La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Astrey Brynsen casi ha olvidado lo que significa tener un hogar.

Desde que se marchó de la casa que compartía con su tío y con Caleb en Arsay, no ha vuelto a sentirse parte de ningún sitio.

Ni siquiera en Ilan, donde pasó años enteros, ni en las montañas de Orlaith, donde el refugio de los rebeldes solo se sentía como un lugar en el que descansar durante unos días.

El resto del tiempo ha estado viajando y una parte de él esperaba que, cuando volviese al palacio donde nació, esa sensación de no tener un espacio propio desapareciese por fin.

No es así.

Por supuesto, reconoce el lugar. Reconoce las interminables escaleras y los pasillos laberínticos.

Todavía recuerda cada puerta, con sus intrincados grabados, y puede orientarse gracias a ellas, igual que puede hacer que todo el plano del edificio se transforme a su voluntad.

Es satisfactorio ver que esas paredes lo aceptan como legítimo heredero (como legítimo emperador) y cambian a su antojo, igual que lo hacían durante los juegos de su infancia.

Pero esa felicidad inocente que sentía por aquel entonces ya no está, ni siquiera cuando entra en el despacho de su padre y se da cuenta de que allí todo sigue igual.

Eso debería transportarlo al pasado, debería arrancarle una sonrisa.

Debería poder ver al hombre de largos cabellos rubios de espaldas a la puerta, concentrado en esas ventanas que pueden mostrar escenarios de cualquiera de los territorios del Imperio.

Debería poder imaginarlo sentado tras la mesa negra que preside la estancia, rodeado de libros y papeles, pero siempre con un poco de tiempo para él.

Para contarle una historia, para cumplirle un capricho estúpido, como que el postre de la cena de ese día fuese la fruta escarchada que tanto le gustaba a su madre.

Astrey entra en la estancia y deja que la espesa alfombra se trague sus pasos. Al este, la luz del amanecer no es más que un rastro pálido en el horizonte.

—Sé que estás enfadada.

No necesita girarse hacia la figura que se ha quedado bajo el dintel de la puerta para sentir su mirada ardiente en la nuca.

—¿Enfadada? Decir que estoy enfadada es un eufemismo, Brynsen .

—Elira escupe el apellido incluso con más brusquedad con la que solía pronunciar «Linsen», como si fuera el insulto más grosero que le viniera a la cabeza—.

Me has traicionado. Me has mentido y te has burlado de mí de tantas formas que…

—Yo jamás me he burlado de ti.

Astrey se da la vuelta por fin, aunque tiene que mentalizarse para enfrentarse a ella. La ha visto enfadada en otras ocasiones, en algunas incluso con él, pero sabe que ninguna de esas veces tiene nada que ver con esta.

—Ah, ¿no? ¿Y cómo llamarías tú a lo que me has hecho?

La bruja está herida, tiene la ropa destrozada y manchada de sangre, y lo único que él quiere hacer es poner en marcha el Amuleto para borrar cualquier rastro de sufrimiento, pero se contiene.

Primero tiene que convencerla de su visión.

Tiene que conseguir que comprenda su perspectiva, que la comparta, que piense en todo lo que podrían lograr si colaborasen.

No va a ser fácil. A Elira parece requerirle mucho menos esfuerzo permanecer de pie que contenerse para no atacarlo. Por la manera en la que aprieta los puños, resulta evidente que le cuesta mantener las garras guardadas en vez de usarlas para rajarle la cara.

—Puede que te haya… ocultado cosas sobre mí —admite Astrey.

Con cuidado. Con suavidad. Como si esas palabras fueran la primera piedra del puente que debe construir para salvar el abismo que se abre ante ellos—.

Pero ya te lo he dicho: nunca te he mentido, Elira.

Sí, tenía mis propios planes, pero en ellos siempre ha habido lugar para ti y tus deseos.

Ahora que el Imperio está en mis manos, Orlaith puede ser tuyo.

Puede ser libre, sin guerras, sin enfrentamientos.

Me encargaré de ordenar su independencia y tu coronación hoy mismo si tú me lo pides. ¿No es lo que querías?

Aunque estaba convencido de que esas palabras eran las correctas para generar al menos una fisura en su compañera, las plumas del rostro de Elira se erizan al escucharlo.

—Si crees que puedes tomar esa decisión es porque no eres más que otro emperador que piensa que puede hacer lo que quiera con todo Evren, como el que nos subyugó.

No tienes derecho a ordenar mi coronación porque nadie debería poder ofrecerle un reino a otra persona como regalo.

Las tierras y las gentes que viven en ellas no son algo sobre lo que puedas decidir sin más.

—La bruja da un paso al frente, pero no es un gesto de cercanía, sino de amenaza—.

No puedes decir que crees en mi misión y estar dispuesto a convertirte en un tirano.

