Dyne
DYNE
Dyne no es ajena al dolor. Lo ha infligido de muchas maneras y lo ha sentido en sus propias carnes.
Ha visto a gente sufrir y se ha quedado de brazos cruzados o ha ofrecido misericordia y ha acabado rápido con la agonía según el caso.
Ha torturado para conseguir sus objetivos, porque a veces el dolor es la única manera de conseguir que alguien diga la verdad.
En otras ocasiones, sin embargo, pasado un punto de rotura que es demasiado difícil de calcular, la persona abandona la sinceridad y simplemente te dice lo que cree que quieres escuchar.
Pese a todo, nunca ha disfrutado demasiado del dolor de otros. Ni ella ni Derek ni Caleb creen que el sufrimiento vaya a hacer que una persona se arrepienta de nada, así que intentan ser eficientes. Matan para llevar a cabo el trabajo y se marchan.
Está claro que los celestiales no comparten esa opinión.
Lo piensa cuando el comandante de la Guardia Celestial le clava el cuchillo y lo vuelve a pensar cuando, unos minutos más tarde, después de que la reina haya abandonado la prisión, hunde la punta de su bota en la herida que le abrieron en el costado al atraparla.
La oleada de dolor la deja sin respiración.
—¿Qué deberíamos hacer con ella?
Las palabras del hombre son afiladas. La obliga a alzar de nuevo el rostro y la mira con genuina curiosidad, como si estuviera planteándose un sinfín de posibilidades y le costara decantarse por una.
—La reina ha dicho que no puede morir. —La Suma Celestial también la observa, aunque Dyne no es capaz de identificar ninguna emoción en su expresión partida—. Pero estoy segura de que no se opondrá a que la castiguen por intentar escapar.
La necromante entrecierra los párpados. Tiene claro cuál ha sido el único error que ha cometido en los días que ha pasado en ese reino: no acabar con esa mujer.
Debería haberlo hecho hace tiempo, aunque nadie se lo ordenase.
Podría haber fingido que era otro humano corrupto que era necesario erradicar, como los brujos consumidos que cazaba hace años.
No cree que haya mucha diferencia y a veces la única manera de impartir justicia es tomarla con tus propias manos.
—Es curioso: tenía entendido que para los celestiales era pecado mentir, pero está claro que no todos seguís vuestros preceptos de la misma manera. ¿Cuándo fue la última vez que dijiste una verdad, Rhea?
La celestial enarca las cejas al escucharla pronunciar su nombre, pero ni siquiera necesita decir nada.
El dolor estalla cuando el comandante le propina un puñetazo y después le golpea la cabeza contra la pared.
El segundo impacto es tan fuerte, tan agresivo, que el mundo se inclina a un lado, pierde nitidez y colores, se queda en silencio excepto por un pitido que le revienta los oídos.
Cuando todo vuelve, tras unos instantes, se siente tan mareada que la boca se le llena con el sabor del vómito que tiene que tragarse.
El corazón le late bajo el pelo, en las sienes, dentro de las orejas.
No es consciente de que se ha derrumbado hasta que el borde de la túnica de la Suma Celestial casi le acaricia el rostro.
Pese a todo, la necromante le dedica una sonrisa desde el suelo, con los labios y los dientes teñidos de una sangre que escupe y mancha la prenda inmaculada.
—¿Qué vas a hacer cuando Ammarah se dé cuenta de que eres incluso más embustera que yo? —balbucea. Le duelen las encías y le cuesta pensar. Ni siquiera está segura de que las palabras le salgan en el orden correcto.
La Suma Celestial está tranquila cuando se inclina sobre ella, apoyando el peso de la mitad de su cuerpo sobre el bastón que siempre lleva con ella. Elijah, a su lado, no se despega del cuchillo. Las gotas de sangre se deslizan todavía por el acero.
—Mi dios entiende que cada una de mis mentiras son por su bien y su gloria, así que me las permite. A veces son necesarias —susurra solo la mitad de esa mujer. La cara anciana, decrépita, a un suspiro de convertirse en un cadáver.
—Y a veces hacen falta cosas mucho peores —murmura la mitad joven que tanto se parece a su hija.
—Por Destino, lo que sea —dicen las dos a la vez, a destiempo.
—Por Destino —repite el hombre cuya cara quiere robar.
Dyne se da cuenta de que está delirando solo cuando el dolor vuelve con más fuerza que nunca. Cuando le presionan la cabeza contra el suelo y esta vez el cuchillo cae sobre ella sin clemencia alguna.
Una.
(Su ojo).
Y otra.
(Su mano).
Y otra vez.
(Su pierna).
Dyne no es ajena al dolor.
Pero ese día el significado de la palabra se completa con sus gritos.