La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Durante sus primeros años de vida, Astrey dio por hecho que Muerte no entraba en el palacio de Damira, que no podría llevarse a nadie que permaneciera entre esos muros.

La muerte, esa palabra tan pesada, era algo que ocurría solo en las historias de su padre, algo que le pasaba a otros, en especial a quienes se atrevían a desafiar al Portador.

Entendió que se había equivocado el día que perdió a su madre.

La enfermedad de Linette Ansen fue fulminante.

Astrey no recuerda cuándo comenzó, pero sabe que necesitó muy poco tiempo para convertirla en una sombra de lo que había sido.

Primero la relegó a su cuarto, luego la postró en la cama.

Le faltaban las fuerzas y pasaba dormida la mayor parte del tiempo, hasta que incluso alzar la mano para pasarle los dedos por el rostro era todo un esfuerzo.

Sin embargo, el día antes de morir lo había hecho.

Le había rozado la mejilla con una palma helada y, cuando Astrey se había quejado de lo fría que estaba su piel, su madre había dejado escapar una risa frágil.

Luego le había hablado sobre la nieve y el hielo de su infancia en Eirwynn, de cómo en el norte todos decían que sus almas estaban hechas del mismísimo invierno.

Al día siguiente, sin embargo, no hubo historias ni caricias. No hubo más que susurros y, cada vez que su madre parpadeaba, lo hacía más despacio, como si sus ojos tuvieran que luchar por volver a abrirse.

—La necromante ha dicho que ha hecho todo lo que ha podido. Linette no… —Nilam, junto a la cama, se atragantó con sus propias palabras. A Astrey le resultó extraño, porque aquel hombre siempre hablaba con fluidez y fuerza—. Es cuestión de horas.

Astrey no entendía por qué su tío parecía tan triste.

—¿Qué pasa en unas horas?

Su voz sonó demasiado alta. Como si eso lo hubiera molestado, su padre le soltó la mano para sentarse en el borde de la cama.

Los dedos que hasta hacía un segundo estaban alrededor de los suyos le apartaron unos rizos rebeldes del rostro a su madre.

Ella no movió más que los ojos. Fue como si olvidase que alguien más que el emperador estaba en ese cuarto.

El Inmortal, a su vez, apretó los labios.

Por él no pasaba el tiempo, pero ese día a Astrey le pareció viejo, incluso sin una sola arruga en el rostro. Le pareció cansado.

—Sera. —Nilam se acercó y se agachó para intentar quedar a su altura—. Tu madre se está muriendo.

Qué comentario tan ridículo. Había dos adultos en la habitación, a su lado, pero estaba claro que nadie pensaba con claridad.

—Papá puede usar el Amuleto para curarla.

Alzó la vista para dirigirla hacia el emperador, pero este no reaccionó. Lo único que hizo fue inclinarse y darle un beso en la frente a su amante.

Astrey conocía el significado de la palabra «despedida», pero se negó a verla en aquel gesto, porque nunca había tenido que decir adiós para siempre.

—No funciona así —murmuró Nilam.

—¿Por qué?

¿Por qué los adultos tenían que hacerlo todo tan difícil? Las cosas siempre eran más sencillas sin sus estúpidas normas, cuando dejaban de repetir que no se podía o no se debía hacer algo.

—Porque…

—Si la salvase a ella, mañana tendría a media ciudad esperándome a las puertas de palacio para que hiciera lo mismo por ellos.

—La voz de su padre era monótona, como si hubiera tenido que pronunciar esas palabras muchas veces antes—.

Quizá incluso vendrían los Originales. Los dioses no salvan a los mortales: Chronos rompió esa única regla y lo perdió todo.

Tendrían que pasar años para que Astrey supiera a qué se refería el Portador.

Para que entendiese las historias que había mencionado, el pecado de Chronos y el castigo que Xandre decidió imponerle.

Lo que sí entendió en aquel momento fue que, por primera vez en su corta vida, su padre le estaba diciendo que no a algo.

Le estaba explicando que su madre debía morir.

Que, si cualquiera de sus hermanos estuviera en esa cama, lo dejaría morir.

Que no iba a salvar a nadie más que a sí mismo.

No sabía si lo que sentía dentro era tristeza o rabia, pero le ardía la cara y el mundo se emborronó por las lágrimas que le subieron a los ojos.

Quería llorar. Quería gritar. Quería lanzarse al suelo y patalear.

Quería arrancarle el Amuleto del cuello y usarlo para demostrarles que no pasaba nada, que las reglas no se aplicaban a la familia imperial.

Lo único que sabía de los dioses era que lo podían todo y su padre era un dios, así que tenía que salvar a su madre, que se había quedado dormida mientras el emperador le sujetaba la mano.

Pero aún era pronto para cerrar los ojos.

La noche no había caído, así que él tenía que hacer que se despertase.

Si no era un cobarde, lo haría. Había matado a ejércitos enteros, ¿qué importaba que salvase a una sola persona?

