La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Caleb #2
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Caleb #2

El brujo echa un vistazo a la celda contigua, donde Lilith Rheiz está cobijada sobre sí misma, presumiblemente dormida.

Caleb solo le lanza un vistazo. La santa le ha preguntado varias veces cómo piensa salir de ahí y cuándo, pero en todas ellas le ha respondido con una palabra que él mismo ha tenido que aprender muy bien a lo largo de los años: «Paciencia».

—Se me ocurren compañías mejores, pero aun así prefiero compartir tiempo con la santa antes que contigo.

—Bueno, está claro que últimamente estás muy unido a los celestiales. —Caleb deja escapar un resoplido mientras la mirada del brujo baja hacia el medallón que le cuelga del cuello—. La verdad, hermanito…

—Perdiste el derecho a llamarme así hace años.

—… no me imaginaba que fueras un romántico —continúa Astrey, ignorándolo—. Dime: ¿cuándo ha ocurrido esto? Está claro que hemos pasado demasiado tiempo separados, tienes que contármelo todo.

En otro tiempo, o quizá en ese mismo y ante otra persona, Caleb podría haberse avergonzado por un comentario semejante.

Si hubiera sido Dyne, por ejemplo, se habría sentido expuesto y pequeño, como si volviera a ser el niño que Derek y ella encontraron perdido en el bosque.

Si hubiera sido Derek, se lo habría tomado como una más de sus bromas pesadas.

Si hubiera sido Ishtar, le habría hecho sentir abrumado.

Ante el brujo tan solo solo abraza el vacío que le provoca y que se refleja en la mirada que le lanza. Indiferente. Ajena.

—Eres la última persona en el mundo a la que le daría algún tipo de explicación sobre mis relaciones, Astrey.

—Qué frío. —El nuevo Portador hace un mohín exagerado antes de que los barrotes de la celda se abran para dejarle paso. Caleb no cambia su expresión cuando se acuclilla frente a él—. Solo quería ponerme al día con mi familia, ¿qué tiene eso de malo?

Entonces sí, los labios de Caleb se retuercen en el asomo de una sonrisa irónica, afilada. El tipo de sonrisa que aprendió de él.

—Si yo soy la única familia con la que puedes hablar, las cosas no te están saliendo muy bien.

¿Te has vuelto a quedar solo, Astrey? —El espíritu entrecierra los párpados, la burla se pierde en el fondo de sus ojos grises—.

Está claro que tus compañeros no estaban muy contentos contigo durante la Noche de las Bestias.

¿Hasta ahora no sabían cómo eres? ¿Han descubierto ya que acabarás con ellos si se atreven a llevarte la contraria?

Astrey chasquea la lengua antes de sentarse ante él con una pose relajada, como si volvieran a ser los dos niños que compartían cuarto de pequeños y estuviera a punto de colocar una vela entre los dos.

No da la impresión de ser el gran emperador en el que se supone que se ha convertido, pese a la corona que lleva en la cabeza.

—Tuve que ocultarles algunos detalles sobre mí, pero ¿te parece eso un delito?

Adorabas a Nilam y él te escondió muchas cosas sobre sí mismo.

Sobre mí. —Esta vez es la sonrisa de Caleb la que se pierde y Astrey vuelve a ganarla, como si no dejaran de robársela el uno al otro—.

Tuvimos que hacerlo, claro, pero yo compartí contigo mucho más de lo que piensas, aunque fuera de manera velada.

Todas las historias que alguna vez te conté fueron relatos sobre mí o que había escuchado de mis hermanos o mis padres.

Eso fue lo único que pude hacer, porque mi tío consideraba que la verdad era algo que podía retorcerse y que había que saber cuándo usar y cuándo esconder.

Recuerdas sus lecciones, ¿no? El conocimiento es poder y lo que permitimos que otras personas sepan de nosotros nos hace vulnerables.

Al parecer, Astrey sí que puede continuar provocándole cosas, incluso tras todos esos días de reflexión. Rabia, por ejemplo. La nota empezando a bullir en el fondo de su estómago, aunque sabe que no debe dejarse controlar por ella.

—Nilam guardaba secretos para protegernos, miraba por nosotros.

Tú, en cambio, siempre has mirado solo por ti mismo, por tus objetivos.

Estabas dispuesto a pisar a quien hiciera falta para llegar hasta ellos.

