La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien #2
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Darien #2

¿Arsay? La idea entra en su mente de forma muy lenta y, en cuanto lo alcanza por completo, empieza a negar con la cabeza casi de inmediato.

Un recuerdo demasiado vívido del día anterior lo desarma y su propia voz parece hacerse eco por toda Damira, por encima de la algarabía que suena en las calles.

«Llévame contigo», dijo. Pero la persona a la que se lo rogó ya no está ahí. Pisar esos bosques sin él a su lado le parece una traición.

—¿Y qué se supone que vamos a hacer allí? —Ishtar tampoco está convencida.

—Ocultarnos. Necesitamos alejarnos de aquí y encontrar un refugio en el que organizarnos. Tenemos que armar un plan para ayudar a Caleb si no logra escapar, recuperar tu trono y…

—¿Recuperar mi trono? —La muchacha suena incrédula, la voz al borde de una risa ahogada—.

No hay ningún trono que recuperar, Derek.

No voy a luchar por él. No soy una amenaza y el nuevo emperador lo sabe, igual que el resto de Odelia.

Igual que tú. —Su sonrisa se comba, se vuelve más irónica si cabe—.

Solo soy la princesa demasiado enferma como para conseguir un demonio.

—Eso no es…

—El trato era que te reviviese. —Ishtar se encoge de hombros, sin darle tiempo a continuar su protesta—. Eso es lo único que le pedí para apartarme de su camino. Él ha cumplido, así que yo también lo haré.

El silencio que sigue a esa confirmación es tan tenso que podría cortarse con un cuchillo.

Derek tiene los labios apretados y presiona con un poco más de fuerza los dedos contra la piel de su cuello.

Mencionar lo que ha ocurrido, lo que le ha pasado a él y no a Caleb o a Ishtar, funciona como un encantamiento que trae a su expresión el dolor y las contradicciones que debe de estar sintiendo.

Porque no puede ser fácil haber consagrado toda tu vida a Muerte para escapar de sus manos en el último instante.

Se supone que todo lo que hacen los necromantes es para respetar el ciclo y él, aun sin quererlo, lo ha roto por completo.

Él, aun sin quererlo, ha traicionado todo en lo que cree.

—No tenías ningún derecho a decidir sobre mi tiempo.

Aunque es un reproche, lo pronuncia en voz tan baja que se queda solo en un hecho.

Tampoco hace falta más para que Ishtar se tense.

Para que sus mejillas pierdan un poco más de color, sus ojos se abran con sorpresa y su respiración se entrecorte como si su enfermedad volviera a estar tendiéndole una trampa.

Aun así, no baja la vista. No pide perdón.

—Estabas… Estabas muerto . —La última palabra se le escapa de los labios como un jadeo. Como si el vestido le impidiera respirar, se lleva una mano al pecho y se aferra a la tela—. Por mí. Moriste para defenderme y ¿se supone que yo tenía que aceptarlo? ¿Por qué?

Derek no es capaz de mirarla cuando responde:

—Mi vida no vale un imperio, Ishtar.

—¡Por supuesto que sí! ¡Para mí, tu vida es…!

—Morí sin culpas. —Esta vez sí alza la mirada, la encara, choca con ella. La acalla solo con eso—. Y lo haría otra vez si es por salvarte a ti. Lo habría hecho para salvar a cualquier persona de mi familia y no me habría arrepentido jamás.

Ella se agarra con más desesperación todavía a su corpiño.

Las lágrimas están a punto de desbordársele y Darien desearía salir del callejón, darles al menos un poco de intimidad.

Siente que está siendo testigo de algo a lo que no ha sido invitado y que tiene que apartarse, pero, al mismo tiempo, es incapaz de moverse.

Lo peor de todo es que los entiende a ambos.

Entiende que Derek se marchase con la conciencia tranquila, consciente de que su sacrificio había salvado una vida tan querida para él, pero también entiende que Ishtar aprovechase la oportunidad de revivirlo.

Esa podría haber sido otra historia triste sobre un sacrificio.

Una vez más, un mártir y un corazón roto.

—No lo entiendes. —Ishtar desprende una tristeza devastadora cuando niega con la cabeza—.

Lo habría respetado si hubiera sido por Caleb.

