Astrey
ASTREY
Astrey se frota los ojos, agotado, pero se niega a irse a la cama.
Sabe que no va a ser capaz de dormir; no después de discutir con Elira.
No cuando sabe que la noticia de su ascenso al trono estará extendiéndose más allá de los muros de palacio, por esa ciudad en la que la luz empieza a ganarle la batalla a las sombras.
«Hemos luchado mucho por llegar hasta aquí, pero no lo estás disfrutando».
No, no lo está haciendo, porque las cosas tendrían que haber sido distintas. Pero no pasa nada, todavía puede reconducir la situación. Y tiene mucho trabajo por delante en el que centrarse. Un imperio entero aguarda.
En un intento de concentrarse solo en eso, extiende los dedos y toca el ventanal ante él.
Como si hubiera rozado una superficie líquida, las ondas que nacen de ese toque le muestran la capital de Orlaith, donde el sol también se despereza.
Las vistas desde la Fortaleza de Hierro son espectaculares, pero él solo puede pensar en la mujer que ha salido hace unos minutos del despacho.
Hablar con la canciller de Orlaith será la primera en la inmensa lista de tareas que tiene por delante.
Tiene que pedirle que se reúna con Elira y…
«Sabes que no la necesitas para nada, ¿verdad?».
Astrey ignora la voz de su demonio y el vuelco que le da el estómago.
Esta vez solo necesita sacudir la cabeza para cambiar la visión del cristal.
Aunque la primavera ha empezado ya, en Eirwynn los copos de nieve caen contra la ventana y la motean de blanco, emborronando la vista de la misma ciudad en la que nacieron su tío y su madre.
El canciller (un hombre que recuerda haber visto de lejos cuando estuvo allí con Elira hace un tiempo) puede ser un problema, porque se dice que siempre ha sido un fiel seguidor de Iraides, pero no le preocupa.
Está preparado para posibles rivales y detractores.
El último de los territorios que están en sus manos aparece en el cristal con solo pensar en él.
De la canciller de Calais apenas sabe nada, porque el pueblo del desierto es bastante cerrado y no son muchos los que se atreven a enfrentarse a las inclemencias del tiempo para ir hasta allí.
Las noticias suelen llegar tarde, así que tendrá que informar él mismo de lo que ha ocurrido.
Va a tener que reunir a todos los cancilleres, invitarlos a palacio y demostrarles que se ha ganado su puesto. Tendrá que asegurarse de que le son leales o, por lo menos, convencerlos de que le apoyen a partir de ahora.
Y luego está Ilan, por supuesto…
«A ellos tampoco los necesitas. Ilan ya ni siquiera forma parte de tus territorios».
—Quizá ellos sí me necesiten a mí.
«No estás en deuda con nadie. Lo que has conseguido lo has hecho tú solo».
Astrey aprieta los labios, molesto.
—Si no hubiera tenido a nadie de mi lado, jamás habría llegado tan lejos. Del mismo modo que ahora sería un error quedarme sin aliados: los necesito. No va a faltar gente que quiera desafiarme para quedarse con el trono o el Amuleto, no necesito más enemigos.
—No quieres más enemigos, pero no es que hayas hecho mucho por conservar a tus amigos, ¿no te parece?
Astrey se gira, sobresaltado. Estaba tan concentrado en su demonio, en todos esos pensamientos que no han dejado de darle vueltas en la cabeza, que ni siquiera ha escuchado cómo se abría la puerta del despacho.
Y el ser que vive dentro de él, de hecho, tampoco ha sido consciente de que había otro demonio cerca, aunque eso suele pasar a menudo cuando los considera inferiores.
Se confía, igual que tiende a hacerlo él mismo.
El antiguo Portador traspasa el umbral con pasos relajados y cierra la puerta para apoyarse luego en ella.
Su rostro está tranquilo, ilegible, aunque a Astrey no le sorprende, porque las emociones son un matiz humano que los demonios no saben expresar demasiado bien.
Empezó a sospechar que ese chico no era Nathan en el jardín, pero ahora le resulta evidente.
—¿De verdad creías que tus aliados iban a quedarse a tu lado después de saber que has estado tramando adueñarte del trono a sus espaldas? —continúa la criatura, con los brazos cruzados y la sonrisa serpenteando hacia las mejillas—. Y no solo con el trono…
Astrey enarca las cejas.
—Tú te has quedado.
—Yo estoy por encima de las emociones por las que los humanos tendéis a dejaros cegar con tanta facilidad.
El desengaño, la decepción, la frustración…
Todo eso os nubla el entendimiento y os hace tomar decisiones precipitadas.
Los demonios, en cambio, vemos las cosas con más perspectiva.
