Caleb
CALEB
Durante los días de encierro, Caleb vuelve una y otra vez al pasado.
Ha llegado a la conclusión de que esa es su condena: estar siempre persiguiendo recuerdos, llevarlos consigo, algunos ocultos y otros a flor de piel.
Los que están más cerca de la superficie, a los que vuelve para sentir algo de paz en ese lugar oscuro y lúgubre en el que lo han encerrado, le pertenecen sobre todo a Darien y tienen el tacto de una caricia.
A menudo, para espantar la soledad, piensa en todas las veces en las que sus manos han estado en contacto con su cuerpo y, si se concentra lo suficiente, incluso es capaz de sentirlo.
El celestial le sostiene la mano para darle fuerza, le roza la cara para despertarlo cuando se queda dormido o le clava los dedos en la nuca como suele hacer cuando lo besa.
Al principio lo sentía cerca porque sigue llevando su medallón colgado al cuello, pero con el paso de los días su energía se ha ido diluyendo hasta convertirse en un eco lejano que podría ser producto de su imaginación.
La mayor parte del tiempo, sin embargo, Caleb viaja un poco más atrás en su propia mente, a los días en los que fue un niño al cuidado de Nilam.
Y piensa, sobre todo, en Astrey. Vuelve al momento en el que se conocieron y a la manera en la que exclamó: «¡A partir de ahora serás mi hermano!
» y por fin entiende que quizá estaba ansioso por recuperar a uno de los que le arrebataron.
Vuelve a sus discusiones con Nilam, que fueron haciéndose más recurrentes a medida que crecía, como si la calma y el autocontrol de su maestro lo sacaran de quicio.
Nunca les dio demasiada importancia porque a Caleb le parecían resultado de un simple choque de caracteres, un resultado inevitable de la convivencia entre un adulto responsable y un joven con ganas de comerse el mundo.
Astrey siempre fue todo fuerza, un ímpetu desmedido que estaba deseoso por romper los límites establecidos, y Nilam, en cambio, era todo control y planificación.
Ahora, sin embargo, comprende que siempre hubo algo más.
Entre los recuerdos que más ha revisitado se encuentra la noche anterior a que Astrey se marchase a hacer su Trato.
Por aquel entonces, Caleb todavía pensaba que él también terminaría siendo un brujo y le impresionaba todo lo que tenía que ver con ellos.
Lo que más le gustaba, sin embargo, eran las historias sobre los pactos.
La idea de entrar en un nido le aterrorizaba y le fascinaba a partes iguales, pero Astrey no parecía asustado en absoluto.
—¿Qué piensas dar de ti? —le preguntó Caleb aquella noche.
Astrey y él dormían en el mismo cuarto, en camas contiguas.
La casa era pequeña y, aunque Nilam podría haber creado más habitaciones con sus poderes, consideraba que les venía bien compartir espacio.
A ninguno de los dos le importó nunca, sobre todo porque en aquel dormitorio tenían un refugio en el que su maestro no interfería.
Allí, por las noches, a la luz de una vela temblorosa, se sentaban en medio del cuarto en una caverna hecha de cojines y mantas y Astrey solía contarle cuentos de miedo o aventuras mientras jugaba a crear sombras en la pared con los dedos y algo de papel.
Astrey estaba especialmente emocionado aquel día.
Tenía una sonrisa tan grande que parecía que fuera a saltarle de la boca.
Por aquel entonces no era tan perfecta ni tan brillante, sino que tenía un diente roto, la consecuencia de una caída aparatosa durante uno de sus entrenamientos.
La muñeca y el labio que también se habían roto sanaron, pero el diente se quedó ahí, partido en una esquina, irreparable.
Es un detalle ridículo que Caleb no se ha permitido rememorar y que estaba escondido debajo del desprecio que recubre todo lo que tiene que ver con el brujo.
—Todo —respondió su compañero aquella noche, y su sonrisa quebrada creció tanto que podría haber sido una sombra más en el cuarto—. Pienso darlo todo, Caleb.
—Darlo todo en un Trato es peligroso, ¡me lo has dicho mil veces!
—Sí, pero yo lo soportaré.
Caleb confiaba tanto en él que ni siquiera se planteó otra posibilidad. Sí, quizá fuera peligroso, pero si Astrey creía que podía soportarlo, lo haría. No conocía a nadie más brillante, más capaz de todo.
—¿Se lo has dicho a Nilam?
Astrey rio y lo miró. Los ojos grises le brillaban cuando se inclinó un poco hacia él en ademán confidente.
—Piensa que daré solo una oreja. Pero tú vas a guardarme el secreto, ¿verdad?
—Se puso un dedo en los labios y Caleb se llevó las manos a la boca, asintiendo con mucha seriedad, porque por aquel entonces el mayor honor al que podía aspirar era que Astrey le confiase sus secretos—.
Voy a hacer grandes cosas, enano. Espera y verás. He nacido para ello.
Esa es solo una de las situaciones que ahora puede ver desde un prisma distinto a la visión sesgada que tenía cuando era niño.
