La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira #2
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Elira #2

—El emperador nos ha informado a todos los cancilleres de que la autonomía de nuestros territorios se someterá a votación entre el pueblo, por deseo expreso de la corona.

—Ratna Adisen enarca las cejas y hace un ademán con la garra demoniaca que tiene por mano derecha—.

Me resultó una idea tan irrisoria viniendo de alguien que acababa de tomar el poder a la fuerza que di por hecho que tenía que haber otra persona tras ella.

Cuando nos quedamos a solas y mencionó tu nombre y tu legitimidad como heredera del trono de Orlaith, di por hecho que habías sido tú. Supongo que me equivocaba.

No, quizá no se equivoque. Astrey intentó ofrecerle Orlaith y fue ella quien le dijo que no podía decidir por los territorios.

Ha sido ella también quien se ha negado a tener nada que ver con el Imperio tal y como ahora existe.

Fue ella quien le dejó claro que pensaba que podía terminar siendo igual que su padre.

Y de pronto tiene claro que esa es su manera de demostrarle lo distinto que puede ser.

Traga saliva, pero intenta no pensar en él.

En sus juegos, en las cosas que no le dice, en sus planes silenciosos.

Podría haberla informado de esto. Podría haberlo compartido con ella y…

No, no podría. Elira no le ha dado ni la más mínima oportunidad durante esos días.

Si hubiera intentado hablarle sobre esta decisión, lo más probable es que ni siquiera lo hubiera creído.

Habría pensado que era una trampa, una manipulación más.

Ni siquiera ahora puede estar convencida de que no sea así.

Se obliga a centrarse. Alza la barbilla y recuerda ante quién está y, sobre todo, quién es ella al margen de esa serpiente que siente por todas partes. La nota enredada desde los tobillos hasta el cuello y amenaza con no dejarle respirar, con no dejarle pensar. No lo puede permitir.

—El emperador toma sus propias decisiones, pero sabe que Orlaith es, sobre todo, asunto mío. —Escucharse le da fuerzas, le recuerda quién es y qué debe sacar de esa conversación—. Me ofreció el territorio en cuanto tomó el trono, ¿te ha contado eso?

—Sí. Se ha encargado de dejarme muy claro que, si por él fuera, ya me habría destituido y tú serías reina.

—Elira mantiene la expresión serena pese al nudo que se le hace en el pecho—.

Pero, al parecer, y según sus palabras, «es ella quien decide qué quiere hacer».

Así que aquí estoy, esperando a que me digas qué pretendes.

Supongo que esperas que Orlaith se declare independiente y gobernar estas tierras como llevas años deseando hacer, ¿no es así?

Hay un desprecio implícito en sus palabras, en la manera en la que arruga la nariz mientras la observa.

Pero esa mujer se equivoca con ella.

—Espero que mi pueblo elija la independencia, sí. Pero eso no significa que espere que me elijan a mí.

Ratna Adisen entorna los párpados antes de inclinarse hacia delante, apoyar los codos sobre la mesa ante la que está sentada y posar la barbilla sobre su mano humana.

—Ah, ¿no?

—No. Te lo he dicho: llevo muchos años escuchando hablar de ti.

Sé que llegaste a canciller por méritos propios, sin ningún tipo de conexión previa con la emperatriz.

Comenzaste siendo solo una soldado y sigues en el puesto porque eres inteligente pero, sobre todo, querida.

—Elira aprieta las garras. Ese ha sido siempre el verdadero problema—.

Si no lo fueras, ya habría intentado recuperar mi trono mucho antes, Adisen.

Pero hace muchos años que le ofreces a los orlianos lo que ellos más anhelan: seguridad.

Estabilidad. Obedecías las órdenes de la emperatriz y has colaborado con el Imperio como una buena vasalla, pero no has abusado de tu poder y has intentado que la gente en Orlaith viva bien bajo el yugo de Odelia.

Sí, has sacrificado nuestra historia y nuestra cultura, has permitido que arrasasen nuestros símbolos y nuestra lengua y has dejado que todo el mundo se convenza de que pertenecer al Imperio es lo mejor que les podría haber pasado.

Le besabas los pies a Iraides de Odelia, pero por lo demás te has preocupado de la región y de sus gentes, les has convencido de que contigo están a salvo.

Tú no eres como Fabrice Lambersen u otros cancilleres que abusan del pueblo.

Si lo fueras, volver a mi hogar y recuperar mi legítimo puesto sería mucho más fácil.

Ratna le dedica el asomo de una sonrisa que indica que sabe a qué se refiere. Que, tal vez, esa haya sido siempre su intención. Es mucho más difícil derrocar un gobierno cuando el pueblo está convencido de que el actual es la opción más conveniente.

—¿Qué quieres decirme con todo esto, Surya?

—Que soy consciente de que Orlaith necesita estabilidad y que yo soy una desconocida para sus habitantes.

La sangre que corre por mis venas no me hará más digna de ser su gobernante.

¿Crees que no sé que la mayoría de la gente ya ha olvidado a la dinastía de la que provengo, mientras que tú has sido una constante en sus vidas durante los últimos años y no les has dado más razones para odiarte que ser una enviada del Imperio? No soy estúpida.

Ratna calla durante unos segundos. Esta vez es ella quien tiene que calcular su siguiente movimiento, porque no se esperaba este tipo de batalla.

—¿Cuál es el pero? Sé que hay uno. Estoy esperándolo.

— Pero confío en poder enseñarles un poco de quién soy.

—Elira avanza hacia el cristal en el que se refleja la canciller, hasta que le da la falsa impresión de estar a tan solo un paso de la Fortaleza de Hierro, a tan solo un paso de ella—.

El miedo es una fuerza poderosa y tú la has usado en tu beneficio durante mucho tiempo, Ratna.

¿De verdad eres buena gobernante o solo eres lo mejor que han tenido desde Yuda?

La línea es demasiado fina. Orlaith no ha tenido alternativas.

No ha podido elegir. Y yo quiero permitirles hacerlo.

Astrey tiene razón: con su beneplácito, podría tomar el trono mañana mismo, pero quiero que lo primero que sepan los orlianos de mí es que no voy a ser una imposición más.

Del mismo modo que creo que es justo que puedan elegir entre la independencia o seguir bajo el yugo de Odelia, quiero darles a elegir entre tú y yo.