Ammarah
AMMARAH
Ammarah de Daiva nunca había estado en los calabozos de su propio palacio.
Jamás lo había considerado necesario, ni como princesa ni como reina.
No recuerda que su padre bajara allí a menudo, tampoco, quizá por eso ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
O quizá no fuera eso. Si es honesta consigo misma, sabe que en el fondo nunca ha querido ir a ese lugar porque quería ahorrarse escuchar los lamentos de los reos u oler la podredumbre que gobierna ese espacio y que la obliga a llevarse un pañuelo empapado en agua de rosas a la nariz.
Una rata pasa corriendo cerca de sus pies, pero ella se obliga a no alterar el rostro.
Va acompañada de la Suma Celestial, del nuevo comandante de la guardia y de la que está considerada una de las sensibles más habilidosas del Templo, y no quiere mostrar el más mínimo signo de debilidad ante ellos.
Ya le han dicho las veces suficientes que no tiene por qué estar aquí.
Que ellos se encargarían. Que la prisión no es lugar para reinas.
Pero está harta de que otros decidan qué lugares son para ella y cuáles no.
Está harta de que otros decidan por ella. Punto.
La comitiva se detiene frente a una de las celdas y Ammarah la ve.
La mujer de sus visiones está sentada contra la pared, con las piernas separadas y recogidas y los brazos esposados tras la espalda.
Le han dicho que atraparla fue un reto, que se revolvió contra todos los guardias que pudo y que consiguió herir a varios de gravedad.
Al final, lograron atraparla al abrirle tajos tanto en la pierna como en el costado, donde la sangre todavía fresca empapa la camisa raída y sucia que le han puesto tras haberla despojado del vestido que llevaba antes.
Un vestido robado, como robadas son las apariencias que ha estado tomando desde Destino sabe cuándo.
Sin disfraces que la cubran, en la tez de ébano de la necromante se ven las marcas de los abusos de los guardias; su rostro está hinchado por los golpes y sus labios gruesos tienen varios cortes supurantes.
Pese a su aspecto demacrado, Ammarah no siente ni un ápice de compasión.
Esa mujer ha estado a punto de matarla, del mismo modo que ha matado a otras muchas personas más.
La ha dejado sola en el mundo. Aunque nunca se ha sentido demasiado unida a sus tíos, eran la única familia que le quedaba.
Aunque Rina era solo una doncella, la consideraba su amiga.
Y, aun así, lo que más le duele es que ese sentimiento se había afianzado más en las últimas semanas que en todos los años compartidos a su lado.
Tenía que haberse dado cuenta de que sucedía algo.
Tenía que haberse dado cuenta de que la Rina que conocía no hablaba tanto de política, que por lo general se hacía pequeña o se escandalizaba con las cosas más ridículas y que, sobre todo, jamás habría cuestionado al Consejo como lo hacía en los últimos tiempos.
Rina habría sido la primera en instarla a rezarle todos los días a Destino, mientras que la farsante no dejaba de alimentar sus dudas e intentar llevarla en otra dirección.
Durante todos los años que Rina estuvo a su servicio, la doncella nunca le había sugerido dar paseos por el jardín antes del amanecer, pero ha perdido la cuenta de cuántos ha compartido con esa extraña, sin saber que caminaba al lado de una asesina.
En todos esos años, Rina nunca había accedido a llamarla por su nombre de pila.
La traidora abre los ojos. Son del color del otoño, del marrón de las hojas cuando están listas para caer, aunque uno de ellos apenas es visible por lo hinchado que está.
Pese a ello, nada en su rostro indica arrepentimiento, duda o miedo.
La mira a ella directamente, sin ápice de respeto, y por primera vez en su vida Ammarah siente las ganas de obligar a alguien a humillarse.
Quiere recordarle que es la reina de Daiva y que no tiene derecho a mirarla de frente.
En su lugar, respira hondo, endereza los hombros y dice:
—Adelante.
La Suma Celestial le hace un gesto con la cabeza a la sensible que la acompaña. Se llama Liora y parece más que acostumbrada a los calabozos, a juzgar por su expresión neutra. Una expresión que se convierte en disgusto solo cuando la prisionera, al ver su mano extendida, trata de evitar su toque.
—Esto no es necesario —gruñe la desconocida—. Podríais preguntar sin más.
—Podríamos, pero esto será más rápido y efectivo. —La voz de la Suma Celestial rezuma deleite—. A las preguntas se puede responder con mentiras, pero el poder de Liora no fallará. Queremos verlo todo.
Pese a su resistencia, las manos de la sensible caen sobre el rostro de la necromante, que gruñe y cierra los ojos con fuerza mientras le arrancan los recuerdos uno a uno.
