La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Caleb
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Caleb

CALEB

La primera vez que Caleb vio cómo Astrey se alejaba de él, le dolió tanto como la herida que le había abierto en el pecho.

Aunque perdió la conciencia poco después, cuando despertó el dolor seguía ahí, intenso, un corte profundo bajo un cuerpo que había sanado por arte de magia.

Permaneció mucho tiempo más: semanas, meses, años.

Cada vez que Caleb recordaba a Astrey, el corte volvía a abrirse como el primer día, incapaz de terminar de cicatrizar.

Por eso decidió olvidarlo. Lo apartó a un lado, a él y a todo lo que representaba, y cubrió todo el tiempo que habían pasado juntos bajo gruesas capas de odio y ansias de venganza que lo ayudarían a seguir adelante.

Quizá por eso ahora ya no le duele tanto verlo marcharse.

Aunque siente el cuerpo agarrotado y le cuesta respirar después de lo que el Amuleto ha hecho otra vez con él, sabe que está mucho más entero, que es mucho más capaz de seguir adelante que cuando era un niño.

El Astrey que ve marchar ya no tiene nada que ver con el muchacho que conoció, así que no puede hacerle daño.

Si acaso, es un alivio confirmar que todos los hilos que un día los unieron están cortados y ya no pueden tirar de él.

—¿Estás bien?

La pregunta de la santa está tan llena de tensión como su rostro, que asoma entre los barrotes a los que se aferra con fuerza.

Caleb se fija en ella antes de respirar hondo y cerrar los ojos para encontrar un segundo de calma.

La busca en su pecho, en la sensación del medallón que cuelga de su cuello, en los latidos de un corazón que ya es un refugio.

No puede oírlos, pero todavía siente el eco de una presencia al otro lado del oro, cada vez más quedo, casi imperceptible.

Bien. Aunque una parte de él odia sentir a Darien tan lejos de su alcance, eso significa que se ha alejado lo suficiente.

—Es hora de irse.

Esas palabras son todo lo que necesita para que los grilletes que le apresan las manos se abran sin más.

Caleb deja escapar un suspiro de alivio cuando al fin puede bajar los brazos y se frota las muñecas.

La libertad le resulta reconfortante de inmediato, aunque su cuerpo va a tardar un poco en recuperarse después de todos los días que ha pasado en la misma posición.

—¿Cómo demonios has hecho eso?

Caleb vuelve a fijarse en la santa, que lo observa como si acabara de convertirse en celeste ante ella.

Aun así, ignora la pregunta y se pone en pie para probar su equilibrio.

El mundo todavía le resulta inestable, la cabeza le da vueltas y siente las extremidades mucho más pesadas de lo que debería, pero está bien.

La inmortalidad es molesta, sobre todo por lo incomprensible que resulta, pero en momentos así tiene que agradecer los beneficios que le ofrece.

—¿Podías hacer eso desde el principio? —Lilith Rheiz alza la voz, indignada, sobre todo cuando Caleb asiente—. ¿¡Y por qué no lo has hecho antes!?

El necromante le lanza un vistazo de soslayo mientras se sigue masajeando una piel que empieza a curarse sin dejar marcas tras el roce insistente de los grilletes.

—Primero, porque quería que Darien y mis compañeros se alejasen todo lo posible del palacio y, a poder ser, de Odelia. Segundo, porque necesitaba que Astrey confiase en que me tenía justo donde quería. Y tercero, porque quería tener una última conversación con él.

—¿Por qué ibas a querer eso? Te ha encerrado para usarte.

—Precisamente por eso. —Caleb avanza hacia Lilith y ella da un paso hacia atrás, desconfiada—.

Necesitaba saber por qué estaba haciendo esto, cómo de lejos pretendía llegar.

Y, sobre todo, necesitaba saber cuáles son sus debilidades ahora, si es que las tenía.

A ambos nos enseñaron de pequeños que el conocimiento es poder.

Antes de que la santa pueda replicar, el necromante pone las manos en los barrotes que separan sus celdas y cierra los ojos para concentrarse.

Le pide al palacio que se amolde, que deje salir a la celestial, pero nota resistencia ante sus órdenes.

Mientras que a él le ha dejado liberarse de sus grilletes sin más, en este caso una fuerza se interpone y se niega, alza una pared que resulta complicado traspasar.

Tiene que entrecerrar los ojos y apretar los dedos en torno al metal con un poco más de fuerza, hasta que siente que se templa ante su contacto.

