Caleb #3
Hay palabras tan afiladas que tienen el poder de cortar y esas son las que terminan de quebrar todos los hilos que pudieran quedar entre ellos.
Astrey tiene que darse cuenta. Si había venido a recuperar a un hermano, con eso debería comprender por fin que lo mató hace años y que ni siquiera el Amuleto logrará revivirlo.
Ahí terminan de morir los niños que un día fueron. Ahí es cuando por fin entierran sus cadáveres. Sobre sus tumbas ni siquiera habrá árboles ni flores que crezcan después, solo zarzas.
Astrey lo observa durante unos segundos de silencio en los que Caleb intenta adivinar cuál va a ser su siguiente movimiento. Se le pasan varias opciones por la cabeza, pero nada parecido a lo que ocurre:
—¿Y si te dijera que puedo reparar el error que tanto me achacas? ¿Y si te dijera que siempre ha estado entre mis planes?
Caleb frunce un poco el ceño, confuso.
—¿De qué estás hablando?
—¿Y si pudiera traer a Nilam de vuelta?
El necromante se queda muy quieto, paralizado por algo más que por los grilletes que le mantienen los brazos en alto y que le contracturan los músculos.
—Nilam murió hace años.
—¿Y qué? —Astrey recupera la sonrisa, aunque esta vez hay algo peligroso en ella—.
Creo que no lo has entendido, Caleb: la muerte ya no es un problema para mí.
Sobre todo, ahora que tú estás aquí. Solo necesito los restos de un cadáver para traer a alguien de vuelta y los dos sabemos dónde se quedaron los de Nilam, ¿verdad?
Pero no te preocupes, ya le he pedido a alguien que me los traiga.
Por un instante, Caleb vuelve a ser el niño que despertó en aquella casa.
Vuelve a tener la cabeza de su maestro a solo unos pasos de él.
Escucha el zumbido de las moscas, huele el aroma de la sangre a su alrededor y de la carne desgarrada.
Aun así, el asco que le provoca esa imagen no es nada en comparación con la repugnancia que siente al pensar en los huesos volviendo a recubrirse de músculos y piel, en la vida retornando a un organismo que abandonó hace demasiado tiempo.
No, el problema ni siquiera es el cuerpo, sino lo que palpita debajo de él.
—Has perdido la cabeza —escupe, incrédulo—.
Nilam se reencarnó hace mucho. Su alma volvió al ciclo y, por mucho que tengas poder sobre el tiempo, no tienes poder sobre los espíritus de la gente.
Puede que seas capaz de revertir el estado de un cuerpo, pero las almas le pertenecen a Muerte y algo así…
La sonrisa de Astrey crece un poco más.
—Algo así, ¿qué, Caleb? ¿Es pecado para los tuyos? ¿Eso está por encima de ese amor que decías tenerle a nuestro maestro?
—No —gruñe Caleb, molesto. Ese es el menor de los problemas—.
No se trata solo de fe. Algo así no puede salir bien.
Los recuerdos de vidas anteriores desaparecen cuando llega una nueva existencia, o al menos se esconden lo suficiente como para que sea muy complicado acceder a ellos.
Traer de vuelta a alguien que lleva tanto tiempo siendo otra persona… No sabes lo que podría provocar.
—Y tú tampoco, porque no se conoce ningún caso. —Astrey se encoge de hombros, tranquilo—. Hasta ahora.
Caleb aprieta los dientes.
—Incluso si saliera bien, algo de lo que no tienes ningún tipo de seguridad, estarías matando a un niño a cambio de traer de vuelta a Nilam.
—Es un precio que estoy dispuesto a pagar. Me decepciona que tú no.
No puede creerse que sus palabras consigan removerle por dentro, como si siguiera siendo solo el chiquillo que admiraba al hermano adoptivo con el que creció.
El chiquillo que habría hecho cualquier cosa por estar a su altura o a la altura de ese segundo padre que lo crio.
Una parte irracional de él, ridícula, siente que les falla a los dos.
Otra, la que es consciente de que todo esto es una locura, lo obliga a aplastar ese sentimiento.
—No puedes deshacer lo que hiciste. No importa lo que te hayas dicho todos estos años: lo mataste. Acéptalo, vive con ello y al menos deja que su alma siga el ciclo natural. Lo mínimo que le debes a su espíritu es dejarle tener otra vida a cambio de la que le arrebataste.
Astrey niega con la cabeza al tiempo que alza la mano hacia el Amuleto del Tiempo. Caleb no puede evitar estremecerse cuando ve cómo lo roza con los dedos, como si tocarlo fuera más que suficiente para estar seguro de que está haciendo lo correcto.
—A cambio del tiempo que le quité, le daré más, Caleb. Años enteros. Años sin secretos, sin tener que vivir escondido. Le devolveré su hogar, el de verdad, en este palacio. Le demostraré que fui capaz de todo lo que nunca creyó que conseguiría y los dos recuperaremos la vida que nos merecíamos.
Caleb aprieta los puños. Le arden las muñecas por lo apretados que están los grilletes, por el roce constante del borde contra la piel, que no ha dejado de herirse y curarse una y otra vez en todos esos días.
—Entonces ¿este es tu plan? ¿Utilizarme para volver a llenar este palacio de personas que deberían estar muertas? ¿A quién más piensas traer? ¿A tus hermanos? ¿Al Inmortal?
La sonrisa en los labios de Astrey resurge con más fuerza. Parece muy feliz de escuchar esa pregunta, como si hubiera estado esperándola toda la vida.
—No. A mi madre.