La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

Durante los tres días que siguen a la proclamación de Astrey como nuevo emperador de Odelia, Elira evita encontrarse con él.

Por suerte, el palacio es lo suficientemente inmenso como para que no resulte demasiado complicado, aunque eso no significa que Astrey no intente acercarse.

Pese a que no la busca y no fuerza su presencia, tanto ella como sus acompañantes reciben invitaciones para desayunos, comidas y cenas cada día.

Aparecen en forma de notas manuscritas que se deslizan por debajo de la puerta o entran volando por las ventanas y a Elira le recuerdan más de lo que le gustaría a todas las cartas que se enviaban hace años.

El único que ha accedido a acompañar a Astrey en alguna de esas comidas es Tamir.

Lo ha hecho porque él considera que podrían sacar algo bueno de la situación, sin importar cómo hayan llegado hasta ella.

Bajo su punto de vista, prefiere a Astrey en el trono antes que a cualquier otro brujo.

Sí, los ha engañado, los ha utilizado, pero no cree que Odelia vaya a ser peor de lo que era bajo el mandato de Iraides.

Quizá, de hecho, puedan colaborar para crear algo mucho mejor.

Durante esos días, incluso les ha recordado que ni Los Elires ni Los Arlequines han actuado siempre de la manera más honorable.

En ocasiones ellos también han mentido, también han fingido ser quienes no eran.

En muchas misiones no han dudado en hacer lo que fuera necesario para alcanzar sus objetivos.

Se han infiltrado en lugares en los que han tenido que ganarse la confianza de otra gente para obtener algo, ya fuesen recursos o información.

Han matado y no siempre ha sido por justicia.

Y, con respecto al Amuleto, ya habían aceptado que Nathan lo tuviera y colaborase con ellos. Ya habían asumido que a veces podía resultar una ventaja importante.

Por supuesto, Denna opina justo lo contrario que su amigo.

Desde su perspectiva, la traición de Astrey es imperdonable y sus pecados nada tienen que ver con los que ellos puedan haber cometido.

Si sus intenciones fueran buenas, no las habría escondido.

Si pretendiera mejorar las cosas para todo el mundo, habría hecho partícipes a los demás de su plan.

Está furiosa y asqueada y lo ha dejado claro cada vez que ha tenido oportunidad, y lo cierto es que Elira está de acuerdo con ella.

Mantenerse a su lado le ayuda a mantener la rabia encendida, a no dejar que se enfríe, a no dejar paso a nada más.

Probablemente Denna es consciente de ello también y por eso apenas la deja sola.

—Me ha dicho que quiere ayudar a Ilan —les ha contado Tamir esa misma mañana, después de reunirse con ellas en los jardines—.

Me ha pedido que me ponga en contacto con Garnet para que le hagamos un listado de todo lo que necesitamos.

Acepta la independencia del territorio y solo quiere establecer una alianza con ellos.

No sé, yo diría que eso no es lo que el Inmortal o la emperatriz habrían hecho, ¿no?

—Es una víbora embaucadora —ha replicado Denna—. Lo ha sido todo este tiempo y sigue siéndolo. No vamos a seguirle el juego. Esperaremos a la reunión con la canciller de Orlaith y nos iremos, ¿verdad, Elira?

Aunque ella ha asentido, no ha dicho ni una sola palabra, porque una parte de ella empieza a no saber qué pensar.

Todavía está enfadada, todavía se siente utilizada y odia la idea de haberse dejado engañar, pero Astrey siempre ha tenido la capacidad de nublarle el juicio y convertir la línea que separa lo correcto de lo inmoral en algo imposible de discernir.

Desde la Noche de las Bestias, Elira ha tenido mucho tiempo para pensar, más del que desearía.

Ha caminado por los corredores interminables de palacio y ha dejado que estos la guíen por su historia; ha encontrado la biblioteca y se ha hundido en algunos de los libros en un intento de hallar en el pasado respuestas para el presente.

No las ha encontrado. Lleva días moviéndose entre el odio y la comprensión, entre la traición y la duda, entre el desprecio y el miedo por culpa de unas ideas que le parecen demasiado peligrosas y las dudas sobre lo que ella podría llegar a hacer en esa situación.

Elira no recuerda ni un día de su vida en que no tuviera un objetivo marcado.

Cuando era pequeña, eran metas sencillas, como ayudar lo que pudiese en el refugio y hacer que su madre y su hermana se sintieran orgullosas de ella.

Tras la muerte de ambas, el objetivo se convirtió en defender su legado, en recuperar su pueblo o, por lo menos, luchar por él.

Ahora ha elegido centrarse solo en Orlaith porque al menos esa misión no ha cambiado, incluso cuando el resto del mundo sí lo ha hecho y se tambalea cada vez más bajo sus pies.

