La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #2
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Astrey #2

En la celda de al lado, la celestial se incorpora hasta quedar sentada, con la expresión inquieta.

Astrey no sabe cuánto tiempo lleva escuchando, pero no le importa.

Mejor. Que entienda de lo que es capaz. Que sepa lo que tiene pensado hacer, de hecho, con el hermano que ella ha perdido. Debería darle las gracias.

—No lo hagas. —La advertencia de Caleb suena forzada, como si se estuviera obligando a mantener la calma—. Es imposible que salga bien, Astrey.

Pero él solo extiende su sonrisa.

—Tiene que salir bien.

No sabe si se lo dice al chico que tiene delante o al niño que un día lo admiraba como si hubiera puesto las estrellas en el cielo.

Quizá a ninguno. Quizá se lo está diciendo a sí mismo, a la criatura que jugaba en los pasillos de ese palacio sin una sola preocupación, al brujo que siente los hombros caídos de cargar demasiado peso o al demonio al que se lo dio todo a cambio de un Trato.

Puede que sea incluso un mensaje para el Amuleto que acaricia entre los dedos, para los Originales, para el hombre que le entregó ese anillo o la mujer cuyo cuerpo se ha fusionado con el oro y el rubí en ese pequeño objeto.

Pero sabe que esas palabras son algo a lo que puede aferrarse.

Lo ha estado haciendo desde que salió de aquella pequeña casa en Arsay, dispuesto a convertirse en la persona que siempre había ansiado ser.

Alguien que había nacido para una vida más grande, aventuras más grandes, lugares más grandes.

Esa fe en sí mismo y el objeto sobre su pecho es todo lo que ha necesitado siempre.

Y también es todo lo que necesita ahora.

Aunque traer de vuelta a alguien de entre los muertos es algo que ya ha hecho, esta vez es más difícil.

Al necromante lo revivió en cuestión de segundos, pero en esta ocasión siente que hay un escudo invisible alrededor del anillo, algo que lo protege y se resiste a cambiar incluso cuando las manecillas del Amuleto del Tiempo empiezan a correr.

Escucha la exclamación de Caleb, el gemido que emite cuando la magia comienza a drenarlo una vez más, pero decide ignorarlo.

¿Por qué debería importarle? No ha querido colaborar.

No es nadie para él. La mujer a la que está a punto de traer de vuelta, en cambio, todavía puede ser lo único que necesita.

Un apoyo. Alguien que crea en él, que le agradezca todo lo que está dispuesto a hacer y valore los sacrificios que ha hecho por el camino.

¿Estás seguro de que esto es lo que quieres, Portador?

La voz del Amuleto le retumba entre las sienes, ácida y tan candente como el anillo que todavía sostiene en la mano.

Arde como si el oro estuviera a punto de fundirse.

El rubí engarzado destella y comienza a quebrarse.

De alguna manera, la siente. A su madre.

Está ahí, encerrada en esa piedra preciosa, luchando por regresar a su lado.

Y él solo tiene que encontrar su mano y tirar de ella para arrastrarla a la superficie.

—Tráela de vuelta.

Hay cosas que están fuera del alcance del poder del tiempo. No sé si…

Le da igual. No quiere escuchar más lecciones. No quiere moralejas ni advertencias. Quiere resultados. Quiere poder y la confirmación de que todos sus planes van a hacerse realidad.

De que el mundo que quiere va a hacerse realidad.

El anillo comienza a arder con tanta fuerza entonces que Astrey tiene que soltarlo, aunque el objeto nunca llega a tocar el suelo.

En su lugar, flota ante él y muta. El oro no se funde, pero se agrieta con un chasquido.

La penumbra de las mazmorras se llena de una luz que lo obliga a cerrar los ojos y lo ciega incluso tras los párpados, brillante como un sol, como la muerte de una estrella.

Y después, como cada vez que una estrella desaparece, vuelve la oscuridad.

El silencio cae sobre la celda cuando los gritos de Caleb cesan y Astrey parpadea. Él mismo se siente cansado, drenado, como si el Amuleto también le hubiera robado su energía. Le zumban los oídos y están a punto de cederle las piernas.

No le importa.

Incluso a punto de morir, solo podría fijarse en la silueta que hay frente a él, caída en el suelo como un montón de nieve que hubiera sobrevivido al deshielo.

La figura va ataviada con un fino camisón y permanece encogida sobre sí misma, temblando como un bebé que acaba de llegar al mundo.

Piel blanca y moteada de pecas; cabellos pelirrojos, largos y rizados.

Sus mismos ojos grises.

Astrey traga saliva y toma aire, incapaz de reaccionar.

Ha pensado muchas veces en la posibilidad de traer de vuelta a la vida a todas las personas que ha perdido, pero nunca se había atrevido a imaginárselo tan vívidamente.

Era una manera de protegerse, de no visualizarlo para que la idea no pudiera convertirse en una obsesión.

Pero, ahora que el sueño se ha cumplido, ahora que su madre está ahí, no puede evitar beberse su imagen a tragos, sediento después de tanto tiempo en el desierto.

