La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #3
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Astrey #3

—No puedo saberlo. Para mí solo eres un desconocido, Astrey Brynsen.

La bruja se lleva una mano al brazo, como si su contacto le hubiera quemado la piel.

Mientras, él aprieta los dedos alrededor del aire.

Podría decirle muchas cosas. Podría intentar explicar de nuevo lo que quiere hacer, podría intentar contarle su historia.

Podría tratar de ganársela hablándole de las cosas que podrá hacer en Orlaith.

Podría excusarse, pedir perdón, obligarla a mirarlo hasta que lo reconozca.

Podría, incluso, usar el Amuleto para volver al comienzo de la conversación.

Elegiría las palabras con más cuidado, le demostraría que no tiene nada que temer, la convencería de que sigue siendo el mismo.

Que Astrey y Astrey Linsen y Astrey Brynsen y la serpiente son la misma persona.

Podría recordarle todas las ocasiones en que ha pronunciado su nombre, la forma en la que sus besos tienen que arderle todavía bajo los labios y la piel.

Podría llamarla «mi reina» y «mi emperatriz» y suplicar de rodillas hasta romper todos sus muros.

Hasta recuperar esa confianza que ha dejado que se quiebre en mil pedazos.

Pero de pronto se siente muy cansado. De pronto todo lo que puede hacer es asentir y retroceder un paso.

—¿Qué haces aquí entonces, Elira? ¿Qué quieres de alguien a quien ni siquiera conoces?

La mujer respira hondo. Aprieta un poco más los dedos alrededor de su brazo.

—Una audiencia con la canciller Ratna Adisen. Quiero hablar con ella de la situación y quiero tu palabra de que no te entrometerás en mis asuntos con Orlaith. Si te he importado en algún momento, me concederás al menos eso.

Le ofende que se atreva a ponerlo en duda, pero está bien. Si lo que necesita son demostraciones, puede dárselas.

—Tendrás esa audiencia.

—Bien. Nos quedaremos hasta entonces. Ni un día más.

Elira gira sobre sus talones. Aunque trata de aparentar seguridad, él la conoce lo suficiente como para reconocer que sus pasos son pesados, carentes de su agilidad habitual, como si alguien le hubiera robado la energía.

Está seguro de que su conversación la ha debilitado más que cualquier herida que Iraides de Odelia le haya infligido y es consciente también de que, aunque parezca lo contrario, eso significa que no todo está perdido.

Clava los ojos en su espalda mientras la ve marchar. Quiere detenerla. Quiere volver a sujetarla del brazo. En su lugar, solo dice:

—Elira.

Su nombre cae de sus labios con la misma fragilidad que siente en la voz, con la consistencia de todas las veces que lo ha pronunciado en la penumbra, a punto de dormirse a su lado.

Durante un par de segundos, se pregunta si ella no lo ha oído o si no ha querido escucharlo.

Son el par de pasos que ella avanza antes de detenerse.

La ve titubear, como si considerase que pararse a escucharlo es darle demasiado poder.

Al final, sin embargo, se queda muy quieta, con la garra todavía cerrada alrededor del brazo que él ha tocado, como si estuviera intentando tapar una herida sangrante, como si la hubiera ensuciado de una manera irremediable.

No habla. No hace ademán de darse la vuelta.

—Tienes razón —continúa él—. Cuando te conocí pensé que podrías serme útil.

Al principio, al menos. Pero, cuanto más veía de ti, cuanto más veía de tu misión, del grupo de rebeldes que habías formado, de cómo los organizabas, de cómo te esforzabas, ya no solo por tu reino, sino por el bien de Evren…

, más pensaba que quizá podía hacer algo por ti.

Que, tal vez, si conseguía llegar hasta aquí, habría alguna forma de ayudarte.

Igual que una vez tú me ayudaste a mí. —Lo ha hecho más de lo que ella es consciente.

No se trata solo del tiempo que estuvieron en Ilan, de su ayuda contra Fabrice, sino de todas esas pequeñas cosas que nunca le ha confesado—.

Tienes todo el derecho del mundo a desconfiar de mí, pero la realidad es que hace mucho que no pienso solo en lo que yo deseo, sino en lo que ambos podríamos conseguir.

—Calla. Uno. Dos latidos. Ella sigue quieta, escuchando—.

He deseado esto toda mi vida, no he dejado de planear cómo llegar hasta aquí, pero hay cosas que escaparon a mi control.

Cosas que no te he dicho pero que creo que ambos sabemos.

Cosas que no puede decir, ni siquiera ahora. Él, que siempre se ha enorgullecido de su elocuencia, que siempre se ha creído capaz de engatusar a todo el mundo, se encuentra atragantándose con las dos palabras más sencillas del mundo, quizá porque nadie se las ha enseñado nunca.

Elira no responde. Astrey oye cómo toma aire, como si de pronto le dolieran todas las heridas que lleva en el cuerpo, pero después, la bruja retoma la marcha y sale del despacho.

Astrey sabe que es la persona más poderosa del mundo en ese momento. Tiene un demonio fuerte bajo la piel, un imperio a sus pies y el legado de un dios sobre el pecho.

Aun así, el portazo le hace sentir derrotado.