La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith
24%

Lilith

LILITH

El jardín es un lugar completamente diferente al que estuvo en la Noche de las Bestias.

Los invitados han desaparecido, así como las luces y la música, y ya ni siquiera quedan pistas de lo que ocurrió aquel día: no hay ni una piedra fuera de su sitio ni un resto de cristal en el suelo.

Pese a ello, el paisaje que encuentra no le parece mejor sin el rastro de caos que recuerda: se le antoja igual de muerto, hecho de piedra y metal, oscuro bajo la luz opacada de las estrellas.

Siente que el peligro está al acecho, que un paso en falso hará que el suelo se abra bajo sus pies y se la trague, que las estatuas están esperando a que aparte la mirada para empezar a moverse.

Un escalofrío que no tiene nada que ver con el viento frío que sopla la recorre de arriba abajo.

—No te separes.

Lilith da un respingo y vuelve la vista hacia el necromante a su lado, que observa la explanada que los separa de la libertad con una expresión seria.

—¿Crees que es seguro? ¿No puedes usar esos poderes tuyos para sacarnos de aquí sin pasar por el jardín?

El chico chasquea la lengua y le dedica una mirada de reojo que deja clara su frustración.

—Si pudiera, santa, ¿no crees que ya lo habría hecho?

—No lo sé, has estado esperando días para sacarnos de nuestras celdas.

—Y volveremos a ellas si seguimos retrasándonos, así que cállate y sígueme.

Lilith hace un mohín, pero él tampoco le da más tiempo para replicar: con pasos ágiles y una fluidez que la chica envidia de inmediato, Caleb se lanza hacia el jardín aprovechando las sombras que ofrecen la vegetación de metal y las estatuas.

En comparación, la santa se siente torpe, pesada, y el corazón le late con tanta fuerza que le da la impresión de que hace el ruido suficiente como para delatarlos.

Su acompañante, en cambio, ni siquiera cambia de expresión.

No sabe qué pensar de él. Algo dentro de su cabeza no deja de repetirle que está traicionando a su dios, a la Hermandad, por haber aceptado la ayuda de un seguidor de Muerte, pero ¿qué iba a hacer si no?

¿Esperar un milagro? Está cansada de esperar.

Está cansada de estar encadenada, de dejarse llevar.

Y al menos ese muchacho tiene algún tipo de conexión con Darien.

Aunque de eso tampoco sabe qué pensar.

—¿Ves el muro? —El necromante se gira hacia ella tras detenerse al amparo de una de las estatuas y Lilith echa un vistazo hacia delante. Lo ve. Todavía está lejos, pero ya se han acercado lo suficiente como para permitirse empezar a tener esperanzas—. Vamos a correr hacia allí.

—¿Aunque no haya puerta? —Él asiente—. ¿Y si no eres capaz de convocar una salida en esa pared? El muro es demasiado alto para saltarlo.

—Vas a tener que confiar en mí.

Lilith hace un mohín. Está a punto de responderle que no puede confiar en él por un sinfín de motivos, comenzando por la diosa a la que sirve y continuando por lo que le hizo a su primo.

Pero, al mismo tiempo, ese necromante es su única oportunidad de escapar.

No ha dudado en ayudarla, aunque es evidente que la huida le resultaría mucho más fácil si la dejase atrás.

No por ella, por supuesto. Por Darien. Lo hace por él.

Porque se ha enamorado de él y no tiene ningún reparo en admitirlo.

Y lo más probable es que Darien también lo quiera a él. Por eso corrió a socorrerlo durante la Noche de las Bestias. Por eso estaba tan desesperado ante la idea de dejarlo atrás. Por eso le dio su medallón.

Ese es el chico al que su primo ha elegido.

Pese a ser un necromante. Pese a haber sido su enemigo.

Pese a ir en contra de todo lo que les han enseñado en el Templo.

Y no lo entiende, pero quizá no tenga por qué hacerlo.

Quizá, a veces, el amor sencillamente es complicado y absurdo y no comprende el concepto del deber y la gente se vuelve loca por él.

Está segura de que ella nunca ha experimentado un amor como ese.

—De acuerdo.

El necromante (Caleb, su nombre es Caleb) parece un poco sorprendido por su respuesta, como si en el fondo hubiera estado esperando una nueva réplica. De todos modos, no le da tiempo a decir nada, porque entonces ambos escuchan el crujido. Viene de arriba, justo encima de sus cabezas.

Cuando alzan la mirada, ven la sonrisa de una estatua que se inclina sobre ellos.

—¡Corre!

Lilith obedece antes incluso de registrar la orden.

A su alrededor, mientras ambos se lanzan con desesperación hacia delante, las estatuas del jardín comienzan a despertar y a girar sus rostros hacia ellos, a extender los brazos para atraparlos.

Mientras se vuelven una amenaza, mientras se bajan de sus pedestales demostrando que nada les ata a ellos, Lilith entiende de pronto por qué el palacio no necesita guardias de carne y hueso, por qué no los había en las mazmorras y por qué no los hay tampoco en las puertas de entrada.