De pronto entiende que Nilam siempre le repitiera lo mucho que se parecían.

Se encuentra a sí mismo en esos rasgos, en la forma de la nariz, en las pecas que le espolvorean el rostro como granos de arena.

Si se esfuerza, puede verse en el arco de su labio inferior, en cómo se le hunden en la cara las comisuras de los labios.

Pero eso es todo. Allí donde Astrey es líneas rectas y ángulos definidos, con ese cuerpo que moldeó a su gusto tras su Trato, la mujer que ha traído a la vida tiene la suavidad de las curvas. Tiene las mejillas llenas, la cara redondeada, las caderas anchas.

—¿Mamá?

La palabra le suena ajena después de toda una vida sin pronunciarla.

Apenas es consciente de que se mueve, de que se acerca y se deja caer de rodillas ante ella.

Los dedos le tiemblan cuando extiende el brazo y, cuando por fin la toca, cuando posa su mano sobre la de ella, se le escapa la risa.

Es real. Es carne y hueso, suave y tan cálida como recuerda.

La mujer tarda un poco en reaccionar. Lo observa con los ojos entrecerrados y la expresión perdida, incapaz de reconocerlo.

Es normal. Ha pasado mucho tiempo, él apenas se parece ya a la niña que ella recuerda y hay muchas cosas que no entiende.

Pero va a explicárselas. Ahora tiene tiempo.

Tiene tiempo para contarle tantas cosas…

—Mamá, soy…

Pero entonces la mirada de Linette cae sobre el Amuleto del Tiempo. Eso es lo que la hace reaccionar. Abre los ojos un poco más un instante antes de alejarse y su mirada comienza a buscar a su alrededor con ansia.

—¿Qué está pasando? ¿Quién…? —Su expresión dulce, indefensa y perdida, se endurece—. ¿Dónde estoy? ¿Dónde está Brynjart?

Astrey se apresura a extender las manos para darle a entender que no es un peligro, pero eso no es suficiente para calmarla, ya que de pronto ella parece ser consciente de todo lo que hay a su alrededor: las celdas, el muchacho encadenado y débil que tiene a solo unos pasos, la muchacha que la observa a través de los barrotes como si estuviera asistiendo a una pesadilla.

—Estás en Damira, en el palacio. Es… difícil de explicar, pero ha pasado mucho tiempo. El mundo ya no es el que recuerdas. Pero… yo estoy aquí. ¿No me reconoces? Soy Sera, mamá. Soy yo.

Linette da un respingo entonces. Otra persona quizá se habría negado a escuchar, habría dado por hecho que le están mintiendo.

Pero, en ese tiempo que se toma para analizar la situación, en la forma en la que lo estudia como si fuera un acertijo al que encontrarle sentido, Astrey encuentra algo de Nilam: la entereza con la que siempre aceptaba todo, su facilidad para adaptarse.

Su tío no pestañeó cuando Caleb despertó y se dieron cuenta de que no recordaba nada.

Se sintió fascinado, sintió curiosidad, pero jamás dudó de aquel niño que había decidido adoptar porque «está solo y no tiene a dónde ir».

—¿Sera…?

Astrey siente que la sonrisa le tiembla. Se deshizo de ese nombre hace tantos años que le cuesta reconocerse en él, pero al mismo tiempo hay algo cálido en que alguien lo pronuncie de nuevo. No, no alguien: la persona que se lo puso.

El espíritu tiene que contener las ganas de volver a acercarse cuando Linette entrecierra los ojos y extiende la mano.

En su lugar, se queda muy quieto y deja que sean esos dedos los que lo descubran, a la espera de que su tacto confirme lo que los ojos no pueden terminar de comprender.

Aguanta la respiración cuando le acaricia uno de los mechones sueltos, nota el pulso acelerándose cuando su madre busca en sus ojos la sombra de los suyos propios.

Quizá esté contando las semejanzas, quizá eso le sirva para darse cuenta de que, por inverosímil que resulte, está diciendo la verdad.

«No bajes la guardia».

La advertencia del demonio que lleva bajo la piel le resulta ridícula.

De hecho, está a punto de pedirle que cambie su cuerpo, que le devuelva los pechos de los que se deshizo en cuanto pactó su Trato y las curvas que siempre ha preferido no tener, lo que sea para que a esa mujer que perdió hace tanto tiempo le cueste menos reconocerle.

Aunque ni siquiera parece que algo así vaya a hacer falta.

La ve ladear la cabeza, entreabrir los labios.

Va a decir algo y Astrey se echa un poco hacia delante, sediento de sus palabras, de su voz, de ese acento que guarda todavía un rastro de la nieve y las montañas…

Y entonces algo cambia. El Portador no lo entiende al principio, solo sabe que lo que fuera que estaba viendo en sus ojos (cariño, anhelo, familiaridad) se desvanece por completo.

Ocurre en un parpadeo. Primero sus ojos se apagan y vuelven distantes y, después, cuando el brillo regresa, la expresión de la mujer se descompone.