La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #3
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Astrey #3

Astrey no se espera el empujón. No se espera caer hacia atrás ni que Linette se aleje con la brusquedad con la que lo hace.

La mujer tiene problemas para ponerse en pie, se tropieza con el borde del camisón y cae.

No le importa. A cuatro patas, medio enredada en la tela blanca, se arrastra con lentitud, como si sintiera el cuerpo agarrotado.

Se mueve hacia los barrotes que la separan de la santa y cuando la ve allí de pie, con el medallón al cuello y las ropas que en algún momento fueron blancas, una súplica escapa de sus labios:

—¡Hermana! —clama—. ¡Hermana, ayúdame! ¡Por favor, ayúdame!

Lilith Rheiz parece tan sorprendida que retrocede varios pasos, como si temiera que la mujer fuera a lanzarse a por ella a través del metal.

Astrey, en cambio, se encuentra paralizado.

—¿Mamá…?

La mujer se gira hacia él, pero esta vez no reacciona a esa palabra con reconocimiento, sino que lo mira como si fuera incapaz de ver nada más que un demonio: se encoge sobre sí misma contra los barrotes, se cubre los ojos con las manos y comienza a rezar.

En una celestial entrenada, quizá el exorcismo que se desliza de su lengua le habría hecho algo.

Pero su madre no es seguidora de Destino.

Nunca lo ha sido. Su madre, rodeada de brujos, si acaso respetaba a Caos, aunque la realidad es que nunca se consagró a ninguno de los dioses.

—Mamá, calla. Para, ¿qué estás haciendo?

Astrey se levanta. Se siente como si estuviera borracho, como si llevara días enteros sin dormir, como si estuviera vadeando un río y tuviera que luchar para dar cada paso.

Quiere alcanzar a esa mujer, pero cuando estira la mano le parece que está lejos, muy lejos, como si el uso del Amuleto hubiera deformado el espacio y no solo el tiempo.

Te dije que había cosas que ni siquiera yo podía arreglar.

No. Tiene el poder de un dios. No hay nada que esté fuera de su alcance.

Quizá debiste hacerle caso al necromante.

No.

La mujer deja de rezar sin previo aviso. Se queda paralizada a mitad de la oración y, una vez más, su expresión se pierde, se congela, se vacía. Al instante siguiente, aprieta los labios y los párpados y deja escapar un gemido de dolor mientras se lleva la mano a la cabeza.

—Sera —gime.

Astrey da un respingo y se apresura a salvar la distancia que los separa, ansioso por recuperarla.

—Estoy aquí. Estoy aquí, mamá.

La mujer alza la vista y lo observa con los ojos muy abiertos, asustados y tan anhelantes de encontrar algo familiar a lo que aferrarse como se siente él mismo.

Está ahí. Su madre está ahí, luchando por quedarse a su lado, y él tiene que hacer algo para ayudarla.

Necesita tener la cabeza fría. Tiene que ser lógico.

Quizá debería darle más tiempo. A lo mejor, si la aleja más del momento en el que murió, ella podría recordar quién era dentro de ese cuerpo.

Quizá la memoria sea como una enfermedad y también pueda curarla…

Elira. Necesita a Elira. La bruja puede ayudarlo a encontrar la respuesta. Puede que no esté de acuerdo con lo que ha hecho, pero esto lo entenderá. Tiene que entenderlo. Ella…

La risa de su madre corta el hilo de sus pensamientos.

No es como recordaba, ni dulce como la melodía del arpa ni frágil como una fina capa de hielo.

Es una risa estruendosa, fuerte. No es desagradable, pero Astrey reprime un estremecimiento cuando se da cuenta de que va acompañada de una sonrisa que no es ni feliz ni amable ni maternal.

Es la sonrisa de un depredador, igual que lo es la postura que tiene ahora, con los hombros ligeramente hacia delante, la espalda arqueada.

De pronto, las piernas temblorosas se muestran más firmes.

Todo ocurre en un instante, tan rápido que Astrey no tiene tiempo a prepararse.

La mujer se lanza contra él con toda su fuerza.

El choque le arranca el aire de los pulmones y Astrey se siente caer y caer en esa mazmorra que parece distorsionar el tiempo, que estira los segundos y los retuerce y se los quita.

Cuando su espalda encuentra el suelo, el ramalazo de dolor le arrebata la respiración; su cabeza se golpea contra la piedra y todo se difumina, la luz de la prisión parpadea y amenaza con apagarse.

Es consciente del peso de ese otro cuerpo que rueda con él, que lucha contra él.

Siente unos dedos en la cara, arañando, intentando ir a por sus ojos.

Siente una mano buscando cerca de su pecho, palpando casi a ciegas, pero ni siquiera es capaz de reaccionar para defenderse.

—El Amuleto, el Amuleto, el Amuleto…

La voz mezcla las palabras, arrastra los sonidos.

