La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira #3
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Elira #3

Ratna Adisen no se ríe de su propuesta, sino que la observa como si no hubiera reparado en ella hasta entonces. Después, con una calma casi ofensiva, vuelve a reclinarse en su asiento.

—Nunca te elegirán.

—Quizá —accede ella, aunque no permite que su rival vea la angustia que le genera esa idea—.

Pero al menos habrán podido decidir y sabrán que para mí lo más importante nunca ha sido el trono, sino su libertad.

Y no estaría respetando su libertad si los obligara a aceptarme como gobernante solo por haber nacido del vientre adecuado.

La canciller alza las cejas.

—Eres una idealista, Elira Surya, y el mundo no está hecho para las personas como tú.

—La princesa aprieta los labios y Ratna continúa antes de que ella pueda protestar—: Pero está bien.

Será como propones: que decida el pueblo.

El emperador nos ha citado a todos los cancilleres en su palacio en tres semanas para comunicar las elecciones de nuestros territorios. Llevaré la respuesta entonces.

Tres semanas. Elira odia la idea de quedarse tanto tiempo en ese lugar, cerca de Astrey, pero sabe que es un tiempo aceptable considerando la magnitud de las decisiones a tomar.

—Hay algo más.

Ratna esboza el asomo de una sonrisa irónica.

—Siempre lo hay. ¿De qué se trata?

—Los rebeldes. —La princesa de Orlaith hace un ademán más allá de la ventana, pensando en todas las personas que se ocultan en las montañas y también en las que han encontrado un segundo refugio en ese Ilan libre, las que durante años han puesto todas sus esperanzas y su fe en ella—.

El pueblo de Orlaith que tú no conoces. Un pueblo que tuvo que exiliarse y permanecer oculto.

En caso de que tú seas la elegida, quiero que aquellos que lo deseen puedan volver al hogar que una vez se les arrebató.

Quiero que se les asegure alojamiento y que, a todos aquellos que estén en disposición de trabajar, se les ofrezca una forma de mantenerse por sí mismos.

Por supuesto, no sufrirán represalias por los golpes que hayamos podido dar en los últimos años.

—¿Y qué pasará contigo?

No lo sabe. Nunca se ha permitido pensar en esa posibilidad.

—Eso es problema mío.

—No, no me has entendido, Surya. —La expresión de Ratna se vuelve inflexible, sus pupilas se convierten en dos agujas finísimas—.

Has sido la cabecilla de un grupo rebelde durante más de una década.

Eso tiene consecuencias. Si yo gobernase, tu presencia en mi territorio podría entenderse como un desafío.

Y quieres que Orlaith sea libre y que su gente esté a salvo, ¿no es cierto?

Eso significa que no podemos arriesgarnos a una guerra civil.

No queremos diferentes bandos dentro de una región que debería estar unida.

—Elira se tensa, consciente del giro en la conversación.

Ratna paladea las siguientes palabras antes de soltarlas—: Así que aceptaré tu condición si tú aceptas la mía: en caso de que la gente me elija a mí, tú jamás podrás regresar a Orlaith.

Por descontado, tampoco podrás pisar la región antes de que la decisión sea tomada.

La sentencia hace que Elira se quede helada, tan sorprendida que tarda mucho más de lo que le gustaría en reaccionar.

Nunca había contemplado un escenario similar.

De hecho, había pensado en mantener a esa mujer lo más cerca posible una vez llegase al poder, no todo lo contrario.

Aunque, por otro lado, tiene sentido que alguien como Ratna piense así.

Es una estratega y es consciente de que su fortaleza reside precisamente en que muchas personas no tienen ni la menor idea de quién es Elira Surya, más allá de algunos cuentos sobre rebeldes, arpías y una dinastía perdida. No quiere arriesgarse a que eso cambie.

Eso también implica que en el fondo teme perder su puesto. Si se está protegiendo de esa manera es porque no está tan segura de que el pueblo vaya a elegirla.

Elira respira hondo, porque mantenerse lejos de Orlaith en las próximas semanas le da la ventaja a su contrincante y renunciar a pisarlo para siempre es un precio alto.

Pero entre Los Elires viven demasiadas personas que confían en ella.

Entre Los Elires hay ancianos que ya no recuerdan lo que es vivir bajo la luz del sol y niños que ni siquiera conocen el concepto de ciudad.

Es por ellos que asiente.

—Está bien. Pero, si yo soy elegida, tú te postrarás ante mí —añade antes de que Ratna pueda sonreír—. Soy consciente de que eres una mujer leal, así que me jurarás esa lealtad ante todo el mundo y te pondrás a mi servicio. Esa es otra gran manera de evitar una guerra civil.

Eliminar al enemigo u obligarlo a unirse a ti. Esas son las únicas alternativas para evitar que los bandos de dos posibles gobernantes se enaltezcan y dividan un territorio que no debe sufrir más.

Aunque es obvio que a Ratna no le gusta la idea, Elira ha accedido a sus condiciones, así que finalmente incluso ella tiene que asentir.

—Así será. Que Orlaith decida su suerte.