Por Dyne. Por Darien. Pero no… no por mí.

¿No lo ves? Salvarme a mí no tiene ningún sentido.

Todo esto ha pasado por la obsesión de mi madre con darme más tiempo, por la mía con vivir.

—Una lágrima se descuelga por su mejilla, solitaria pero cargada de más tristeza que cualquier torrente—.

Estoy condenada, Derek. Hace tiempo que debería estar muerta, los dos lo sabemos.

Quizá… Quizá tendría que haber muerto hoy.

Quizá tendría que haber muerto hace años, cuando os contraté para que me llevarais a Yuda. Quizá entonces todo estaría bien…

Darien está acostumbrado a ese nudo que siente en el pecho, pero de repente le aprieta con una violencia que cree que le destrozará los huesos.

Ishtar suena resignada y eso lo hace todavía peor.

Está convencida de que eso es lo que tenía que pasar, lo que tiene que pasar y, aunque hubo un tiempo en el que él pensaba igual, ya no es esa persona.

Ya no es el chico que defiende las acciones de Destino.

Quizá ya ni siquiera sea el chico que piensa que el Amuleto del Tiempo no debe usarse bajo ninguna circunstancia.

Esa muchacha es su amiga, la mejor que ha tenido.

Gracias a que ha vivido tantos años ha podido conocerla.

—¿De qué estás hablando? —Derek está tan horrorizado que ni siquiera puede alzar la voz—. Mereces vivir tanto como cualquier otra persona, Ishtar.

Cuando él da un paso al frente, ella pega la espalda contra la pared del callejón. No puede retroceder más, pero eso es suficiente para poner entre ellos una distancia que al necromante debe de dolerle físicamente.

—Si la vida fuera algo que mereciéramos, el mundo sería un lugar mucho más justo.

Pero no es así. La vida tiene un principio y un final, lo queramos o no.

—Ishtar toma aire, como si algo se le hubiera quedado atascado en la garganta, pero parece más resuelta y calmada por momentos—.

El problema es que yo ya he intentado evitar el mío durante mucho tiempo.

Derek tensa la mandíbula, como si estuviera conteniéndose para no rogarle que se calle, para no pedirle que no siga hablando si no es para decirle que quiere vivir.

Si Caleb estuviera allí, ese sería el momento en el que pronunciaría las palabras adecuadas.

Convencería a Ishtar de que está hablando desde la rabia y la derrota, desde la tristeza que esa noche ha tenido que dejar dentro de ella, y encauzaría la situación.

Si él estuviera allí, ese callejón no sería un refugio improvisado, porque ya tendrían un plan.

Estarían saliendo de la ciudad o habrían encontrado un lugar en el que sentirse a salvo.

Pero Caleb no está ahí y lo único que quiere Darien es encontrar algo que decir, algo que realmente ayude a Ishtar. Todo lo que puede pronunciar, sin embargo, es:

—¿Por eso no le pediste al Portador más tiempo?

Cuando la princesa se gira hacia él con las lágrimas corriéndole por las mejillas, sabe que ya es demasiado tarde para tragarse sus propias palabras.

—Sí. Se acabó. —Aunque no duda al decirlo, no puede evitar que la voz le tiemble.

Alza las manos y trata de secarse la cara con algo parecido a la rabia, como si creyera que decir eso llorando le quita fuerza—.

No quiero más tiempo. Caleb me dijo que solo usaría su poder conmigo mientras yo se lo pidiera.

Y no voy… No voy a pedirlo más. Viviré lo que me quede, como pueda.

Aprovecharé el tiempo que tenga, pero no voy a robar ni un segundo más.

Darien sabe que es una decisión definitiva.

Que algo se ha roto dentro de Ishtar esa noche.

O quizá no sea que algo se ha roto, sino que algo ha encajado en su sitio.

Todo ha cambiado y ella ha tenido que cambiar a su vez para enfrentarse a ello.

Sabe, también, que él no tiene ningún derecho a llevarle la contraria.

Pese a ello, una parte de él, la parte a la que sus palabras le duelen como un hierro candente contra la piel, quiere creer que su resolución solo se debe a que está demasiado conmocionada con lo que han vivido en las últimas horas.

—Ishtar…