Astrey #2
—Si alguna vez has pensado que podría aceptar una propuesta como esa, es que no me conoces.
—La voz de la bruja se alza hasta asemejarse a un graznido—.
¿Crees que luchaba contra el Imperio solo por Orlaith?
¿Crees que no soy consciente de su historia?
Y tú no puedes reescribirla, Astrey. No puedes borrar todo el sufrimiento sobre el que se ha construido ese trono en el que quieres sentarte. Ni siquiera con el Amuleto del Tiempo.
En realidad, sí que podría hacerlo. Puede volver tan atrás como desee. Para él, ahora el pasado no es más que otra materia fácil de moldear.
—No pretendo reescribir la historia. Lo único que quiero es escribir un nuevo capítulo más brillante.
—¿Y qué pasará cuando algo no salga como esperas? ¿Qué pasará cuando algo se tuerza en tu mundo ideal y te creas con el poder de hacer pequeñas reparaciones?
—¿Y qué tendría de malo? He escuchado todas tus lecciones, Elira, pero sobre todo crecí en este lugar, escuchando las historias de mi propio padre sobre el Amuleto. Sé cómo funciona, sé cómo se usa y por eso precisamente me he encargado incluso de conseguir una fuente ilimitada de tiempo.
Aunque pretendía que eso la relajara, sabe que ha cometido un error en cuanto cierra la boca. Las plumas del rostro de Elira tiemblan cuando da el siguiente paso hacia delante.
—No recuerdo que nuestros sueños de utopía empezaran con la esclavitud de nadie —gruñe.
—Una persona a cambio de salvar a miles.
Me parece un trato más que equilibrado. ¿En qué se diferencia de lo que querías hacer tú?
¿Acaso no viniste aquí con la idea de matar a Iraides de Odelia?
Por el bien de los rebeldes. Por el bien de tu pueblo.
Y, antes de eso, hubo una auténtica matanza en Ilan, pero fue en nombre de la revolución y gracias a eso ahora la región es libre.
—Sabes que no es…
—¿Lo mismo? ¿Por qué? Ni siquiera lo conoces. Por si no te ha quedado claro, Caleb trabajaba para la emperatriz. Pertenecía a su bando.
—Eso no significa nada. Tú pertenecías al mío y es obvio que en realidad tenías tus propios objetivos.
Astrey resopla. La voz de Elira se mezcla con la de su demonio, que lo sigue llamando desde dentro, aprovechando el caos de sentimientos que se le desata en el pecho: «No te está escuchando.
No quiere escucharte. Te ha convertido en el villano de la historia y no hay forma de que cambie de parecer».
El espíritu trata de ignorarlo y se concentra solo en la bruja.
Es cierto, no siempre ha sido sincero y le concede que tiene derecho a estar molesta.
Tiene derecho a desconfiar. Pero no a considerarlo…
malvado. No es una persona sin sentimientos.
No quiere destruir el mundo, sino convertirlo en un paraíso.
—A veces hay males necesarios, tú lo sabes mejor que nadie. Si Caleb es una herramienta útil, ¿por qué no lo voy a usar? Si el Amuleto es una herramienta útil, ¿por qué no lo vamos a usar? Ya te lo dije cuando llevé a Nathan hasta ti. Y tenía razón, ¿verdad?
La comisura derecha de Elira se alza en un movimiento tan involuntario como tembloroso.
—¿Eso es lo que pensaste cuando me conociste? ¿Que era una herramienta útil que usar? ¿Que engañarme era un mal necesario?
El suelo se agrieta bajo sus pies. Astrey lo siente, incluso si no se atreve a mirar hacia abajo por el vértigo de caer en la oscuridad.
Si solo entrase en razón, ella podría salvarlo de ese destino, podría extender las alas y volar hasta él, tomarlo de los hombros y alzarlo en el aire como cuando el teatro de Ilan se derrumbó.
Pero esta vez no va a hacerlo. No va a darle ni una sola oportunidad de salvarse.
«Déjala ir. No la necesitas para nada».
