La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

Elira sale tan rápido del despacho que no se da cuenta de que hay alguien esperando junto a la puerta hasta que escucha su voz:

—Deberías reconsiderar su oferta.

La princesa de Orlaith se queda congelada un instante antes de girarse hacia Nathan.

Todavía tiene la garra encima de su brazo, en ese lugar en el que Astrey la ha tocado y cuyo roce fantasma siente como un hierro candente.

Tiene miedo de comprobar la piel bajo la ropa y descubrir que se le han quedado tatuados esos dedos, no por la fuerza con la que la ha agarrado, sino por algo mucho más peligroso.

Nathan está apoyado contra la pared del pasillo en actitud relajada, pese a que todavía tiene el cuerpo magullado por la pelea contra la emperatriz.

Lleva la ropa empapada de sangre, igual que la piel, aunque lo que más le llama la atención es el rastro demoniaco que hay en su cuerpo, aún más notable que al principio de la noche.

Está en sus cuernos, un poco más retorcidos.

En el camino de brasas encendidas que hay en distintas partes de su rostro, en la manera en la que las puntas de los dedos también se le han oscurecido como si los hubiera hundido en cenizas.

Sin embargo, nada de eso la inquieta tanto como la despreocupación que cuelga de su sonrisa. No encaja. No tiene ningún sentido con todo lo que ha pasado esa noche. No es la primera vez que lo piensa en esas horas, pero ahora está casi segura de que algo no va como debería.

Aun así, entorna los ojos y pregunta:

—¿De qué oferta estás hablando?

—Lo sabes perfectamente. Todos la escuchamos en el jardín y te la ha repetido ahí dentro.

—¿Estabas espiando?

La manera en la que Nathan ensancha el gesto en su boca termina de convencerla de que ese no es el chico que conoce. Aunque puede ser burlón e irónico, nunca ha sonreído así, tan ampliamente, con esos dientes que están más afilados que nunca.

—Vuestras peleas siempre son interesantes, no podía perderme esta.

Ese comentario podría haberlo hecho él, pero ya es tarde para engañarla.

—Tú no eres Nathan.

La criatura que se esconde bajo ese rostro ni siquiera trata de disimular que está en lo cierto.

Es tan evidente que Elira se pregunta cuánto tiempo lleva el demonio moviendo ese cuerpo.

¿En qué momento de la noche le ha dejado espacio Nathan?

¿Por qué? ¿Piensa que así va a ser más fácil enfrentar todo lo que está pasando?

No es buena idea. Está a punto de decírselo, está a punto de preguntar si han llegado a un trato o la criatura se ha adueñado de su voluntad sin más, pero entonces él se mete las manos en los bolsillos del pantalón y se acerca a ella con calma.

—Creo que deberías aceptar —sugiere.

Ella alza las cejas, incrédula.

—¿Aceptar el qué?

—Ser la emperatriz de Astrey.

Elira chasquea la lengua antes de lanzar un vistazo hacia la puerta del despacho.

Le gustaría negarse en redondo a conversar sobre ese disparate, pero también quiere hablar con Nathan, con el de verdad.

Quiere saber cómo se encuentra, así que tan solo echa a andar por el pasillo, consciente de que el demonio que mueve el cuerpo de su amigo va a seguirla.

—Yo nunca he querido ser emperatriz.

—Porque la posibilidad nunca había estado sobre la mesa, pero ahora sí lo está.

—La bruja frunce el ceño y abre la boca para decirle que esa no es la razón por la que no se lo había planteado, que es una cuestión de valores, de aquello contra lo que ha luchado durante toda su vida.

Sin embargo, el demonio de Nathan se adelanta—: Querías un mundo más justo, ¿no?

Un mundo más libre. Podrías ayudar a construirlo.

Un imperio no tiene por qué ser lo que el Inmortal creó y luego su esposa continuó.

—Los imperios se crean eliminando la autonomía de…

—¿De qué? ¿De los distintos reinos? ¿Y es esa autonomía más importante que un bien mayor?

—Elira frunce el ceño y mira de reojo a ese rostro tan conocido y extraño a la vez—.

Te diré una cosa: he vivido mucho más de lo que vivirás tú, más de lo que vivió incluso el Inmortal; he acompañado a cientos de brujos a lo largo de mi existencia y por eso sé que el problema no siempre son los sistemas de gobierno, sino los gobernantes.

—Elira abre la boca, pero de nuevo el demonio no le da espacio para ninguna réplica—: ¿Qué podrías hacer tú siendo emperatriz?

¿Alguna vez lo has pensado? Creo que Astrey sí.

Creo que ha tenido mucho tiempo para reflexionar al respecto y que lo más probable, de hecho, es que sepa exactamente qué tipo de emperatriz serías.

Una que se preocuparía por todas y cada una de las regiones que conformasen sus terrenos.

Una que intentaría recuperar sus historias, sus lenguas, sus símbolos.

Al mismo tiempo, todos esos territorios responderían a la misma corona, así que…

no habría guerras. No habría confrontaciones.

Alguien como tú podría conseguir un mundo en paz, podría acabar incluso con los conflictos con los celestiales. Dime que no te suena bien.

Tan bien que está segura de que es imposible. Suena a mentira, a manipulación, y supone que eso es lo que puede esperar de un demonio que controla un cuerpo humano.