Una que no fuese él. La persona que se suponía que ambos más querían en el mundo.

Más que a Nilam. Más que a Valerick. Más que a cualquiera de todos sus hermanos.

—Está bien. Todo va a estar bien…

No se dio cuenta de que su tío lo abrazaba hasta que los pies se le despegaron del suelo y él se encontró con las manos alrededor de su cuello y la mejilla húmeda contra la de él.

Pero, aunque siempre había encontrado consuelo y seguridad en Nilam, ese día no pudo hacerlo.

Le costaba respirar entre sollozos y ninguna de sus palabras consiguió calmarlo, quizá porque se parecían demasiado a una mentira.

Nada volvería a estar bien si su madre se marchaba.

¿No iba a verla de nuevo? ¿No iba a volver a escuchar su voz?

¿No iba a poder volver a tirarle de los rizos para ver cómo recuperaban su forma?

¿Cómo sabría cuántas pecas iba a tener cuando creciera si no podía terminar de contar las que le salpicaban la nariz?

Quería huir de los brazos de su tío y colarse bajo las mantas, acurrucarse contra su cuerpo, recordarle que la necesitaba, que esa debería ser una razón de peso para quedarse.

No podía imaginar el resto de su vida sin ella.

Nilam le acarició la cabeza. Intentó limpiarle las lágrimas. Debió de haber balbuceado en voz alta esos pensamientos que le daban vueltas en la cabeza, porque le susurró oído:

—Se quedará con nosotros. Una parte de ella estará siempre ahí para ti.

Eso solo lo entendió cuando dejó de llorar, quizá una eternidad después.

Para entonces, el rostro de su madre estaba cubierto por una sábana, como si alguien intentara fingir que no estaba ahí, y el único ruido que llenaba la habitación eran sus últimos sollozos.

O quizá no fueran suyos, porque todavía en el borde de la cama, el emperador de Odelia, el hombre más poderoso de todo Evren, ocultaba su rostro tras una mano.

Astrey se dio cuenta de que lloraba y toda la furia que había sentido se enfrió.

No podía enfadarse con el único padre que le quedaba; no cuando ahora sabía que él también sufría.

Que, después de todo, quizá aquel hombre también fuera solo humano.

Lo siguiente que recuerda Astrey sobre aquel día es la conversión.

Para entonces había visto a su tío, a su padre y a sus hermanos hacer magia en innumerables ocasiones, pero aquella fue la primera vez que vio cómo alguien transmutaba un cuerpo.

Fue Nilam quien lo hizo, mientras Brynjart de Odelia sostenía a su hija en brazos.

Astrey gritó cuando vio la luz que rodeó el cuerpo de su madre y después apartó la mirada y escondió la cara en el cuello de su padre para no tener que ver qué hacían con su madre.

Pensó que la convertirían en una estatua, en otra decoración más para el jardín, algo frío y lejano que imitaría su belleza pero que al menos Astrey podría visitar a menudo.

En su lugar, sobre la cama solo quedó un anillo.

Pequeño, de oro, tan brillante como ella y con un rubí engarzado que recordaba a sus cabellos de fuego.

Era una joya diminuta incapaz de contener todo lo que aquella mujer había sido y, al mismo tiempo, perfecta para que alguien pudiera llevarla siempre consigo.

Nilam custodió el anillo durante años. Lo guardó y lo protegió como había protegido a su hermana mientras vivía y lo lució con el mismo orgullo con el que solía hablar de ella, de lo alegre que había sido y lo dulce que era su voz cuando cantaba.

Fue así hasta que Astrey cumplió los dieciséis.

—Al principio, cuando haces un Trato, es muy fácil dejarse llevar por esa nueva voz y olvidar lo que de verdad importa —le dijo la noche antes de que Astrey se marchase al nido—. Esto es para que lo recuerdes siempre. Para que nunca olvides quién eres o quién quieres ser.

No lo ha olvidado. En todo ese tiempo, con anillo o sin él, Astrey ha tenido claro de dónde viene y cuáles son sus objetivos.

Se ha negado a rendirse, incluso cuando todas las posibilidades estaban en su contra.

Ha sacrificado lo que ha creído conveniente, se ha obligado a mantenerse firme en sus decisiones y, en parte, todo ha sido por aquel día en el que entendió qué significaba morir.

Aquel día en que su padre se negó a romper las reglas por nadie más que por sí mismo.

Pero él lleva toda una vida deseando hacer lo contrario.

Él va a demostrarle a los mismísimos dioses que no acepta órdenes de nadie.

La sonrisa le tironea en los labios cuando desliza el anillo para sacárselo del dedo.

Caleb, frente a él, entorna los párpados cuando ve el gesto, cuando reconoce la joya.

Estaba delante cuando Nilam se la dio. Sabe qué es, qué representa, y por eso su rostro se transforma cuando entiende qué es lo que pretende hacer.