Ya no habla con la cadencia del norte, con ese acento que tan bien conoció en otra época.

Astrey aprieta los dientes hasta hacerse daño, hasta que cree que se le van a romper, pero se obliga a contraatacar, pese a que lo último que quiere es dañar ese cuerpo.

El suelo tiembla bajo ellos para darle la ventaja de la sorpresa y, cuando Linette intenta apartarse de él, los barrotes de la celda se convierten en serpientes que reptan hacia ella, la aprisionan y la arrastran.

El grito agudo que emite esa boca que hace unos minutos creyó que se parecía a la suya le hace querer cerrar los ojos, pero se contiene.

La mujer se revuelve y gruñe, más bestia que humana.

—¡Mi demonio! —grita—. ¡Devuélvemelo, devuélvemelo! ¡No lo siento! ¡No lo siento!

Astrey siente que se le encoge el corazón. No sabe qué hacer.

«Mátala. Esto no es lo que querías y solo te va a dar problemas, así que deshazte de ella. No te sirve de nada».

Vuelve atrás. Tienes el poder de evitar lo que le has hecho, de borrar este error.

No. No piensa matarla ni deshacer lo que ha hecho, porque va a arreglarlo. Solo necesita encontrar una solución que le devuelva a Linette Ansen de verdad, tal y como debería ser.

Pero para eso necesita tiempo.

Un movimiento de su mano es lo único que hace falta para que un hueco aparezca en la pared de la celda; con el segundo, lanza el cuerpo a través de él.

Le duele hacerlo. Es un sufrimiento físico, que se le concentra en la mano y le sube como un calambre hasta el pecho.

Pero está bien. Su madre estará bien. Quizá solo necesita un poco de tiempo para reponerse, sin magia de por medio.

La dejará en su antiguo cuarto, el que su padre escogió para ella como si fuera un miembro más de la familia imperial.

El dormitorio en el que Astrey se quedaba dormido algunas noches, en aquella cama enorme y mullida, cuando el mundo parecía un lugar más sencillo en el que nada podía ir mal.

El muro de piedra se vuelve a cerrar. Los barrotes recuperan su forma. Si se esfuerza, Astrey puede fingir que todo lo que ha ocurrido en los últimos minutos no es más que un sueño. El silencio llena la estancia, roto solo por su respiración acelerada y el ruido de su propia cabeza.

—Te lo dije.

Caleb suena cansado y, cuando Astrey se gira hacia él, comprueba que tiene mal aspecto.

Está más pálido que nunca, pero aun así conserva una serenidad que hace que le hierva la sangre.

Odia que ni siquiera estar al límite de sus fuerzas pueda borrar esa entereza que ha ganado a lo largo de esos años en que han estado separados.

Odia haber quedado en ridículo frente a él y que lo trate como si él fuera el más joven, el que se ha olvidado de una valiosa lección y ha cometido un error.

—Cállate, Caleb.

—Esa mujer ya no es tu madre.

—Cállate.

—He sentido su energía, Astrey, y no es nada que haya visto antes. Está… contaminada. Es…

—¡¡¡He dicho que te calles!!! —El grito reverbera en las paredes, se replica en mil voces que piden silencio. Cuando estas por fin desaparecen, Astrey deja escapar una risa entrecortada—. Está bien. Quizá no ahora. Pero lo estará. Tengo el Amuleto del Tiempo en mis manos.

Crees que lo podemos todo, ¿verdad?

—Suena a que te estás convenciendo a ti mismo, brujo.

Esta vez no es Caleb quien habla, sino Lilith Rheiz. Astrey se gira hacia ella y se la encuentra con las manos apretadas alrededor de los barrotes otra vez y la expresión asqueada.

Pero el Portador no va a dejar que la opinión de nadie le haga dudar, así que respira hondo. Se recompone. Recuerda en qué lugar guarda las sonrisas y se viste con una.

—Solo necesito un poco de práctica, santa. Pero no te preocupes: cuando Nathan vuelva con los restos de tu hermano, ya sabré cómo actuar.

Lilith hace una mueca, pero él decide que no va a perder más tiempo con sus presos. Tiene temas mucho más importantes que atender. Temas que tendrá que esconder mientras no encuentra la manera de arreglarlos.

—Ahora quizá te creas un dios, Astrey —Caleb vuelve a hablar justo cuando está a punto de salir de la celda—, pero hasta los dioses tienen límites.

—¿Y quién me los va a poner? ¿Tú? —El espíritu lo mira por encima del hombro—. No dejé que me detuvieras una vez, Caleb. No voy a dejar que nada me detenga ahora.

No vuelve a mirar atrás. Cada uno de sus pasos es una promesa, una seguridad a la que aferrarse. Cuando echa a andar, los anillos que entrechocan en sus dedos emiten una melodía desacompasada, arrítmica, por esa joya que ya no lleva.

Nada va a pararlo.

«Nada».

Nada.