—El brujo se acerca y se pone a su lado, con los brazos a la espalda, como si quisiera acompañarlo a contemplar Damira desde lo alto—.
Yo puedo ver que esto es lo mejor que nos podría haber pasado, porque ahora podrás cumplir el único objetivo que mi anfitrión ha tenido nunca.
—Dudo que Nathan vea la situación como tú —replica.
Y lo cierto es que, de pronto, esa idea le preocupa más de lo que esperaba—.
Probablemente se sienta… traicionado, ¿no es así?
¿Nos está escuchando, siquiera? ¿No quiere recuperar el Amuleto del Tiempo?
¿No preferiría ser él quien le diera más tiempo a su amante?
La criatura no responde de inmediato. En su lugar, extiende la mano y roza el cristal con los dedos, como ha hecho él mismo unos minutos atrás.
El espíritu está a punto de decirle que no funciona así, que el palacio solo lo obedece a él, cuando el jardín se dibuja ante sus ojos, visto desde el rosetón sobre la puerta de entrada.
La vidriera tiñe la visión de rojo, como si todo estuviera manchado de sangre.
Astrey parpadea, confundido, pero antes de que pueda preguntarle cómo lo ha conseguido, el demonio vuelve a hablar:
—Puede escucharnos. O podría si quisiera.
—Astrey se vuelve para estudiar a su acompañante.
Usar el Amuleto se ha cobrado su precio, pero incluso con el pelo blanco y los rasgos demoniacos que le han cambiado la cara, él no deja de ver al muchacho que sigue siendo—.
La cuestión es que ya no le importa nada de lo que está pasando.
Lleva toda la vida sintiendo demasiadas cosas, reprimiendo muchas de ellas y dejándose cegar por otras y supongo que…
ya no tiene espacio para más. Para la decepción o el dolor o la tristeza, la culpa, los remordimientos o las dudas.
Así que ahora tan solo espera mientras yo me encargo del resto.
La imagen que tienen delante parpadea un instante. Al momento aparecen las cocinas, donde un grupo de sirvientes se han reunido en corro y susurran. Damira vuelve a mostrarse a continuación, pero vista desde más alto, desde uno de los torreones. El demonio casi parece divertido.
—Pero volverá cuando yo reviva a Adam.
No es una pregunta, sino una certeza. La criatura gira la cabeza hacia él.
—¿Estás seguro de que puedes traerlo de vuelta? Ha pasado ya un tiempo y su cadáver está a la intemperie. No estoy seguro de que quede mucho más que huesos.
Lo cierto es que Astrey no tiene ninguna certeza: no ha encontrado casos documentados de resurrecciones tras tanto tiempo y las leyendas que puede haber escuchado están recubiertas de una pátina de imposible o cuento de terror, como la gran mayoría de historias que rodean al Amuleto del Tiempo.
Aun así, alberga sus propias esperanzas.
Sabe que el tiempo no debería ser un problema porque tiene todo el del mundo en la palma de la mano.
Si quisiera, si quedara algo de ellos más allá de polvo, está convencido de que podría incluso revivir a los ejércitos desaparecidos en Yuda.
Quizá eso cambiaría un poco la perspectiva de Elira.
—Cualquier resto implica que hay un cuerpo que reconstruir. —Esa es la teoría y a eso piensa aferrarse—. Mientras haya al menos un hueso, podré hacerlo.
—Haces que suene fácil. Mucho más de lo que nos lo parecía a nosotros cuando teníamos el Amuleto.
—Vosotros apenas sabíais nada de él. Yo llevo años preparándome para dominarlo: he tenido cerca al Inmortal, acceso a la biblioteca de Ilan y, después, a la mayor estudiosa del tema…
Incluso si no pronuncia el nombre de Elira, pensar en ella le revuelve algo dentro del pecho.
Su propia incomodidad se mezcla con el disgusto de su demonio y el espíritu se esfuerza en cubrirlo todo con una sonrisa que titila, a punto de apagarse, cuando el rostro de Nathan se vuelve hacia él con burla.
—Has tardado mucho más de lo que esperaba en mencionarla.
Astrey está lo suficientemente acostumbrado a las máscaras como para conseguir mantener la expresión neutra.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—Porque acabas de discutir con ella y no puedes dejar de darle vueltas.
Él chasquea la lengua y vuelve la vista de nuevo hacia la ventana.
—¿Entre los deseos de Nathan también está meteros donde no os llaman?
La pregunta le sale impregnada de hartazgo, quizá porque es consciente de que lo más probable es que el humano que hay en ese cuerpo también se hubiera burlado de él, ya fuera por haberle pedido matrimonio a Elira nada más subir al trono o por haber sido rechazado de inmediato.
