La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith
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Lilith

LILITH

Cuando tenía diez años, Lilith encontró un pajarillo herido en el patio del Templo.

Estaba temblando en una esquina, hecho una bola, y ella no se habría fijado en él si no hubiera sido porque tenía unas vistosas plumas amarillas y azules.

Nunca supo qué le había pasado, pero le costaba extender un ala y ni siquiera se alejó cuando ella intentó atraparlo.

Recuerda haberlo acunado entre las manos y correr a enseñárselo a Nathan y a Darien.

Entre los tres, lo alimentaron con pan y semillas que robaron de la cocina y le hicieron un nido de harapos y trapos en una cesta vieja.

Estaban seguros de que no podría salir de allí teniendo el ala herida, pero, cuando días más tarde los tres entraron en la habitación de Lilith después de las clases y lo encontraron escondido debajo de la cama, decidieron buscarle una jaula.

Consiguieron una gracias a Ammarah, que había pasado a formar parte de su secreto en una de sus visitas al Templo para ver a Nathan.

Sin embargo, cuando metieron al pajarillo en la pequeña jaula, este comenzó a moverse cada vez menos.

Igual que el día en el que la niña lo había encontrado, se acurrucaba en un rincón y se pasaba casi todo el tiempo temblando.

Cuando se levantaba era solo para intentar sacar el pico entre los barrotes.

A veces parecía que se golpeaba contra ellos, como si quisiera echarlos abajo.

Murió poco después.

Lilith no entendió por qué había pasado, si le habían dado de comer y de beber, si estaba cuidado, si había tres niños que lo mimaban, que planeaban lo que harían cuando su ala se curase e incluso habían empezado a pensar un nombre para él.

Ahora es consciente de que lo que lo mató fue el encierro.

En la cesta no había tenido barrotes; en la jaula, en cambio, debió de sentirse atrapado.

Igual que se siente ella en el palacio de Odelia.

Al menos ese encierro es mejor que el que sufrió en Ilan.

Allí estaba encadenada a la pared y apenas podía moverse unos pasos; la celda era fría y la penumbra le hacía imaginarse enemigos que no estaban allí.

En Damira, en cambio, el pasillo está iluminado, nadie la ha encadenado y puede moverse con cierta libertad por un espacio mucho más amplio.

No hay puerta, por supuesto, y tres de las cuatro paredes son barrotes, lo que le permite ver no solo el corredor, sino también las dos celdas vecinas.

Una está vacía. En la otra está el necromante.

Aunque llevan horas allí metidos, ninguno de los dos ha abierto la boca.

A él sí le han puesto unos grilletes que lo sujetan a la pared por las muñecas, que tiene alzadas por encima de la cabeza.

Sus ojos están cerrados y parece relajado, lo que para Lilith no tiene ningún sentido.

Ella siente el cuerpo en tensión y no deja de caminar de un lado a otro.

A veces se detiene ante los barrotes que dan al pasillo y prueba a tirar de ellos, aunque ya sabe que no van a ceder.

Siente ganas de golpearse contra ellos, de intentar derribarlos, igual que aquel pajarito.

Quiere gritar, preguntar qué piensan hacer con ella, y el único consuelo que le queda es saber que, al menos, en esa ocasión sabe que Darien está bien y, con suerte, ya muy lejos de allí.

Sus dedos envuelven los hierros una vez más, apoya la frente contra ellos y cierra los ojos. Necesita un milagro. Necesita un sueño. Necesita un arma y…

—Deberías descansar, santa. No vas a conseguir salir de aquí de momento, así que al menos sé inteligente y conserva tu energía.

Lilith da un respingo. Cuando se vuelve hacia el necromante, se da cuenta de que no estaba dormido y que, de hecho, ha abierto esos ojos azules y la está estudiando.

—¿Eso es lo que estás haciendo tú? —replica, frustrada—. ¿Tienes esperanzas de escapar de aquí? Porque no parece que el nuevo Portador vaya a dejarte ir. Creo que te has convertido en algo demasiado importante para él.

El chico resopla. Está mucho más entero que ella, pese a haberse enfrentado al nuevo emperador.

Hace unos meses, la idea de que un ser humano pudiera ser inmortal le habría parecido un milagro de Destino o un cuento infantil, pero ella misma ha visto cómo le herían de las maneras más brutales.

Le han robado su tiempo y, sin embargo, no asemeja ni un segundo más viejo.

¿Es ese poder lo que confundió a Altair cuando se encontró con él? No tiene mucho sentido. Desde luego, no cree que lo que sintió al tocarlo durante la fiesta fuera su inmortalidad.

—No espero que Astrey me libere. Pero tengo mis propios planes. No voy a quedarme aquí para que me use. Y tengo que reunirme con Darien de nuevo.

A Lilith se le olvida todo lo que estaba pensando al escuchar ese nombre. Aprieta los dedos con un poco más de fuerza alrededor de los barrotes y vuelve la vista al frente, al pasillo de piedra. Se le ocurren muchas cosas que preguntar, pero lo único que acaba saliendo de sus labios es:

—¿Por qué?