Supone que tiene sentido. Por mucho que ese palacio lo reconozca y lo proteja, esa muchacha no tiene nada que ver con él y hay otro miembro de la familia real que desea mantenerla presa.

No, no cualquier miembro. Ahora Astrey es el emperador.

El necromante tiene suerte de que el palacio no le dé la espalda, por mucho que sea hijo de uno de los príncipes.

Príncipe. Sigue resultándole complicado pensar en sí mismo en esos términos.

No se acostumbra a la idea de que ese palacio al que llegó un día por casualidad (se niega a pensar que Destino haya tenido algo que ver en ello) sea en realidad el lugar en el que debería haber crecido.

Ese sitio no tiene nada que ver con él. No es Arsay, con sus bosques inmensos, sus cementerios arbolados y sus retazos de historia derruida.

Ese es su verdadero hogar. El lugar que le prometió a Darien que un día recorrerían juntos.

Y para eso tiene que salir de ahí.

Los barrotes se separan entonces. Como si el palacio hubiera entendido, por fin, que tiene que dejarlo avanzar porque no va a hacerlo sin la celestial. El hueco que se abre es lo suficiente grande como para que Lilith se cuele por él y Caleb deja escapar un suspiro de alivio.

—Gracias —murmura, no sabe muy bien a quién.

Quizá a Saenal o al mismísimo Caos, no sabe de quién es la magia que vive en esas paredes.

Después se gira hacia la santa, que lo está mirando como si hubiera obrado un milagro—.

Quédate cerca de mí hasta que consigamos salir.

No puedo asegurar que el palacio no vaya a intentar llevarnos por caminos distintos en cuanto tenga oportunidad.

Lilith frunce un poco el ceño mientras él se acerca hasta la pared de la celda y pone la mano sobre la piedra.

—¿Cómo lo haces? No lo entiendo. No eres un brujo, no deberías poder modificar la materia.

—No estoy modificando la materia.

Pero la magia del palacio parece llevarle la contraria cuando la piedra se convierte en una puerta de madera.

—¡Lo estás haciendo ahora mismo!

—No estoy modificando la materia. —Odia tener que repetirse—. Estoy dándole órdenes al palacio y es él el que cambia solo. Y ahora, pasa —añade tras abrir la puerta de un tirón.

La celestial abre mucho los ojos, incrédula, pero la expresión del necromante es suficiente para que deje de hacer preguntas. Lo más probable es que solo quiera alejarse de las mazmorras cuanto antes y esté dispuesta a tomar la primera oportunidad que alguien le tiende.

La salida, sin embargo, no los escupe a la ciudad, ni siquiera al jardín, sino al cuarto de Caleb.

Allí está su pequeño catre, las plantas por todas partes.

Nunca ha sentido esa habitación demasiado suya, pero después de todos esos días encerrado, es lo más cercano a un refugio que tiene en medio de la tormenta.

Aun así, no pueden perder mucho tiempo, así que se apresura a acercarse a uno de los armarios mientras empieza a deshacerse de la ropa que lleva puesta, lo que queda de ese ridículo disfraz que Ishtar lo obligó a ponerse para la Noche de las Bestias.

Primero cae la pesada capa, que ya ni siquiera conserva todas las plumas; luego, la camisa oscura.

La santa, detrás de él, deja escapar una exclamación:

—¿Podrías avisar antes de desnudarte?

Él pone los ojos en blanco antes de rebuscar en el armario y tirarle un par de paños y algo de ropa. Cuando se da la vuelta, hay dos tinas de agua esperándolos, una justo frente a una celestial claramente desacostumbrada a que todo ocurra por arte de magia y otra junto a él.

—Límpiate y cámbiate —le ordena tras darle la espalda—.

No podemos salir así de palacio, llamaríamos demasiado la atención.

Y, si conseguimos escapar de aquí, lo más seguro es que Astrey no tarde en darse cuenta y avise a la Guardia Imperial de que hay un par de fugitivos.

Cuanto menos identificables seamos, mejor.

La muchacha tiene que ser consciente de que su advertencia tiene lógica, pero aun así responde:

—Ni se te ocurra darte la vuelta.

Caleb está a punto de hacerlo solo para que vea su expresión asqueada.

—No tengo ningún interés en verte desnuda, santa.