Aunque en realidad nunca ha llegado a responderle. Tan solo parece considerar que la propuesta es una locura, pero eso es porque todavía no la entiende de verdad.
—Tienes que encontrar la manera de convencerla —continúa el demonio, casi como si fuera consciente de sus pensamientos.
Sus ojos sin pupila se fijan en él, dos pozos sin fondo que pretenden absorberlo—.
Puede que no estemos tan… familiarizados como tú con el Amuleto, pero sabemos que se aprovecha de los momentos de debilidad.
Necesitas a alguien que te mantenga los pies en el suelo y te recuerde lo que de verdad importa.
Y ambos sabemos que ella es la única que puede hacer eso contigo.
Astrey aparta la vista, frustrado.
—«Haces que suene fácil».
—Tal y como yo lo veo, lo es. Ella se va a quedar aquí, en este palacio, por lo que he entendido. Y tú vas a tener oportunidades de sobra de acercarte.
—No quiere verme. Cree que no me conoce.
—Entonces quizá tengas que demostrarle que tú sí la conoces a ella.
Está a punto de responderle que no es tan sencillo, pero se detiene antes de hacerlo.
Quizá tenga razón. Elira puede creer que ha cambiado, pero Astrey sigue siendo la persona que mejor puede ver dentro de ella.
Sus virtudes y sus defectos. Sus deseos, sus puntos débiles.
Incluso todas esas partes que no le quiere mostrar al mundo, un poco retorcidas, que ella considera imperfectas.
Puede ver todo lo bueno y todo lo malo; todas las formas en las que, aunque ella lo niegue, se parecen.
Sus objetivos ni siquiera son tan diferentes, y eso hace que haya espacio para encontrar un lugar común.
Solo tiene que esforzarse un poco más para llegar a él.
Va a tener que ceder en algunas cosas, pero será por un bien mayor.
«No necesitas esforzarte tanto. No le des más poder. Ya tiene demasiado sobre ti».
Pero está dispuesto a cederle ese poder a ella si así evita que alguien más pueda tenerlo.
Su relación con Elira no tiene por qué ser una debilidad, sino un movimiento estratégico.
En ella confía, y no hay mucha gente a su alrededor sobre la que pueda decir lo mismo.
Y ahora que es el emperador, habrá personas que intenten acercarse, que intenten aprovecharse, que crean que pueden conseguir algo de él o destruirlo si se ganan su confianza.
Incluso con lo enfadada que está, Elira no ha intentado nada de eso. Ella no juega sucio. Es uno de sus defectos, pero también de sus virtudes.
—Bien, pues si esto es todo…
El demonio de Nathan hace el ademán de marcharse.
—En realidad, hay un par de cosas más que deberíamos hablar antes de que te marches.
Su acompañante alza las cejas, burlón. Es una expresión tan cercana a la que podría haber puesto el propio Nathan que el espíritu siente un asomo de incomodidad al darse cuenta de lo bien que sabe disfrazarse la criatura.
O quizá no sea eso. Quizá simplemente el demonio y la persona son cada vez más difíciles de separar.
—¿Necesitas más de mis consejos, emperador?
—No, pero necesito saber qué quieres que haga con la santa.
En el rostro de Nathan, el desagrado sustituye a la diversión.
—Lo que quieras. No la mates, pero úsala como mejor te parezca. Quizá puedas conseguir algo de los celestiales si juegas bien tus cartas. —Se encoge de hombros—. Sea como sea, yo que tú le cortaría la lengua si vas a tratar con ella. Lo más seguro es que intente exorcizar a quien se le acerque.
Es improbable que una sola celestial, metida en una celda en las profundidades del palacio de Damira, vaya a causar muchos problemas.
Astrey está seguro de que, en realidad, tiene que tener mucho más cuidado con la lengua del necromante que tiene encadenado cerca de ella, incluso si lleva desde que lo vio en la fiesta convenciéndose de que sus palabras no tienen ya ningún poder sobre él.
—De acuerdo. Entonces, una última cosa.
La curiosidad es algo que los demonios sí pueden sentir. No es algo que ellos vayan a admitir o que pueda vérseles en la cara, pero es lo que impulsa a algunos a aceptar Tratos. Si consigues despertar la curiosidad de uno tendrás su atención para algo más que para jugar contigo antes de devorarte.
—Necesito que me hagas un favor.
—¿Otro? ¿No crees que te estás aprovechando un poco, emperador?
Astrey sonríe en respuesta al gesto afilado que esboza el demonio.
—Te prometo que será fácil. Ni siquiera tendrás que desviarte de tu camino.