Lilith #2
Ella ya está negando con la cabeza antes de que él termine de hablar. Aunque el pajarillo nunca trató de alcanzar nada fuera de la jaula, aunque lo único que quería era romper su prisión, ella intenta alcanzarlo a él. No al demonio, sino al humano. No con las manos, sino con la voz:
—¡Nathan! —Su nombre sigue sonando extraño, pero se da cuenta de cuánto echaba de menos pronunciarlo.
Daría lo que fuera por que eso fuese lo único necesario para convocar a la persona que se ha escondido tras la criatura—.
¡Tienes que volver a tomar el control! ¡Escúchame!
¡Hablemos! Tú y yo, como antes. Ahora que no tienes el Amuleto, no tenemos por qué seguir luchando.
Durante el más breve de los instantes, el demonio parece asombrado, como si jamás hubiera esperado esa reacción, pero luego, quizá por la misma razón, se ríe.
—¿De verdad crees que así vas a conseguir algo, santa?
Ella aprieta los dientes, pero decide ignorarlo.
—Nathan, por favor. Es hora de acabar con esto.
Lilith busca a su amigo en los ojos del demonio, pero no lo ve. En ese par de pozos negros solo encuentra un vacío que le devuelve la mirada y se burla de ella casi tanto como la criatura que tiene delante.
—¿No me has oído, santa? Nathan solo quiere hablar con Adam.
—¡¡¡Adam está muerto!!!
El grito estalla en su boca, pero viene de mucho más abajo.
Del pecho. Del lugar oculto en el fondo de su cuerpo en el que ha estado intentando protegerse a sí misma de esa verdad.
En todos esos meses, nunca se ha atrevido a poner esa certeza en palabras, pero ahora le pesan sobre la lengua, le llenan la cabeza, le tatúan la piel por todas partes.
Adam. Está. Muerto.
Ella misma vio el cadáver. Ella se quedó en la basílica vacía, mirándolo, intentando encontrar algo de él que todavía pudiera reconocer.
Adam está muerto y ella tiene la sensación de que ese suceso ocurrió hace una eternidad.
Incluso si en todos sus recuerdos está él, incluso si hay mil lecciones que aprendió de sus labios, no es capaz de recordar la última vez que lo abrazó.
La última vez que habló con él de verdad.
La última vez que le preguntó cómo estaba.
La última vez que compartieron un silencio agradable.
La última vez que lo besó en la mejilla o él la tomó de la mano.
No recuerda su último cuento, cuando todavía dejaba que se los contara.
Lilith no es consciente del daño que se ha hecho en la garganta, de la fuerza con la que aprieta los barrotes, hasta que siente la lágrima que le moja los labios. Le cuesta tomar la siguiente respiración sin que se convierta en un sollozo.
Y, aun así, la expresión de Nathan no cambia, pese a que siempre que ella se ha permitido llorar ante él, él no ha dudado en apresurarse a abrazarla, a consolarla, a limpiarle la cara y a hacerle sentir que no había nada vergonzoso en ese llanto que a ella le costaba tanto dejar ir.
Ahora, sin embargo, no hay ni rastro de ese amigo en el rostro que tiene delante, en la manera en la que la observa como si fuera solo una niña perdida y ridícula.
Es exactamente así como se siente.
—Por suerte para tu hermano, la muerte se ha convertido en una…
condición reversible —responde la criatura, indiferente a su dolor—.
Sí, Adam está muerto, pero no por mucho tiempo.
Dime, ¿qué odias tanto de la idea de que lo traigamos de vuelta?
¿Es que los humanos puedan comportarse como dioses o saber que nadie intentaría hacer lo mismo por ti si murieses mañana?
Lilith da un par de pasos atrás, como si hubiera intentado morderla. Todavía siente los ojos húmedos, pero se obliga a ignorar el escozor que siente en el pecho, a recubrirse de metal para que no puedan volver a atravesarle el corazón.
—Yo no querría que nadie sacrificase a otras personas por mí. No me gustaría que el amor que alguien pudiera sentir por mí tuviera la forma del caos. La basílica, las montañas, Ilan… ¿De verdad crees que Adam va a estar feliz si vuelve y ve todas las cosas que habéis destruido para recuperarlo?
