La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #3
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Astrey #3

Pero él ya lo ha dejado claro. Se lo ha sugerido dos veces y, cuando lo haga una tercera, espera que sea porque ella está preparada para decirle que sí.

Así que no vuelve a pedirle que sea su emperatriz.

Tampoco se atreve a tocarla, aunque todo su cuerpo le pide que lo haga, que la tome del rostro y la bese.

Una parte de él quiere acariciarla hasta que ella gima que lo perdona, quiere hacerle olvidar todo con sus manos y su boca en vez de con las palabras o con una lucha cuerpo a cuerpo.

No sería la primera vez que un enfado termina con ambos enfrentándose en la cama, pero la mayoría de las ocasiones en las que ha pasado algo así han sido discusiones sin importancia y esta no lo es.

Por eso, en lugar de hacer todo lo que le gustaría, de sugerirle todas las cosas con las que él sigue soñando, tan solo dice:

—Me gustaría que fuéramos un equipo.

Esta vez es ella la que tuerce una sonrisa. Un gesto incrédulo, como si creyera que lo que dice es absurdo.

—Si lo que quieres son aliados, Astrey, van a sobrarte ofertas.

—No quiero otros aliados. Te quiero a ti, Elira.

Ella se queda tan quieta como si en lugar de palabras hubiera lanzado grilletes a sus tobillos.

Su expresión se tensa, su respiración se corta, y Astrey sabe por qué.

Es muy consciente de cómo ha sonado, de lo que podría parecer, pero no le importa.

De hecho, su reacción le da las fuerzas necesarias para alzar la mano y atreverse a rozarle la mejilla con los dedos.

Es un gesto cuidadoso, delicado, apenas una caricia, porque teme que ella escape, pero no lo hace.

El espíritu nota el más leve de los temblores bajo su piel.

Un tictac inquieto le resuena en el pecho, uno que no había sentido al tocarla antes.

Es como si el Amuleto tratase de recordarle que el tiempo corre en su contra, o quizá intente hacer que sea consciente de que el tiempo pasa, de que ese instante es preciado, que es frágil y, si no lo aprovecha, se convertirá en añicos bajo sus manos.

—No podemos cambiar el pasado, Elira, pero podríamos escribir el futuro juntos —murmura. Ella se estremece, como si ese susurro se le hubiera metido bajo la ropa. Bajo la piel—. Tú y yo. Podríamos… representar el cambio. Juntos, Elira, podríamos ser ilimitables.

Podrían ser compañeros. Avanzar, dados de la mano.

Podrían ser el apoyo del otro, como lo han sido hasta ahora.

Podrían ser el mejor equipo y los mejores contrincantes.

Podrían escribir una historia que pasase a la posteridad.

Si tan solo Elira quisiera, podrían ser los sueños que siempre han tenido, incluso los que todavía ni siquiera se han atrevido a confesarle al otro en voz alta.

Las posibilidades le corren por el cuerpo. Le vibran en la punta de la lengua y se arrastran hasta enredarse entre ellos, atándolos, uniéndolos.

Y ella deja que caigan al suelo cuando da un paso atrás. Cuando aparta el rostro del alcance de sus dedos, baja la vista y suelta una exhalación que hace que le tiemble el pecho.

—Asistiré a la reunión con los cancilleres —dice con la voz ahogada—. Nos quedaremos hasta entonces.

Astrey tarda una vida entera en recuperar la sonrisa, pero lo hace.

Una vez más, aunque duele, acepta el rechazo y da un par de pasos hacia atrás.

Asiente por mero compromiso, mientras ve, por el rabillo del ojo, cómo las posibilidades corretean y van a esconderse bajo la alfombra, entre las cuerdas del arpa que hay en el rincón, entre los cojines del banco del clavicordio.

Al menos Elira no las persigue, no las pisotea, como sería lógico que hiciera.

Aunque todavía escapa de él, algo ha cambiado, lo nota.

Nathan tenía razón cuando le dijo que la conocía, por eso ahora puede ver cómo el precipicio que había entre ellos se acorta un poco.

Todavía puede alcanzarla. Va a hacerlo. Cueste lo que cueste, va a recuperarla.

Devolverá todo a la forma que tenía antes de romperse.

Puede que incluso lo convierta en algo más fuerte, y ni siquiera le hará falta poner en marcha el Amuleto para ello.

—¿Al menos puedo contar con tus opiniones hasta entonces? —sugiere con cuidado—. Hay muchas preguntas que me gustaría hacerte. Sabes que siempre he valorado tu perspectiva política y van a ser semanas de mucho trabajo.

Elira abre la boca, al principio sin saber qué decir. Pero siempre le ha podido la curiosidad, eso fue lo primero que los unió. Así que, aunque duda, aunque da un paso más atrás, al final le concede un asentimiento breve.

—Quizá. Aunque puede que mis respuestas no te gusten.

—Siempre he preferido discutir contigo a no saber lo que piensas.

Elira se abraza un poco más el cuerpo, aunque no lo vuelve a mirar. Tampoco le responde. Tan solo sacude la cabeza y le da la espalda antes de marcharse del cuarto.

Astrey pierde la sonrisa solo entonces y suspira, derrotado. Tres semanas se pueden hacer muy largas. En tres semanas se han conquistado reinos enteros.

Pero no sabe si van a ser suficientes para reconquistarla a ella.