—¿Por qué estás tú al mando? —pregunta ella, tras detenerse en medio del pasillo. Se niega a discutir de política con una criatura que prospera en el caos—. Déjame hablar con Nathan. Quiero saber cómo está.

Él se encoge de hombros. Lo hace con fluidez, como si, al margen de la sonrisa, le resultara muy fácil manejar esa apariencia.

—Lamentablemente, la noche ha sido demasiado intensa para nuestro amigo y me ha pedido un descanso. Pero, por si te lo preguntas, creo que él estaría de acuerdo conmigo.

—Lo dudo mucho. Astrey también lo ha engañado a él. Nos ha engañado a todos. Probablemente nunca fue casual que lo encontrara y lo trajera ante mí. Ha tenido la mirada puesta en el Amuleto todo este tiempo, esperando una oportunidad. Y, en cuanto se ha presentado, la ha aprovechado.

Del mismo modo que hizo con ella. El pensamiento hace que la ira vuelva a bullir en su estómago, pero también hay algo más.

Es una emoción que hace eco a las últimas palabras de Astrey: «He deseado esto toda mi vida, no he dejado de planear cómo llegar hasta aquí, pero hay cosas que escaparon a mi control» .

No es cierto. «Cosas que no te he dicho pero que creo que ambos sabemos» .

No. Las cosas que no se pronuncian no existen, así que no va a permitir que algo que es apenas un fantasma, una ilusión, le nuble la razón.

—Lo cierto es que para nosotros la situación no es tan terrible como crees.

—Elira alza las cejas, incrédula—. ¿Qué te resulta tan inconcebible?

El chico ha descubierto esta noche que el Amuleto en realidad nunca fue suyo, sino que siempre le perteneció a la emperatriz: él solo heredó algo robado.

Eso le ha resultado mucho más complicado de encajar que los tejemanejes de Astrey.

Cuando toda tu vida ha sido una mentira, una más no tiene mayor importancia.

Elira hace un mohín, sin saber qué decir.

Ha estado tan centrada en sí misma, en su dolor, en su desengaño y en las consecuencias de la nueva situación, que no ha tenido tiempo de pensar en cómo podría sentirse Nathan.

A ella todavía le quedan algunas seguridades, cosas a las que aferrarse más allá de la decepción, pero a ese chico…

—No te preocupes —continúa el demonio—. Astrey nos ayudará a recuperar lo que queremos y entonces todo volverá a estar bien.

En realidad, su pequeña conspiración nos va a ahorrar un montón de problemas.

Que lidie él con el Amuleto. Nosotros, de todos modos, solo lo queríamos para una cosa, y él nos la va a conceder.

La bruja se estremece, aunque no sabe si es por las implicaciones de esas palabras o porque de pronto se da cuenta de lo unidos que están demonio y persona.

A veces, los demonios ocupan cuerpos solo como una excusa para dominarlos, pero mantienen su personalidad, sus intereses propios, su identidad.

En otros casos, sin embargo, demonio y brujo se mezclan tanto que la individualidad de ambos desaparece por completo.

El hecho de que el demonio hable de «nosotros» como un todo le da la pista de que eso es lo que sucede con Nathan y él. Una simbiosis perfecta.

—Te refieres al chico del que Nathan estaba enamorado.

—Siempre fue el plan. Recuperarlo era lo que le daba sentido a todo.

—¿Por eso defiendes a Astrey? —replica, frustrada—. ¿Porque para vosotros es mucho más importante que el Amuleto pueda devolveros a esa persona que todo lo que podría provocar?

—Del mismo modo que fue más importante salvarte a ti en Ilan, Elira Surya.

Esas palabras son como una bofetada. Le parece que es algo más que cae sobre su estómago, en ese lugar en el que se están acumulando demasiadas cosas.

No puede defenderse, del mismo modo que no ha podido hacerlo cuando Astrey le ha preguntado si no agradecía el tiempo de más que se le había dado. Sí que lo hace.

Pero eso no significa que nada de eso esté bien.

—Quiero hablar con Nathan —insiste—. Devuélvele su cuerpo.

El demonio suspira, como si la conversación empezase a aburrirlo.

—El problema es que Nathan solo quiere hablar con una persona, Elira. Mientras Adam Rheiz no vuelva, él tampoco lo hará.

Es un error. Es peligroso. Por eso se echa hacia delante y lo toma del brazo, clavándole las uñas en la piel.

—¡Nathan! Escúchame, estés donde estés: no puedes dejar que el demonio tome el control por completo o te arriesgas a olvidarte de ti mismo. Sé que estás confundido, sé que todo lo que ha pasado es complicado, pero…

—Nathan confía en mí, Elira. —La sonrisa del demonio retuerce los labios del antiguo Portador.

La mira como si creyera que está haciendo el ridículo—.

Sabe que haré todo lo que haga falta para cubrir sus intereses y que cuidaré este cuerpo.

Así que te aconsejo que vayas acostumbrándote a mi presencia.

La facilidad con la que se suelta de su agarre, de un solo tirón, hace que Elira se tambalee. Nathan retrocede un par de pasos antes de darle la espalda pero, antes de empezar a alejarse, como si se hubiera dado cuenta de algo, le lanza una mirada por encima del hombro.

—Piensa, Elira Surya. Astrey ha tomado sus decisiones, nosotros también. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer tú? —Sus palabras caen en ese lugar en el que todo arde—. Tienes la oportunidad de ayudar a cambiar el mundo, como siempre has querido: ¿la vas a desaprovechar?