La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #2
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Astrey #2

—Ni lo pretendo, del mismo modo que tampoco pretendo ignorarlo —responde él, antes de girarse de nuevo para encararla—.

Hay deudas que no puedo pagar, pese a lo mucho que me gustaría.

Ni siquiera puedo disculparme en nombre de mi padre, porque no creo que él sintiera ninguna de sus acciones.

—Astrey se encoge de hombros—. Así que lo único que puedo hacer es esto: ofrecer alternativas.

A no ser, claro, que quieras que use el Amuleto del Tiempo y trate de evitar todo lo que mi padre hizo en el pasado.

Esta vez es ella quien aparta la vista, entre la confusión, la molestia y la sorpresa. Es evidente que ya no está luchando contra él, sino consigo misma.

—¿Crees que alguien va a confiar en ti después de lo que has hecho?

—replica, en un ataque que resulta demasiado torpe para venir de ella—.

Le has dado la espalda a tus aliados. Has jugado con todos y cada uno de nosotros.

Lo has hecho cada vez que alguien ha creído en ti y tú le has mentido a la cara…

—Astrey abre la boca para protestar, pero ella alza la voz antes de que pueda hablar—.

Contar verdades a medias y dejar que la gente asuma cosas sobre ti también es mentir, Astrey.

Sí, puede concederle eso. Puede que se haya estado mintiendo a sí mismo, de hecho. Puede que sea más fácil decirte que no le estás haciendo daño a nadie. Puede que haya llevado demasiado lejos la idea de convencerse a sí mismo antes de convencer a los demás.

—Nunca quise hacerte daño. Nunca quise… —El brujo se pasa la mano por el pelo, deseando encontrar las palabras—. No era mi intención jugar con nadie. He dicho la verdad muchas más veces de las que crees. Y tú lo sabes. Tienes que saber…

—¡No, no lo sé! —La expresión de Elira se llena de algo que se parece demasiado al dolor y Astrey siente un ramalazo en su pecho nada más verlo—.

Te lo dije el otro día: no eres más que un desconocido.

No sé cuánto de lo que me has contado a lo largo de los años es cierto, ya no sé dónde están tus lealtades o tus límites o… nada. No sé nada.

La última palabra que se le escapa suena hueca.

Cansada. Como si hubiera perdido el significado y, con ella, se hubiera llevado también la energía de Elira e incluso el calor de la habitación.

Astrey siente el frío, pese a estar cerca de la ventana en ese día soleado.

La princesa de Orlaith, a solo unos pasos de él, se abraza a sí misma en un gesto protector.

El brujo sabe que eso significa que el enfado está empezando a desvanecerse y, al contrario que en aquella primera discusión, ahora ella puede sentir más cosas. La traición, la tristeza.

No está seguro de que sea una mejora.

—Soy… Astrey. —Esta vez sí se atreve a dar un paso hacia ella—. A quien conociste en El Cuervo Tuerto . Con quien luego te peleaste en la biblioteca de Ilan. Soy la misma persona que dedicó noches enteras a escribirte cartas y dejó entre esas líneas más de lo que nunca le había confesado a nadie.

Elira cierra los ojos con una mueca que le hace pensar que en realidad no quiere escucharlo.

Sin embargo, la puerta sigue abierta y ella no se mueve del sitio, así que duda que vaya a huir.

No es de las que huyen, ni siquiera cuando él termina de cruzar la habitación y se detiene a unos pocos pasos, al tiempo que ella vuelve a abrir los párpados.

Es lo más cerca que han estado desde aquel amanecer en el que discutieron en el despacho.

Aunque solo han pasado tres días, a Astrey se le antojan una eternidad.

—Aunque no lo creas, me queda muy poco por contarte de mí.

De lo que importa, al menos. —Alza los brazos en un intento de abarcar esa habitación, ese castillo, Damira entera—.

Sí, nací aquí. De un emperador y la sirvienta que tomó como amante.

