La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Astrey ha sido desafiado un total de ocho veces en los últimos tres días.

Lo han retado todo tipo de brujos, desde un alto mando de la Guardia Imperial hasta una mujer que perdió el control de su demonio mientras luchaba.

Todos ellos, sin embargo, lo miraron al entrar en el salón del trono como si no comprendieran cómo había llegado hasta ahí.

En sus ojos ha visto el brillo de la vanidad que nace de infravalorar a tu enemigo y, por sus expresiones cuando caían, era obvio que no se podían creer que no hubieran conseguido imponerse.

De los labios de sus contrincantes han salido, una y otra vez, comentarios sobre su aspecto, sobre su ilegitimidad, sobre la carencia de honor en su victoria sobre Iraides.

Casi todos han observado el Amuleto del Tiempo alrededor de su cuello con ambición, conscientes de que es una recompensa más apetecible que la propia corona.

Astrey podría haberlos matado a todos. El demonio en su interior no ha dejado de sugerirlo en cada una de las batallas.

El propio Amuleto parecía instarlo a ello, susurrándole que lo usara sin piedad, aunque él ha sido capaz de resistir la tentación y no lo ha puesto en marcha ni una sola vez.

En un ejercicio de contención, ha dejado que quienes se han rendido salieran del palacio por su propio pie, consciente de que, para ellos, vivir con la vergüenza de haber sido derrotados por «un niño», por «un tramposo» o «alguien indigno» es mucho peor castigo que la muerte.

De esos ocho brujos, solo tres han muerto, porque no le han dejado otra opción.

De esos ocho duelos, Astrey no ha sentido miedo en ninguno de ellos.

Del mismo modo, no ha dudado a la hora de reunir a los cancilleres.

No puede permitirse ninguna de las dos cosas: ni el miedo ni las dudas.

Si él mismo no se cree su valentía, nadie lo hará.

Tiene que mantener la máscara en su sitio, la sonrisa en su sitio, porque en el momento en el que alguien vea una sola debilidad, la utilizarán contra él.

Ilan le enseñó eso. Ilan le enseñó la importancia de actuar todo el tiempo, de no bajar la guardia, de no olvidar nunca que tiene el poder de controlar a los demás, de manipularlos, de hacer con ellos lo que quiera.

En todo ese tiempo, solo ha habido dos personas capaces de ver a través del disfraz. Una, porque lo conoce de antes de que empezara su nueva vida, y Astrey ya se ha asegurado de dejarla encerrada en las profundidades de ese palacio.

Y la otra…

La otra sí consigue despertar el miedo en él.

De hecho, lo siente mientras espera a que salga del despacho.

El desasosiego se parece mucho a cuando su demonio le clava las garras desde dentro, a cuando ruge y protesta y amenaza con arrancarle el control de las manos, quizá porque ya ha entendido que ha perdido el norte en todo lo que tiene que ver con Elira.

La criatura en su interior no está feliz con lo que ha hecho, pero no importa, porque su objetivo ahora es demostrarle a la bruja que la escucha, que no es la persona egoísta que lo acusó de ser en su última conversación, que sus objetivos siguen siendo los mismos.

Necesita convencerla de que juntos pueden hacer realidad cualquier utopía que ella se atreva a soñar.

La puerta de la sala de música, en la que él ha decidido refugiarse mientras Elira tenía su conversación, se abre justo en ese momento, sin llamadas ni peticiones de permiso.

No las necesita. Siempre que Elira quiera encontrarlo, el palacio se encargará de cumplirle el deseo, y por eso ella aparece bajo el umbral.

La mirada de la bruja cae directamente sobre él, pero se desvía un segundo para observar la estancia, con sus instrumentos repartidos por todos lados, los divanes y los sillones, los recuerdos que cantan desde las esquinas.

Astrey lleva un buen rato sentado en el estrecho banco delante del clavicordio, aunque tiene las manos entrelazadas sobre el regazo.

No se ha puesto ahí porque le guste tocar, sino porque le ofrece una reconfortante sensación de familiaridad.

Todavía recuerda algunas de las lecciones que le dieron en ese asiento, cuando los pies ni siquiera le llegaban al suelo, cuando aprender era un juego y no una obligación.

Incluso le suenan las partituras olvidadas en el atril.

Cuando los ojos de Elira vuelven a los suyos, él es el primero en bajar la vista hacia las teclas, como si estuviera muy ocupado pensando en la posibilidad de una canción.

—¿Ha ido bien?

La pregunta cae de sus labios con fingida despreocupación, casi con desinterés, pero está seguro de que no va a poder engañarla antes incluso de terminar de hablar. Tiene que ser consciente de que se muere por saber lo que ha pasado dentro de ese despacho.