Quiere entenderlo. No a él, sino al muchacho de ojos verdes que creció junto a ella, el mismo que se echó a llorar cuando murió aquel pájaro. Tiene la sensación de que ha cambiado demasiado en el tiempo en el que no se han visto.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué querría que lo encontrases? ¿Por qué te ha defendido y te ha dado su medallón?

—Lilith vuelve la vista hacia él, hacia la joya que descansa sobre su pecho, brillante.

Le parece una herejía que la lleve puesta.

En esa pieza de oro reside el alma de su primo, pero él ha decidido dejarla atrás, con ese muchacho, como si no significase nada—.

No lo entiendo. Eres su captor, ¿no? Al principio de la noche quería que te apartaras de él, pero luego…

El necromante la observa solo un instante antes de apartar la vista hacia el techo de la celda, como si las respuestas a sus preguntas se escondieran en la piedra y él también estuviera buscándolas. Tarda varios segundos en responder.

—Las cosas cambian. Las personas también —dice al fin—.

Ninguno de los dos somos los mismos que éramos cuando me lo llevé conmigo.

Te aseguro que por aquel entonces tu primo me odiaba y habría dado lo que fuera por evitar que pusiera mis manos sobre su medallón.

Por mi parte, yo no creo que llegara a odiarlo nunca, pero no me importaba hacerle daño siempre y cuando pudiera conseguir mis objetivos.

—El chico vuelve la vista hacia ella, con esa calma envidiable, casi antinatural—. Después nos conocimos de verdad.

No da más explicaciones, como si la respuesta fuera así de simple. Como si lo único que hubieran necesitado para que todo cambiase fuera eso: conocerse.

—¿Qué quiere decir eso?

—Que no voy a contarte por qué tu primo me ha dado su medallón, pero sí que yo ya no voy a hacerle ningún daño.

No debería fiarse. Lilith es consciente de ello, se repite hasta la saciedad que está ante un necromante, que Darien ha hecho una locura al confiar en él, pero, por alguna razón, le resulta difícil no creerlo.

No sabe si es por la forma en la que habla, con esa seguridad tan pausada, o por cómo la mira, como si no tuviera nada que esconder.

No puede evitar pensar en su primo, en cómo lo defendió como si le fuera la vida en ello.

Luchó por él con un arrojo que ni siquiera sabía que guardaba dentro.

Ese extraño le ha dicho que Darien y él se conocen de verdad y por un momento Lilith se pregunta si eso significa que ella nunca ha sabido ver cómo era su primo en realidad.

También se pregunta si eso significa que Darien nunca va a regresar al Templo, si ha sido capaz de dejar su medallón atrás porque ese chico significa mucho más para él que su fe en Destino.

Casi al instante se da cuenta de lo estúpido que es pensar algo así en ese momento.

Ni siquiera sabe si ella misma podrá regresar a la seguridad de las murallas algún día.

Y, aunque volvieran los dos, aunque ambos pudieran ir a casa juntos, ¿qué?

Ya nada sería lo mismo. Serían ellos dos solos, con responsabilidades distintas, con vidas muy diferentes pese a estar en el mismo lugar.

Darien tendría que esperar a la primavera siguiente para hacer su Peregrinación, ella sería la santa.

Adam no estaría.

Nathan nunca va a volver.

Cuando él le devolvió su medallón, pensó que podía reconocerlo, que quizá no todo estaba perdido. Cuando le dijo que era un mentiroso, pensó que todavía resonaba dentro de ellos algo de ese pasado compartido. Pero entonces corrió hacia el nuevo emperador, lo defendió de Darien…

No. No es cierto. Eso no lo hizo Nathan, sino su maldito demonio.

Como si pensar en él lo hubiera convocado, escucha su voz:

—Deberías verte la cara ahora, santa. ¿Qué pasa? ¿No te gusta tu nueva habitación? Es más espaciosa que la que tenías en Ilan.

Bajo la luz de las antorchas del pasillo, la sombra de Nathan es más grande que él y fluctúa casi como si fuera a hacerse corpórea.

En su cuerpo ya no hay heridas de ningún tipo y su ropa es nueva, sin rastros de la batalla en ella.

En su rostro, las marcas demoniacas parecen ventanas al fuego de un hogar.

A medida que la criatura se acerca a los barrotes, crece también esa sonrisa que Lilith tanto detesta ver.

—Tú —gruñe la santa.

—Vamos, no me mires así: deberías alegrarte de verme, te traigo buenas noticias.

Ella resopla. Sabiendo lo que esa criatura opina de ella, probablemente sus buenas noticias no sean más que una muerte lenta y dolorosa.

—¿Dónde está Nathan? ¿Qué has hecho con él?

La sonrisa del demonio crece mientras se da un par de golpecitos en la sien.

—Está aquí. A salvo. Pero no le interesa hablar contigo. De hecho, no le interesa hablar con nadie que no sea tu hermano.