No fue la primera que tuvo y sospecho que tampoco la última, porque el amor de mi padre era voluble y tendía a encapricharse de mujeres igual que se encaprichó de todo el continente.

Aquí me dieron otro nombre que ahora se me hace extraño, un nombre del que tuve que deshacerme cuando mi tío y yo nos exiliamos a Arsay.

Fue él quien me dijo que nadie debía saber de dónde venía, a qué familia pertenecía.

Me insistió en que era la única forma de protegerme y yo lo creí, porque habría creído cualquier cosa que saliera de sus labios.

Porque, cuando volví al Imperio, lo único que se contaba del Inmortal eran historias de terror.

Pero, si te hubiera dicho todo esto desde el principio, ¿me habrías aceptado de la manera en que lo hiciste?

Elira tiene los ojos secos, pero le brillan como dos pequeñas llamas anaranjadas.

—Yo…

No se atreve a terminar esa frase, quizá porque por su cabeza están pasando las mismas palabras que le caen a Astrey de los labios:

—¿No te habría importado enterarte de que mi padre era el hombre que asesinó a tus antepasados? El mismo que os quitó el trono, que oprimió a tu pueblo, que destruyó cada símbolo de vuestra cultura…

—No. —Pero su negativa no es tan rotunda como otras veces. Su voz suena apagada—. No te habría juzgado solo por ser hijo del Inmortal. No… No elegimos a nuestros padres. Sus pecados no nos pertenecen.

—Tal vez. —Astrey recupera la sonrisa, pero le sale torcida, triste, más real que cualquiera de las que ha estado dibujando durante todos esos días para otras personas—.

Pero es difícil creer que va a ser así cuando sus pecados han dejado marca en tanta gente.

Cuando sus acciones le han dado forma al mundo tal y como lo conocemos hoy.

—Al dar un último paso hacia delante, casi espera ver retroceder a Elira, así que se apresura a decir algo de lo que ni siquiera ella pueda escapar—: Lo siento.

Quizá podría haberlo hecho mejor, pero ya es tarde.

Como con el Imperio, ahora solo puedo ofrecerte mis disculpas y tenderte la mano.

Y está bien si no quieres tomarla todavía.

No te voy a pedir que vuelvas a confiar en mí de inmediato.

De momento, me conformo con que me permitas demostrarte que hablo en serio cuando digo que no soy tu enemigo ni el de Ilan ni el de Orlaith ni el de ninguna persona ahí fuera que quiera un mundo mejor.

Pero sé que para construir el lugar más perfecto posible te necesito a mi lado.

Astrey no es ajeno al miedo, pero, cuando se trata de Elira, la mayor parte del tiempo lo siente por una cuestión de vulnerabilidad.

Cuando tienes el pecho abierto en canal eres demasiado consciente de todas las formas en las que alguien puede meter la mano y arrancarte el corazón sin remordimientos.

Sabes las maneras en las que te expones a que rebusquen dentro de ti, a que te hagan sangrar.

Y, cuando la bruja calla, el espíritu es consciente de que se ha desnudado ante ella.

Se ha quitado la ropa y la piel y ahora se le ven las costillas, el corazón, los pulmones.

Elira solo necesita una garra para que deje de respirar, para contenerle los latidos, para destrozarlo por dentro e incluso arrancarle su demonio y matarlo en ese mismo instante.

Sin embargo, como si no supiera el poder que tiene sobre él, la mujer no hace ninguna de esas cosas.

Tampoco retrocede. Tan solo lo mira y, si no fuera imposible, Astrey juraría que ella también tiene miedo.

Lo disimula mejor, pero él la conoce, así que sabe lo que significa que se obligue a tomar aire y empiece a jugar con las pulseras de cuerda que lleva en las muñecas.

—¿Y qué quieres de mí, Astrey? ¿Qué…? ¿Qué esperas que haga?