Ahora tiene una perspectiva mucho más completa, no solo de Astrey, sino de su maestro.
Ahora entiende que ambos debieron de huir juntos de ese palacio cuando Iraides tomó el trono y que por eso Nilam se encargó de Caleb años más tarde.
Tuvo que reencontrarse con Valerick en algún momento y descubrir que había tenido un hijo.
Y cuando Valerick murió… debió de descubrirlo también.
Debió de decidir que lo acogería y cuidaría como si fuera otro sobrino más.
Sobre Nilam también ha estado recordando.
A él nunca lo ha odiado, durante años jamás ha habido espacio en su pecho para nada más que admiración y cariño y dolor por su pérdida.
Sin embargo, durante las horas que pasa encerrado, nace el rencor.
Es un sentimiento irracional e inútil, pero odia ser consciente de todas las cosas que ese hombre nunca le contó.
Una parte de él intuye que fue por protegerlo, por alejarlo de una identidad que no iba a darle más que problemas, igual que hizo su padre al ocultarle su nombre real o de dónde provenía.
Si la emperatriz hubiera descubierto que había más herederos del Inmortal sueltos por el mundo, los habría mandado matar de inmediato.
Y si además hubiese sabido que ese niño era el hijo del ladrón del Amuleto del Tiempo…
Sí, puede entenderlo.
Aun así, le habría gustado que alguien hubiese sido honesto con él.
Hay otro recuerdo que ha salido a flote durante el encierro.
El día en que Astrey regresó, cambiado y con esa apariencia perfecta, andrógina y casi etérea, bastante semejante a la que tiene ahora; la apariencia con la que se ha mantenido durante años en su memoria porque fue con la que lo destruyó todo.
Cuando Caleb lo vio, pensó que no parecía un brujo, sino un Original, algo más cerca de lo divino que de lo monstruoso.
Le resultó todavía más admirable que antes, porque lo había conseguido: lo había dado todo y había vuelto convertido en algo distinto, en algo mejor.
Aquel día, el brujo se acercó a él, le revolvió los cabellos pese a que sabía lo mucho que le molestaba y, cuando Caleb se quejó, se rio, lo abrazó y dijo:
—Tengo muchísimas historias nuevas que contarte. El mundo que hay ahí fuera es impresionante.
Así que, esa noche, Caleb se fue pronto al cuarto después de cenar, esperando que volvieran a encender una vela y que Astrey esta vez utilizara sus poderes para contarle todo, para darle formas únicas a la materia que los rodeaba en vez de limitarse a dibujar sombras.
En su lugar, escuchó la discusión. Al principio, amortiguada. Después, cuando se puso en pie y recorrió el pequeño pasillo que lo separaba de la sala, más clara:
—Te has vuelto loco. —Nilam sonaba firme y duro como una roca.
Por lo general, su calma era como el agua, pero, en ese momento, rasgaba.
Caleb lo había visto así de enfadado muy pocas veces—.
No sé dónde he fallado en tu educación, pero, si sigues así, tus aires de grandeza acabarán contigo.
Caleb no es como tú. Él se contenta, la vida que tenemos le resulta más que suficiente.
¿Por qué no puede serlo también para ti?
—Porque Caleb y yo no somos hermanos de verdad —gruñó Astrey.
Para Caleb las palabras fueron como un golpe en la boca del estómago—.
Porque yo nací para algo más. Porque yo debería hacer algo más.
Es lo justo. No voy a seguir escondiéndome, Nilam.
He vuelto para que me apoyes, pero seguiré mi camino a solas si no lo haces. Tú eliges.
Quizá, si se hubiera quedado escuchando un poco más, habría entendido de qué hablaban. Quizá habría descubierto el plan de Astrey muchos años antes o, por lo menos, su identidad.
Pero no se quedó. Estaba a punto de cumplir doce años, así que, comportándose como el niño que todavía era, volvió a su cuarto para meterse en la cama y cerró los ojos con fuerza, molesto y sintiéndose pequeño e insuficiente.
Astrey abrió la puerta poco después. Lo llamó por su nombre, lo llamó «hermanito»; se acercó al catre, se inclinó sobre él.
Caleb fingió estar dormido.
Tiempo después, Astrey acabó con aquella vida. Y ahora ha vuelto a aparecer y le ha quitado otra existencia. Pretende robarle todo su tiempo, como si no le hubiera arrebatado ya suficientes cosas.
Por eso, cuando siente su energía entrar en los calabozos, se alegra de verlo. Por fin puede encararlo con la calma que le han otorgado esos días de espera y hacerle saber que ni siquiera todos los recuerdos que ha estado revisitando pueden conseguir que sienta algo más que odio hacia él.
—Empezaba a preguntarme cuánto más tardarías en venir.
Astrey ha perfeccionado su sonrisa durante los últimos años, pero él ya no ve en ese gesto ni el más mínimo rastro del joven que fue. Si acaso, lo único que le hace pensar un poco en la persona de su pasado es el modo en que se apoya contra los barrotes, despreocupado.
—¿Me echabas de menos? ¿O es que la compañía no es de tu agrado?