Ese lugar se protege a sí mismo, imbuido por una magia tan poderosa que solo puede venir directamente de Caos.

La energía que se arremolina a su alrededor le provoca náuseas, le recuerda al campo de batalla y le hace echar de menos a Altair.

Le gustaría volver atrás y tener de nuevo su presencia reconfortante cerca, guiándola en forma de lechuza.

Pero como no puede tenerlo, tan solo recurre a las visiones a las que él le enseñó a acceder.

Son rápidas, apenas destellos en su mente: ve a una estatua atacarla desde la izquierda, así que se mueve antes de que ocurra; sabe que puede tropezar tres pasos más adelante, así que salva de un salto el pequeño desnivel que hay bajo sus pies.

Una de las visiones le muestra al necromante siendo atrapado, así que grita:

—¡Cuidado! ¡A tu espalda!

Caleb mira hacia atrás a tiempo de evitar que dos brazos de piedra se conviertan en una nueva cárcel para él, pero el salto que da hacia a un lado, demasiado rápido, lo hace caer al suelo y lo obliga a rodar para evitar que otra estatua lo atraviese con una espada de mármol.

Lilith se apresura a llegar hasta él para ayudarlo a levantarse. El necromante la mira con incredulidad, como si verla tenderle la mano le pareciera más inconcebible que ese jardín de estatuas vivientes.

—Darien tampoco me perdonaría que yo te dejase atrás.

—No necesito…

—Calla y corre.

Caleb frunce el ceño, pero esta vez es él quien obedece.

El muro está solo a una carrera de distancia y ambos se apresuran hacia él.

Rápido. Más rápido. Las estatuas que se lanzan contra ellos son lo único que los separa de la libertad y Lilith no puede permitirlo.

Su destino no es quedarse encerrada en ese palacio, ha nacido para más cosas.

Ha nacido para buscar a Eunomia y empuñarla, para ser santa, para servir a la Hermandad y proteger al mundo del Amuleto del Tiempo.

Pero, sobre todo, más allá de ese muro está Nathan.

Y su destino, de una manera u otra, siempre ha estado ligado al de él.

Están cerca. La pared está casi al alcance de su mano y ellos solo tienen que apretar el paso un poco más, esforzarse un poco más.

Una puerta comienza a aparecer en medio de la piedra y Lilith mira a su lado, al necromante, que tiene los ojos entrecerrados por la concentración.

Funciona. Funciona. Está a punto de gritárselo, a punto de sonreír.

Pero entonces escuchan el graznido y el sonido de unas alas cortando el viento.

Una figura aterriza a solo unos pasos de ellos, justo frente al portón, y Lilith se detiene justo a tiempo, consciente de que esta vez su enemiga no está hecha de mármol, sino de carne y hueso.

La reconoce incluso bajo la luz lejana de las estrellas, porque la encaró del mismo modo durante la Noche de las Bestias.

La princesa de Orlaith.

Lilith se lleva la mano a la empuñadura de la espada en un acto reflejo; Caleb desnuda los filos de sus puñales.

Ambos lanzan un vistazo hacia atrás, hacia el resto del jardín, pero las estatuas se han quedado quietas, como si la presencia de esa mujer hubiera roto el hechizo que les permitía moverse.

Sobre el brazo extendido de una se posa el pájaro que acompaña a esa mujer allá a donde va.

—Tenía entendido que era imposible escapar de este palacio.

Elira Surya no alza la voz ni da la señal de alarma, como cabría esperar, pero Lilith no se permite relajarse.

Aunque la bruja repliega sus impresionantes alas, no las hace desaparecer, y tiene las garras preparadas para atacar si es necesario.

Recuerda cómo las usó contra Iraides de Odelia, cómo ha demostrado que la magia y esas uñas que podrían arrancarle las entrañas a alguien con un simple movimiento son todas las armas que necesita.

A su lado, el necromante no hace ni un solo movimiento, como si no quisiera delatar que ha sido el causante de la fuga. La celestial todavía no entiende cómo ha podido hacer que el palacio se amolde a sus deseos, pero está claro que él no quiere que nadie más descubra que tiene esa capacidad.

—Apártate —dice—. No quiero luchar contigo.

Lilith no está de acuerdo: deberían acabar con ella o quizá se arrepientan. Entre los dos quizá podrían vencerla. Podría intentar exorcizarla y él…

Pero la bruja no da señales de querer atacar. En cambio, ladea la cabeza y sus garras pasan a ser un poco menos amenazadoras cuando cruza los brazos.

—¿Y eso por qué?

El interés en su voz es genuino, lo suficiente como para que Lilith titubee. Caleb y ella intercambian una mirada, aunque ninguno de los dos se atreve a relajarse. El necromante aferra los puñales que ha desenvainado con la misma fuerza con la que Lilith aprieta las manos alrededor de la espada.