. Nadie puede. Adam está muerto y no va a volver.
Ni siquiera con el Amuleto del Tiempo. Ni siquiera con la magia de los dioses.
Lo ha comprendido al ver a esa mujer en la celda.
Al principio, una parte de ella casi deseó que alguien hiciera eso con su hermano.
La madre del Portador solo parecía confusa, pero estaba bien.
Era un cuerpo entero, una vida que había vuelto.
Pese a que sabía que era un pensamiento inapropiado, una herejía, se atrevió a imaginar que era Adam, que despertaba, que miraba el mundo con esa fascinación que no tenía desde que volvió de su Peregrinación.
Pero entonces la mujer cambió. Aunque no se transformó físicamente, se dio cuenta de que no era la misma cuando se giró hacia ella con ese terror primitivo en los ojos, el mismo sentimiento de desesperación que vio en alguna gente durante la Purificación.
La oración que salía de sus labios sonaba como debía. Y luego se lanzó sobre su hijo y…
No, Adam no va a volver, ni siquiera si el nuevo emperador usa la magia de Tiempo sobre lo que quede de su cuerpo. Si su hermano revive convertido en una criatura como la que es ahora esa mujer, no será él, por mucho que pueda tener su aspecto. No será nadie que conozca.
Está segura de que el verdadero Adam no querría regresar en esas condiciones. Ni siquiera habiéndolo traicionado todo. Ni siquiera siendo un hereje. Nadie querría. Solo sería una sombra de sí mismo.
Y Nathan tiene que entenderlo.
—¿Y quieres…? ¿Qué? ¿Convencerlo de que lo deje ir? —Elira niega con la cabeza—. No creo que vaya a escucharte.
—Puede. Pero tengo que intentarlo.
Tendría que haberlo intentado el día del ataque a la basílica, o después, durante todas las veces que se encontraron y lucharon el uno contra el otro en vez de llorar juntos por lo que ambos habían perdido.
La princesa de Orlaith la observa, cauta.
Vuelve a lanzar un vistazo más hacia el palacio y Lilith siente que el silencio se espesa durante los siguientes segundos.
Uno. Dos. Tres. Pasan siete hasta que Elira Surya cabecea para sí misma y se mueve solo un par de pasos a la izquierda para permitirles avanzar hacia el portón.
—Vosotros y yo jamás nos hemos visto —dice.
Lilith se da cuenta de que estaba conteniendo la respiración cuando tiene que tomar aire, pero no sabe qué decir.
«Gracias» suena a herejía y, de todas formas, la bruja pasa por su lado y les da la espalda sin esperar una réplica, como si no quisiera verlos escapar.
Como si eso fuera a hacerla menos cómplice de su huida.
Caleb y ella la ven alejarse seguida por su ave y, después, se miran. No hay comentarios. Ya han perdido demasiado tiempo y no pueden arriesgarse a que les arrebaten esa oportunidad.
Sin mirar atrás, echan a correr.