—¿Qué estás haciendo, Brynsen? —pregunta ella en respuesta, frustrada. Astrey escoge su expresión más inocente para volver a mirarla—. Primero la ayuda a Ilan y ahora esto. ¿De verdad vas a dejar elegir al pueblo?

No sabe de qué lo está acusando exactamente. Sospecha que ella tampoco.

—¿No te parece buena idea?

Eso la enfurece todavía más.

—¿Te estás burlando de mí?

—Nada más lejos. —Astrey ladea la cabeza con toda la calma que ella parece a punto de perder—.

He pensado en lo que me dijiste y he decidido que tienes razón: no puedo decidir qué hacer con los territorios, así que lo justo es permitir que sea el pueblo quien lo haga.

Supongo que Ratna te lo habrá contado, pero tendrán tres semanas para darme los resultados.

He convocado a los cancilleres en palacio, en persona.

Si los territorios sobre los que gobiernan se quedan en el Imperio, me jurarán lealtad.

Si se van, lo harán sabiendo que no les guardo ningún rencor y que les ofrezco mi ayuda para que el cambio sea lo más pacífico posible.

Y para que sepan que hablo en serio, me he volcado en ofrecerle una mano amiga a Ilan: las rutas comerciales se han abierto de nuevo y ya estoy en contacto con Garnet para ofrecerle mi colaboración en todo lo que necesite y que la relación entre Ilan y Odelia sea lo más beneficiosa para ambas partes.

Me parece un buen comienzo, aunque sé que todavía queda mucho por hacer. ¿Hay algo que no te suene bien?

Las garras que tan bien conoce se cierran en sendos puños con tanta fuerza que está seguro de que la princesa de Orlaith llega a hacerse daño, pero, aun así, no las abre ni las vuelve contra él.

Permanece muy quieta, todavía bajo el umbral, probablemente tan consciente como él de que el plan es perfecto, sin cabos sueltos.

Pese a la distancia que los separa, el abismo ya no da tanto miedo ahora que Astrey sabe que no puede caer más abajo, así que todavía se atreve a presionarla un poco más cuando el silencio se alarga:

—También es mi intención que Garnet esté aquí cuando vengan los cancilleres. Me gustaría que tuviera la oportunidad de hablar con ellos. Espero que de esa reunión salga el Evren más unido que se haya visto nunca.

—Qué ambicioso —masculla Elira al fin. Astrey siente la tentación de sonreír ante su ironía, pero se contiene—. ¿Has invitado también a la reina de los celestiales? Solo faltaría ella.

El espíritu se levanta en un movimiento fluido, sin llegar a tocar las teclas del clavicordio y, aun así, con música en los oídos. Sabe que perdió la anterior discusión con la orliana, pero le parece que en esta va ganando.

—No, esa invitación me la he ahorrado, dado lo poco pacíficas que han sido sus últimas acciones.

Pero, ya que lo mencionas, creo que quien sí debería estar eres tú.

Igual que en el caso de Garnet, puede serte de ayuda.

Eres la legítima heredera de Orlaith, el resto de Evren debería conocerte más allá de las historias de miedo que se han contado sobre ti.

Deberían saber quién eres. Lo que puedes hacer y…

—¿Por qué haces esto, Astrey?

«Astrey», no «Brynsen». El nombre, no el apellido.

El espíritu decide considerarlo una victoria y empieza a caminar por la sala.

No se acerca a ella, no porque no quiera, sino porque el disfraz que lleva puesto no se lo permite.

No debe mostrarse inquieto ni ansioso, no puede dejar que vea que está desesperado por su aprobación.

Así que va hasta la ventana y se concentra en el horizonte.

Desde allí se puede ver la manera en la que el mar se funde con el cielo, pero también alcanza a ver el reflejo de la princesa.

No es una imagen nítida, pero al menos es consciente de dónde está en todo momento.

De si se queda o se da la vuelta y se va.

—Este es el Evren que quiero construir, Elira.

Entiendo que no puedas confiar en mis palabras ahora mismo, así que he decidido empezar a mostrártelo.

Mi utopía puede parecer imposible, pero es más factible de lo que tú crees: un lugar en el que se hace lo que la mayoría decide, ya que no puedo contentar a todo el mundo; un sitio en el que podemos ser aliados incluso si no formamos parte de lo mismo. ¿No te gusta ese mundo?

—Sabes que esto no borra nada de lo que ha pasado, ¿verdad?

—Escucha sus pasos amortiguados por la alfombra; ve su reflejo aproximándose, aunque no tanto como él querría—.

Nada de lo que hagas traerá de vuelta lo que se ha perdido a lo largo de décadas enteras.

No puedes borrar de la noche a la mañana lo que ha significado el Imperio hasta ahora.