Ammarah nunca había sentido satisfacción al ver el dolor de otra persona, pero, mientras esa mujer se retuerce, una parte de ella comprende lo que significa disfrutar del sufrimiento.
De la venganza. Es una sensación cálida que se extiende desde su pecho al resto del cuerpo y se da cuenta, solo entonces, de que lo necesitaba.
Necesitaba ver pagar a alguien que se lo mereciera, después de sentir tanta culpa por condenar a inocentes.
Tendría que haber sido siempre así. Tendría que haber castigado solo a los criminales, en vez de utilizar los pecados de unos pocos para justificar una masacre.
Porque eso es lo que han estado haciendo.
Han masacrado pueblos enteros. En su afán por protegerse, han preferido expulsar y asesinar antes de preocuparse por la justicia.
Se han equivocado. Si no hubieran actuado así, si sus decisiones no hubieran sido un completo error desde el principio, habría podido disfrutar de ellas tanto como está disfrutando de ver cómo esa asesina se revuelve y gime cada vez que Liora hunde los dedos en su mente para arrancarle la verdad sobre su identidad.
Al menos, hasta que algo la detiene de manera abrupta.
La sensible deja escapar un jadeo y se echa hacia atrás de golpe, tan blanca como la túnica que lleva puesta. Rhea frunce el ceño mientras se acerca a ella.
—¿Liora? ¿Qué has visto?
La mujer traga saliva. Tiene los ojos negros muy abiertos, fijos en la prisionera.
—Muerte.
—¿Qué?
—Muerte ha estado aquí. Ella ordenó los asesinatos. Quiere acabar con la dinastía de Santa Aiva.
Ammarah nota que la satisfacción se le enfría en el pecho, sustituida primero por la incredulidad y, después, por el miedo.
Por lo general, no piensa en esa Original.
Su vida siempre ha estado regida por Destino y sabe que, siempre y cuando cumpla los designios de su dios, su alma estará a salvo de encontrarse con la diosa.
Los caminos de los celestiales y Muerte no se cruzan más que en el momento de venir al mundo.
Entonces ¿cómo es posible que la diosa haya estado ahí? En su palacio, caminando por sus pasillos. Ha escapado incluso de sus visiones, porque, aunque ha podido ver a su enviada cumpliendo la misión que le ha encomendado, jamás la ha visto a ella.
—Cuéntaselo todo —gruñe entonces la necromante—. Dile que no quise matarla a ella. Dile que traté de evitarlo.
Ammarah da un respingo antes de fijarse en la mujer, que respira con dificultad y tiene los ojos entornados fijos no en la sensible, sino, una vez más, en ella.
Todo su cuerpo se tensa bajo la fiereza de esa mirada y quizá por eso prefiere apartar la vista de nuevo hacia Liora.
Espera que le diga que no es así, porque no tendría ningún sentido.
Porque ningún necromante se opondría a una orden de su diosa y, por otra parte, ella no se merece más salvación que la que se merecían sus tíos.
Sin embargo, Liora no dice nada y eso es suficiente para que Ammarah sepa que su atacante está siendo sincera.
—¿Por qué?
La pregunta se le escapa como una reclamación, pero se da cuenta de que quizá no quiera saber la respuesta en cuanto abandona sus labios. Nada de lo que diga va a borrar ya la muerte de sus tíos. Nada va a borrar que estuviera dispuesta a clavarle ese cuchillo. Iba a hacerlo.
La necromante abre la boca para responder, pero otra voz se le adelanta:
—Incluso las asesinas más impías son conscientes de las consecuencias de matar a una reina.
—La Suma Celestial apoya una mano sobre el hombro de Ammarah.
Es un gesto maternal, pero dista mucho de ser reconfortante.
Si acaso, sus palabras están impregnadas de una nota condescendiente—: No la escuchéis, majestad.
Si le dais la oportunidad, intentará envenenaros el pensamiento.
La necromante suelta una carcajada sardónica.
—Qué irónico: yo diría que lo de meterse en la cabeza de los demás se te da mucho mejor a ti, vieja.
—¿Cómo te atreves, hereje? —No es Rhea quien responde, sino el Ojo de la Muralla, que se adelanta para acercarse a ella y tirarle del pelo trenzado para exponerle el cuello y amenazarla con un cuchillo—. Pide perdón, desgraciada.
Lo único que hace la necromante es escupirle a la cara.
El capitán de la guardia tarda un instante en reaccionar, incrédulo, y Ammarah está segura de que va a matarla cuando aferra con un poco más de fuerza los cabellos.
Va a acabar con ella sin necesidad de recibir ninguna orden.