—Adam lo perdonará. —El demonio ni siquiera parece pensárselo y su seguridad es lo peor de todo—.
Adam lo entenderá, porque siempre lo ha hecho, al contrario que tú, que ni siquiera lo has intentado.
Aunque, ¿quién sabe? Quizá cambies de idea cuando lo veas resucitar.
Intentaré que estés en primera fila cuando eso ocurra.
—Por encima de mi cadáver, demonio.
La risa del ser es corta, seca, afilada como una guadaña.
—No me tientes, santa. Sabes que no necesito muchos más alicientes para convertirte en uno.
Lilith aprieta los dientes hasta que le empieza a doler la mandíbula, pero se niega a responder a la provocación.
Los ojos del demonio caen entonces sobre el necromante, que le devuelve la mirada sin pestañear.
Es un choque extraño, sin palabras, como si estuvieran midiéndose.
Dura apenas unos instantes antes de que la criatura gire sobre sus talones y empiece a alejarse por el pasillo.
—Disfruta de la compañía, santa —dice antes de que el corredor lo devore de nuevo.
Lilith sabe que esa despedida es una burla más. El necromante es su enemigo, así que debería sentirse sola y desesperada allí dentro. Y así es. Se siente sola y desesperada y perdida y dolida y ansiosa.
Pero lo que gana, por encima de todos los demás sentimientos, es el enfado.
Las ganas de demostrarle a ese demonio que se equivoca y la necesidad de traer a Nathan de vuelta, de sacarle a la superficie y obligarle a encararla, a enfrentar la situación de la que está huyendo.
Porque está huyendo. Se está escondiendo y no piensa permitírselo.
Nathan Tabiz es muchas cosas (un buen amigo, un traidor, la persona más leal que conoce, el peor de los mentirosos), pero nunca ha sido un cobarde.
Rabiosa, frustrada, se gira hacia la celda contigua. El necromante ha tenido que escuchar toda la conversación, pero mantiene esa expresión neutra que ha tenido todo ese tiempo.
—Has dicho que tenías tus propios planes, que no ibas a quedarte aquí —espeta Lilith—. ¿Significa eso que sabes cómo escapar?
Él se encoge de hombros.
—Eso creo.
—Me uno. Sea lo que sea, cuenta conmigo.
El muchacho enarca las cejas.
—¿Y por qué debería ayudarte? Hasta donde yo sé, te dedicas a matar a cualquiera que no comparta tu fe.
La réplica es tan inesperada como eficaz a la hora de desarmarla.
Es cierto, lo ha hecho. Ese chico la ha visto arrasar un pueblo repleto de brujos y necromantes; personas cuyo único pecado era creer en un dios distinto al suyo, cuando no inocentes que ni siquiera se habían decidido por una fe y a quienes obligaron a tomar la de Destino como si fuera la única válida.
Toda su seguridad se tambalea de pronto. Incluso su enfado se enfría bajo el peso de la culpa. Con los remordimientos arañándole el estómago, con el sonido de los gritos en la cabeza y la sensación de tener los pies hundidos en un charco de sangre, aparta la vista.
—Nunca quise hacerlo. No… No es algo de lo que me sienta orgullosa —susurra.
—Eso no borra nada de lo que has hecho.
No, tiene razón. De hecho, nada de lo que haga en su vida borrará la sangre de sus manos.
Nada va a reparar las familias que ha roto, nada va a enmendar el dolor que ha provocado.
Es cierto, esa persona ni siquiera debería plantearse colaborar con ella.
Si fuera al revés, si ella supiera cómo salir de ahí, ¿acaso lo ayudaría?
En condiciones normales, no. Ahora que sabe que es importante para Darien, quiere pensar que sí.
Quiere pensar que lo habría hecho por su primo.
Pero lo cierto es que ni siquiera puede estar segura.
Su vecino de celda la observa durante lo que parece una eternidad antes de suspirar y volver a apartar la mirada hacia el techo.
—Pero las cosas cambian. Y las personas también —murmura. Sus ojos claros caen sobre ella de soslayo—. Y Darien jamás me perdonaría que te dejara aquí.
Lilith da un respingo y levanta la vista hacia él, incrédula.
—¿Significa eso que vas a ayudarme?
—Significa que nunca me he planteado no hacerlo. Descuida, santa. Vamos a salir de aquí.