Esa es una acusación ridícula. ¿No escuchó lo que dijo cuando se sentó en el trono?

Su idea es hacer las cosas de manera diferente.

Su idea es convertir Evren en un lugar mejor.

No ve qué tiene de malo. Sí, le ha ofrecido Orlaith, pero porque Elira es la reina que ese lugar merece.

Ella podría devolver el esplendor a esa nación y borrar, poco a poco, las huellas que el Imperio ha dejado en él.

De hecho, quizá ni siquiera tenga por qué salir del Imperio para que eso ocurra.

Eso lo piensa, pero no lo dice porque es consciente de que ella no está preparada para escuchar ciertas posibilidades. Poco a poco. Paso a paso. Reconquistar territorios es mucho más fácil que reconquistarla a ella. No puede precipitarse.

—No pretendo instaurar una tiranía, Elira, sino crear un lugar más brillante. ¿No es de lo que siempre hablábamos cuando nos conocimos? Tengo docenas de cartas tuyas en las que soñabas con un mundo mejor.

—¿Mejor para quién? De momento, solo para ti.

—No es cierto. Estás dolida y lo entiendo, pero…

—No puedes acceder a un trono e imponer el mundo que tú desees.

—Elira da otro paso adelante, con los puños tan apretados que Astrey está seguro de que se está haciendo daño.

Algo en su expresión amenaza con perder el control, con transformarse en la arpía de los rumores, la que es capaz de arrancar ojos y corazones—.

No puedes hacerte con el Amuleto del Tiempo y usarlo como te apetezca para gobernar un imperio, porque entonces solo eres… otro humano jugando a ser un dios.

—Crees que voy a ser como mi padre.

No es una pregunta, sino una confirmación que cae sobre ellos con algo que Astrey no reconoce de inmediato, aunque el sentimiento le es familiar.

Decepción. Una punzada en el pecho que tiene un regusto a tristeza y rabia.

En realidad, ni siquiera sabe de qué se sorprende.

Es la comparación más obvia, pese a que él nunca ha visto el parecido entre los dos.

Astrey siempre fue más parecido a su madre, todo el mundo lo decía.

Pero, por supuesto, a ella nadie la recuerda.

Elira ni siquiera trata de negarlo. Entorna los ojos, dos llamas candentes en las que él siempre ha estado dispuesto a arder pero que ahora queman demasiado.

—Creo que es muy fácil perder el rumbo cuando tienes el Amuleto al cuello y todo un imperio bajo tu mando.

—Es más complicado perder el rumbo si tienes a alguien a tu lado para recordarte cuál es el objetivo —replica él.

Sus palabras son suaves, como el paso que da hacia ella, sin importarle acercarse a ese precipicio que todavía hay entre ellos—.

Mi padre no lo tuvo, no le hacía caso a nadie porque no creía que nadie estuviera a su altura.

Pero eso nunca ha sido así con nosotros, ¿no?

Elira tiene los labios casi blancos de mantenerlos apretados.

En todo ese rato no le ha apartado la vista ni una sola vez, porque ella siempre habla de frente.

Astrey aprendió muy pronto que, cuando discute, la bruja considera que rehuir los ojos de la otra persona es un signo de debilidad.

Y no puede permitirse demostrar ni un ápice de algo semejante.

La mueca que hace, sin embargo, le indica que sus palabras no le gustan.

—No eres tan idiota como para pensar que podías traicionarme y seguir manteniéndome a tu lado.

No, no lo es, porque no considera que sea ninguna estupidez.

Puede mantenerla a su lado. Puede ofrecerle todo lo que desea.

Él es justo lo que Elira necesita, del mismo modo que ella es justo lo que necesita Astrey.

En el fondo, está seguro de que lo sabe.

Que están hechos el uno para el otro; que ella, de haber estado en su lugar, habría hecho las cosas de manera muy parecida; que a veces el fin justifica los medios.

Esta es solo una más de esas situaciones en las que ella se debate entre la lógica y sus deseos, pero él siempre ha sido un experto en inclinar su balanza hacia el lado correcto.

—¿Por qué no? Podríamos gobernar Odelia juntos, Elira. Podríamos convertir el Imperio en la utopía que un día soñamos.

La mujer no es la única que se tensa ante la propuesta: bajo su piel, el demonio de Astrey se revuelve.

«No la necesitas. El poder es todo tuyo, ¿por qué compartirlo?

». No es eso. No se trata de compartir el poder, sino de tenerla de su lado.

Elira es una de las personas más inteligentes que conoce.

Ha estudiado el Amuleto y está más preparada para gobernar que él.

«No es por eso. No intentes mentirme», le dice esa voz áspera y peligrosa.

No. Quizá no es solo por eso. Pero ¿no se lo merece después de haber llegado tan alto?

Un poco de felicidad. Un poco de compañía.

Una familia.

Aunque para eso primero tiene que convencer a Elira.