Y quizá por eso, porque le molesta que alguien sienta que puede tomar esa decisión sin que ella la apruebe, clama:
—Detente.
Elijah frunce el ceño y alza la mirada hacia ella. No le gusta cómo la mira. Como si creyera que se ha vuelto loca o, peor todavía, que es estúpida.
—Majestad, ya no necesitamos a esta sucia rata para nada. Ha matado a vuestros tíos y tiene órdenes de mataros a vos también. No podemos dejarla viva. Cada segundo que ella respira os pone en riesgo.
Ammarah siente que le pican las mejillas de la vergüenza y la rabia ante su tono aleccionador. Por otro lado, quizá sea esto lo que se ha ganado al dejar que otros susurren en su oído y se le cuelen en la cabeza, justo como esa extraña ha señalado.
—Eso lo decidiré yo.
—Majestad, ser Elijah tiene razón, deberíamos… —comienza Rhea.
No. No va a dejar que otros sigan diciéndole qué hacer.
—¿Cuál es tu nombre, necromante? —interrumpe ella—. El de verdad.
La mujer la observa, todavía sujeta por el comandante. Aunque es difícil leer su expresión, a la monarca le da la impresión de que la está analizando.
—Dyne —responde, y la reina se fija en Liora, que asiente—. No gano nada mintiéndote ahora, Ammarah.
La muchacha contiene la mueca de disgusto que está a punto de escapársele.
No soporta escuchar su nombre de esa boca, de esa voz tan diferente a la de Rina.
Es más grave, más fuerte. Su doncella hablaba con suavidad, con dulzura, pero esa mujer es todo lo contrario.
Pese a que está herida y esposada, hay una firmeza en ella que le genera tanto desagrado como envidia.
—No tienes ningún derecho a llamarme así, asesina... Muestra más respeto.
La sonrisa que dibujan esos labios dañados, tan irónica, hace que tenga ganas de decirle a Elijah que ha cambiado de opinión, que tiene permiso para acabar con ella o, como mínimo, cortarle la lengua.
—Todo lo contrario: tengo más derecho que nunca, porque ya no tengo que fingir que eres mi soberana. No lo eres. No lo has sido jamás. Ahora, de hecho, puedo decirte todas las cosas que antes estaba obligada a callarme.
Ammarah aprieta los puños hasta que siente que el sello real se le clava en la piel.
—No la escuchéis, majestad —interviene la Suma Celestial—. Solo trata de provocaros. Acabemos con esto. Liora ya tiene toda la información que necesitamos sobre ella y…
—¿Y qué cosas son esas?
Se niega a apartar la vista de la necromante, que sonríe un poco más ante la pregunta.
O quizá tan solo le agrade saber que su atención es para ella antes que para Rhea, a quien ha ignorado.
Ni siquiera parece sorprendida de que sienta curiosidad, como si la conociera a la perfección, pese a que para ella no es más que una extraña que ha intentado acabar con su vida.
—Que es una lástima que solo seas un títere.
Podrías haber sido una soberana magnífica si no hubieras dejado que otros te moviesen a su antojo.
Estabas destinada a ser la reina que lo cambiaría todo, pero ¿era así como querías hacerlo?
¿Es así como querías ser recordada? Ammarah I de Daiva, la Exterminadora.
¿Ese es el legado que querías dejar? Me llamas asesina, pero, dime: después de toda la gente que ha muerto bajo tus órdenes, ¿qué crees que eres tú?
Dos golpes llegan a la vez: el que Ammarah siente en su interior, en la boca de ese estómago que no deja de arder con cada palabra que ha pronunciado esa mujer, y el que Elijah inflige a la necromante cuando le clava el cuchillo en la pierna.
Todos los presentes escuchan el alarido de dolor de la prisionera. El ataque es tan sorpresivo que es incapaz de contenerlo, aunque al instante siguiente aprieta los dientes y se niega a dejar salir un solo sonido más.
—Dadme la orden y acabaré con ella, majestad —gruñe el comandante.
Pero la joven reina solo alza la barbilla.
—No. Mantenedla viva. Para los necromantes, la muerte ni siquiera es un castigo, así que me encargaré de pensar algo más apropiado para ella.
—Pero majestad…
—Ya me habéis oído.
Espera que sus palabras suenen definitivas cuando le da la espalda a todo el mundo y sale de la celda.
Barbilla arriba, espalda recta, rostro sin expresión.
Esa es la reina que debe ser. Ammarah se siente de nuevo en un escenario, obligada a interpretar un papel que no ha tenido tiempo de prepararse lo suficiente.
Y, en esa actuación, no puede permitir que nadie vea que está temblando.