Darien #3
Derek quiere intervenir, pero pese a lo firme que es a la hora de encarar a Darien, con Ishtar no funciona así.
Siempre que lo ha visto pelearse con ella ha sido en esa especie de juego que parecían traerse, pero ahora no hay bromas de por medio, solo silencio y miedo.
No sabe cómo responder. A Darien le da la impresión de que apenas sabe cómo mirarla, porque Ishtar siempre se ha mostrado optimista, con más ganas de vivir que nadie, así que esa muchacha cansada debe de resultarle una extraña.
La tensión se alarga unos segundos más, hasta que el celestial se obliga a hablar:
—¿Y qué quieres hacer?
Ishtar se fija en él, sin comprender a qué se refiere.
Probablemente estaba preparada para seguir discutiendo, pero Darien no quiere.
No va a hacerlo. No quiere perder el tiempo, sobre todo cuando no sabe cuánto le queda a Ishtar.
Si su decisión es definitiva y su enfermedad puede llevársela de repente, quiere sentir que al menos ha hecho algo por ella.
Ella ha hecho mucho por él, aunque quizá ni siquiera sea consciente.
—¿Qué quieres hacer? —insiste. Tiene que parpadear para no llorar mientras se acerca un paso a ella—.
Dices que crees que Astrey va a cumplir su palabra y no va a ir detrás de ti y Caleb tiene mi medallón, por lo que encontrará la forma de llegar hasta nosotros estemos donde estemos, así que…
¿cuál es el siguiente paso? Podemos ir a Arsay o a donde tú quieras.
¿Qué es lo que siempre has soñado? Si murieses mañana, ¿qué odiarías no haber hecho?
En realidad, está bastante seguro de la respuesta. La primera cosa que aprendió de esa chica al tocarla fue que desearía no estar enferma, pero hay algo más que siempre ha estado ahí. Un deseo que su madre no le dejó cumplir para protegerla.
—Odiaría… —Ishtar traga saliva y después baja la vista—.
Odiaría no haber conseguido entrar en un nido y hacer un Trato.
Odiaría no haber conseguido ser una bruja.
—Lo dice en voz muy baja, como si pensara que no es un deseo a la altura de la situación, poco más que la ensoñación de una niña—.
Odiaría… Odiaría irme sin demostrarle a todo el mundo que podía hacerlo, que mi madre siempre me protegió más de lo que debía. Sin demostrármelo a mí misma.
Darien contiene las lágrimas, abrumado por el dolor y la lástima, pero también por el orgullo que le muerde el pecho, por el cariño.
A la Ishtar derrotada, envuelta en remordimientos y pena, no la había visto hasta hoy, pero a esa, a la que habla de demostrarle a la gente que está equivocada, la quiere más de lo que pensó que podría querer a alguien de Odelia.
—No voy a llevarte a Yuda. —Derek todavía tiene la expresión contorsionada en una mueca cuando se gira hacia Darien, que está a punto de replicar, de luchar por su amiga y por la única cosa que ha pedido jamás, pero entonces lo ve alzar una mano para detenerlo.
Suspira con cansancio—. Sigo pensando que quedarnos en el Imperio es un error, así que el plan de ir a Arsay sigue en pie.
Allí también hay nidos de demonios. —Pese a que es obvio que todavía se resiste a aceptar ese objetivo, se dirige a Ishtar—.
Tendremos que viajar un poco más lejos, pero solo tienes que dar la orden.
El pecho de la princesa tiembla cuando se hincha, como si volviera a costarle respirar.
Las lágrimas habían dejado de caer, pero una última resbala cerca de su nariz y se desliza hasta sus labios, que se aprietan antes de extenderse en una pequeña sonrisa.
No es el gesto de diablillo de siempre, pero es real, y en él Darien ve escondido el recuerdo de la niña que un día fue y la sombra de la muchacha que le pidió a los necromantes que la llevaran a Yuda.
La misma que después le rogó a Caleb que la dejara vivir.
La que cada vez que tenía una recaída ha tenido que pronunciar que todavía quería ser salvada.
La mujer que toma sus propias decisiones.
—Ya no puedo pagarte —dice, como si creyese de verdad que eso va a detener a Derek—. Y he jugado con tu tiempo. Y lo volvería a hacer. Si la noche empezase de nuevo, no perdería la oportunidad de traerte a la vida otra vez.
—Si la noche empezase de nuevo, yo no dudaría en protegerte otra vez. —El necromante se encoge de hombros—. Supongo que no somos tan diferentes.
Ambos se miran por una eternidad, como si se estuvieran midiendo. Parecen hablar sin mover los labios, de una forma que Darien reconoce a la perfección. Es ella la primera en apartar la mirada.
—Está bien. —La princesa se recompone como puede, se alisa el vestido y se pasa una mano por el cabello—. ¿Me ayudaréis a convertirme en bruja?
«¿Me ayudarías a conseguir un demonio?».
Eso fue lo que le preguntó a Darien aquel día, en el recibidor de palacio, con la sonrisa retorcida de quien se burla de otra persona.
Ahora él duda menos de lo que jamás se había imaginado.
Quizá, si tuviera su medallón al cuello, se plantearía si ayudar a alguien a conseguir un Trato es lo correcto.
Quizá, si no hubiera averiguado lo que Destino quiere para él, habría puesto en duda que ese plan pudiera ayudar a Ishtar.
Pero en ese momento, consciente de que él quizá nunca tenga lo que quiere, cumplirle un deseo a una amiga le parece la opción más lógica.
Por eso, pese a todo, se esfuerza por convocar una sonrisa para ella y responde:
—Pensé que no nos lo pedirías nunca.