—Eso espero —masculla ella. Caleb oye el sonido de tela contra tela mientras él hunde el paño en el agua tibia y se lo pasa por nuca, brazos y muñecas—. Pero así no me hace gracia estar desnuda y desarmada ante nadie.

Eso le resulta incluso más ridículo.

—Eres consciente de que no tengo por qué ayudarte, ¿no? Podría haberte dejado sola en esa celda y nunca habrías podido escapar, te lo aseguro. De hecho, llevarte conmigo solo me retrasa.

Aunque espera que no demasiado. No puede permitírselo. Cada segundo que pasan dentro del castillo es un segundo más en el que se arriesgan a que Astrey descubra que él no está tan indefenso como cree. Y, si lo hace, no tiene claro que vayan a tener más oportunidades de escapar.

—Pero me ayudas por Darien. —Hay un punto de incredulidad en el tono de la celestial—. Sabes que no tienes por qué, ¿verdad? Sería tan fácil como decirle que tuviste que dejarme atrás y él quizá lo entendería.

—Sí, lo haría. Y, si tengo que dejarte atrás, no dudaré en hacerlo y se lo diré. Pero no tengo ninguna intención de mentirle si no es así.

Esta vez la santa no responde, así que ambos se visten en silencio, tan rápido como pueden. También se arman: cuchillos para él, una espada para ella. Caleb está a punto de tendérsela cuando la santa le pregunta:

—¿Estás enamorado de él?

El necromante enarca las cejas, incrédulo.

Lilith lo observa con los ojos entrecerrados y el rostro serio, como si hubiera hecho una pregunta muy complicada.

En ese momento, privada de sus ropas blancas, ni siquiera parece una seguidora de Destino y mucho menos una elegida de su dios.

Vestida de verde y marrón, con esa expresión un poco desamparada, parece más bien una muchacha que acaba de encontrar la salida de un bosque profundo después de haberse perdido en él durante días.

—¿Disculpa?

—Me has escuchado. Te he preguntado que si estás enamorado de mi primo.

Caleb siempre ha considerado que hay ciertas verdades que no hace falta pronunciar, porque son obvias o se comprenden sobre la marcha.

Incluso cuando él tuvo que aprenderlo todo de cero, después de perder sus recuerdos, hubo explicaciones que nadie le dio, cosas que se colocaron en su lugar por simple lógica.

El sol ilumina y da calor. Por las noches salen las estrellas.

Ahora que él sabe lo que siente, que alguien le pregunte si está enamorado de Darien Veriz le parece lo mismo: algo que no debería ser necesario explicar porque es evidente; un axioma; parte de la lógica natural del mundo.

Y, aun así, quizá precisamente por eso, no tiene ningún reparo en responder:

—Sí.

Lilith Rheiz se abraza el cuerpo, con los ojos claros llenos de un sinfín de preguntas y emociones que Caleb no consigue comprender.

No sabe si le gusta su respuesta o si la odia, aunque no podría serle más indiferente.

Si no le importa lo que los dioses piensen de su relación, si está dispuesto a desafiarlos para mantener a ese chico a su lado, ¿por qué iba a interesarle la opinión de una simple mortal?

Una que ha demostrado que no conoce a Darien. No de verdad. No como él.

Al final, la celestial tan solo aparta la vista. Se pone la capucha de la capa corta que cubre sus hombros y se adelanta para tomar la espada que él todavía estaba sosteniendo.

—Deberíamos irnos.

Caleb asiente. Lanza un vistazo por última vez a ese cuarto, a las plantas, a los recuerdos desperdigados por la estancia.

Derek solía apoyarse contra la ventana. A Dyne le encantaba pasar por allí y tocar las plantas.

Frente a esa cama, él se arrodilló ante Darien y le pidió perdón por todas las cosas que todavía no ha terminado de perdonarse a sí mismo.

Aunque nunca ha llegado a sentir el palacio de Odelia como un hogar, no puede evitar sentir cierta nostalgia al ser consciente de que lo más probable es que jamás regresará a ese cuarto. Ya nada le ata a ese palacio, por mucho que parte de su familia venga de él.

No, su hogar está en otro lado, allá donde el medallón que lleva en el cuello le lleve. Para recordarlo, o quizá solo para darse fuerzas, lo aprieta entre los dedos. La presencia de Darien sigue llamándolo, tirando de él.

Y no va a hacerlo esperar más.

—Mantente cerca de mí.

Caleb abre la puerta.