Sí. El demonio tiene razón. Él le ha enseñado que a veces se aferra con demasiada fuerza a otras personas, pero quien quiere ascender en la vida, quien quiere llegar a lo más alto, no puede tener pesos muertos que lo lastren.
Debería apartarse cuanto antes del borde de ese precipicio, en vez de dejarse arrastrar hacia las profundidades.
Pero en lugar de eso, da un paso hacia delante. En lugar de retroceder, de soltar, aprieta los dedos con más fuerza alrededor de ese frágil vínculo que los une.
—No pongas en mi boca palabras que yo no he pronunciado, Elira.
Sabes que no es así. Nunca ha sido así contigo.
—Ella parece a punto de responderle, pero él se adelanta—: Lo que pensé es que no éramos tan diferentes.
Hablabas de tu misión con tanto entusiasmo, de la justicia y de la necesidad de alumbrar un mundo nuevo, que incluso me animaste, sin saberlo, a no apartar la vista de mis propios deseos.
Ella no se mueve. La comisura alzada ha vuelto a hundirse. Sus ojos naranjas han empalidecido, opacados por una capa de hielo.
—Pero no me gané tu confianza o me habrías contado tus planes, igual que yo compartía los míos contigo. Nunca me dijiste de dónde venías, aunque tú lo sabías todo de mí.
El segundo paso que Astrey da es un poco tambaleante, como si el estrecho puente que está cruzando amenazase con quebrarse bajo su peso.
—¿Y qué habrías hecho si lo hubieras sabido todo? ¿No habrías desconfiado de mí? ¿No habrías intentado disuadirme?
—¡Por supuesto que sí! —Elira estalla, pero esta vez en su voz se cuela algo más que ira.
Incredulidad. Tristeza. Decepción—. ¡Porque es una locura, Astrey!
¡Porque el Amuleto no debe ser usado sin control y tú planeas construir un mundo imposible con él!
¡Un mundo en el que la muerte ni siquiera exista, aunque morir es lo más humano que podemos hacer!
No, se equivoca. Lo más humano que puede hacerse es vivir.
¿Quién decidió que los humanos debían morir?
¿Por qué ellos tienen que renacer, olvidar todo lo que han hecho en sus vidas anteriores, mientras los dioses son eternos?
No es justo. Y quizá por eso existe el Amuleto del Tiempo.
Quizá fue el último regalo que Chronos les dio a los mortales entre los que caminaba.
—¿Me vas a decir que no agradeces el tiempo que Nathan te dio cuando te salvó en Ilan? —Dos pasos más—. Si mañana Tamir o Denna murieran en una misión, ¿no harías todo lo que estuviera en tu mano para tenerlos de nuevo a tu lado…?
Elira hace un mohín, pero no responde. Es ahí donde Astrey ve la oportunidad, donde siente que el camino hacia ella se convierte en algo un poco más firme.
Ansioso por recorrerlo, acaricia algunos de los anillos que lleva en la mano y avanza.
El abismo le parece una sombra, un juego más de esa mente imaginativa que se ocultaba tras las cortinas para intentar sorprender a sus hermanos, pensando que conocía los mejores escondites de todo el palacio.
Cuando atrapa a Elira del brazo, le gustaría estar en medio de uno de esos juegos, pero la expresión de ella destruye por completo la fantasía.
La manera en la que se zafa de él, como si ni siquiera soportara pensar en esos dedos que la han acariciado tantas veces de nuevo sobre su cuerpo, le resulta más efectiva que cualquier golpe.
—No me toques.
Astrey tarda en reaccionar, sorprendido. No se trata tanto de su rechazo como de la precaución y la tensión con la que lo observa. Nunca lo ha temido, pero ahora casi parece hacerlo. Lo mira como si de pronto fuera su enemigo. Como si no estuviera segura de qué esperar de él.
Con esa mirada, lo deja caer al abismo sin posibilidad de retorno.
«Cree que eres un monstruo», sentencia la voz en su cabeza.
—No soy un monstruo —murmura él, sin tener claro a quién se dirige.
Elira alza la barbilla, digna y orgullosa como solo puede serlo una reina.