Por eso lo mataste, pese a que dedicó toda su vida a cuidarte.

Ni siquiera habrías conseguido salir de este palacio si no hubiera sido por él.

—¿Crees que lo disfruté, Caleb? ¿Que fue fácil para mí? —El brujo chasquea la lengua y niega con la cabeza—. No lo fue. Pero era necesario. No habría dejado de interponerse en mi camino.

—Ese camino del que hablas es una locura, Astrey, el delirio de alguien que se cree un dios siendo solo mortal. Crees que puedes moldear el mundo a tu antojo, que puedes vencer incluso a la muerte, pero no puedes.

—¿No vamos a señalar la ironía de que seas tú quien diga eso?

—Yo nunca quise ser inmortal. —La mirada de Caleb se enciende, furiosa, llena de esa ira que por primera vez en años le resulta complicado mantener a raya—.

No tienes ni idea de lo que es. No sabes…

nada de mí, de la persona que tú creaste aquel día.

No sabes lo que fue despertar junto al cadáver del maestro siendo consciente de que yo debería estar muerto, de que tú me habías matado.

—La sonrisa de Astrey vuelve a perderse, la ve desaparecer poco a poco, pero esta vez no se la roba—.

No sabes lo que fue intentar acabar conmigo mismo por la desesperación, por la rabia y la tristeza, y no poder.

Haces todo esto porque te arrebataron un hogar y una familia, pero tú me hiciste lo mismo a mí.

No, lo que tú me hiciste fue incluso peor: tú al menos tuviste a Nilam a tu lado después de perderlo todo, pero yo me quedé solo.

Si no fuera imposible, Caleb juraría que distingue la culpa en las sombras que se extienden por la expresión del brujo, pero decide que es una trampa más de la penumbra. Y, aunque no fuera así, no importaría. Entre ellos dos ya no existe un vínculo que pueda repararse.

—Si nunca te hubieras despertado, si no hubieras intervenido, no habría sido así.

—¿No? ¿Y cómo habría sido? Vamos, cuéntame esa historia. ¿Me habrías llevado contigo?

—No, no habría podido —admite, tras un mohín—. Eras… demasiado joven. Pero te habría encontrado otro hogar. Te habría dejado con alguien de un pueblo cercano o en un orfanato del Imperio o en cualquier lugar en el que hubieras podido terminar de crecer.

—¿Y me habrías dicho la verdad? ¿Me habrías dicho que tú mismo mataste a nuestro maestro?

Caleb sabe la respuesta. La ve en la mandíbula apretada de Astrey, en el silencio que sigue. No, claro que no. Se lo habría ocultado. Habría fingido que él no tenía nada que ver, se habría inventado otro cuento más.

—Entonces prefiero las cosas tal y como fueron —concluye, ácido—. ¿A qué has venido, Astrey? Porque si es solo a recordar viejos tiempos, prefiero que te marches ya. He tenido suficiente.

Astrey entrecierra los ojos y toda su postura cambia. Hasta ahora pretendía ser cercana, familiar, una reminiscencia de la complicidad que compartieron en otro tiempo, pero de pronto cuadra los hombros y se pone en pie.

—Venía a intentar llegar a un acuerdo contigo, Caleb. Confiaba en que los días de encierro te hubieran dado un poco de perspectiva y que decidieras colaborar conmigo por voluntad propia. De lo contrario, esto va a ser muy incómodo para ti.

Se equivoca, pero no va a dejárselo ver.

—¿Habrías colaborado tú con Iraides? ¿O la mataste en cuanto tuviste oportunidad?

—Caleb alza la barbilla. Es un gesto de orgullo, pero sobre todo de rebelión.

Que esté encadenado y humillado en el suelo no significa que pueda hacerle sentir pequeño o débil.

Ya no—. Creo que no lo entiendes, así que te lo dejaré claro: si quieres utilizarme, tu única opción es encerrarme aquí.

Si alguna vez me libero, dedicaré toda mi vida a encontrar la manera de acabar contigo.

¿Lo entiendes? He querido hacerlo desde que asesinaste a nuestro maestro, desde que intentaste matarme, y no he dejado de desearlo ni un solo día.

Puedes convertirte en Portador, puedes ponerte todas las coronas del mundo si quieres, pero para mí nunca volverás a ser nada más que un traidor.