Por eso, cuando Astrey aparece esa tarde en la puerta de su cuarto y le comunica que la canciller de Orlaith la espera en su despacho, ella decide ignorar el pinchazo que le provoca verlo y se llena el pecho de aire y de determinación.

Tan solo le dedica un asentimiento antes de pasar por su lado como si no fuera más que ese desconocido que quiere ver en él.

—Elira.

Ella se detiene y se permite mirarlo de soslayo.

Han pasado solo tres días desde que subió al trono, pero algo en él grita que ese palacio siempre ha sido su lugar.

Aunque la emperatriz vestía de negro, él viste de rojo y dorado e incluso ha modificado la corona de oro y rubíes para convertirla en una diadema llena de serpientes que luce sobre su frente como un abalorio más.

Como muestra de que se había estado conteniendo y ya no le queda nada más que reprimir, no ha vuelto a atarse el pelo.

Elira odia reconocer que su aspecto nunca había sido más andrógino ni más atractivo, tanto que resulta casi inhumano. Le dan ganas de destrozarle la cara con las uñas y convertirlo así de nuevo en algo imperfecto y mortal.

—Buena suerte.

Sus ojos grises buscan los suyos casi con desesperación, Elira es consciente de ello.

Astrey quiere un choque, un encuentro que le deje ver algo de lo que se le pasa por dentro, pero precisamente porque esa serpiente siempre ha sabido meterse en su organismo a través de las cuencas, de la boca o de los oídos, no se lo permite.

Le da la espalda y, sin palabras, sigue su camino.

En el despacho espera una mujer, aunque no está sentada en ninguno de los sillones del cuarto: su imagen se proyecta en uno de los ventanales.

Tiene la tez del color de la arena mojada y un rostro anguloso que deja entrever esa dureza de la que Elira había escuchado hablar cada vez que alguien le traía noticias sobre la canciller.

No es solo una política, también es una guerrera, y esa es una de las razones por la que la mayoría de la gente en Orlaith la respeta y también es el motivo por el que ha conseguido mantener el puesto durante los últimos quince años.

Hay cosas que no cambian y su nación siempre ha apreciado la fuerza.

No en vano es un reino nacido de la roca, aledaño a las montañas.

Desde sus orígenes, si algo ha caracterizado al pueblo orliano, ha sido su capacidad de resistencia.

—Ratna Adisen —saluda Elira en cuanto la puerta del despacho se cierra a su espalda. La mujer, que estaba con la atención fija en unos documentos, se vuelve hacia ella—. Llevo toda la vida escuchando cosas sobre ti.

—Elira Surya, supongo —responde la canciller.

Cuando cruza los brazos, Elira se fija en el derecho.

Es bestial, semejante a la pata de un tigre—.

Lo cierto es que yo no había escuchado tu nombre hasta hace muy poco, aunque eso no significa que no hubiera oído hablar de ti antes.

Tú y los tuyos me habéis dado algunos problemas en los últimos años.

—Lo considero un halago.

La canciller decide ignorar su comentario.

—Aun así, admito que me tienes un poco confundida, Surya. Al fin y al cabo, lo único que sabía de ti hasta esta mañana era que eras una rebelde antiimperialista, pero al parecer eso depende solo de quién ocupe el trono de Odelia, ¿no?

Elira siente el comentario como un arañazo de esa garra animal, directo a la cara.

Venía preparada para eso, para palabras suaves cargadas de veneno o para ataques directos y afilados.

Sin embargo, ese le sorprende demasiado como para reaccionar con la agilidad que le gustaría.

Nota que le da de lleno, que le escuece, pero es solo un instante antes de que sea capaz de asimilarlo y sentirse ofendida.

Quiere decirle que se equivoca, que estar en ese palacio o que Astrey le haya conseguido esa audiencia no significa que apoye el Imperio. No lo hace. No va a hacerlo jamás. Antes de que pueda defenderse, sin embargo, la canciller se echa hacia atrás en su asiento y continúa:

—Dime una cosa, Surya: ¿la idea de dejar que los territorios elijan su permanencia o su separación del Imperio ha sido de nuestro nuevo emperador o tuya?

Ese es otro golpe inesperado, y esta vez ni siquiera es capaz de disimular lo mucho que le sorprende. Lo deja ver en sus ojos abiertos, en la manera en que se le separan los labios y, aunque la canciller no pueda oírlo, en el vuelco que le da el corazón.

—Por tu cara supongo que realmente ha sido idea suya —señala Ratna.

Elira calla, sin saber qué decir. No era así como había imaginado esa conversación.

Se ha pasado días enteros calculando las palabras que usaría, la manera en la que formularía la única propuesta que le parece justa para la nación por la que lleva luchando toda la vida, pero de pronto se queda en blanco.

—¿De qué estás hablando?