La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien
10%

Darien

DARIEN

Durante su cautiverio, Darien dejó que su mirada vagara por la ciudad al otro lado de la ventana en muchas ocasiones.

Se imaginaba escapando de palacio para desaparecer entre los edificios que no dejaban de transformarse, corriendo sin mirar atrás y encontrando su camino en medio del caos de las calles gracias a los recuerdos del día que desembarcó allí con Caleb.

Pero, en sus planes de huida, Damira no estaba de celebración.

En sus planes de huida, el sol brillaba en el cielo y él no tenía que enfrentarse a las multitudes, a la fiesta nocturna en la que, ajeno a lo que ha pasado en palacio, el pueblo de Odelia baila, ríe, bebe y deja que el caos más primitivo se adueñe de las calles.

Cubiertos por sus disfraces, el pequeño grupo se mezcla con la gente sin que nadie los mire dos veces, pese a que están manchados de sangre y las ropas de Derek son poco más que harapos llenos de agujeros.

Se mueven sin hablar, rápido, cada vez más rápido, siguiendo al necromante, que va al frente.

Ishtar, junto a él, se aferra con fuerza a su mano.

Al principio, en las calles que rodean el castillo, es fácil correr, pero se complica a medida que se adentran más y más en la ciudad.

Allá donde van hay gente y Darien se siente desbordado por la música que le vibra en el pecho, por las canciones entonadas a voz en grito, por el calor y el olor de la muchedumbre presionando a su alrededor, por la concentración que necesita para no permitir que su don se descontrole cada vez que una persona se tropieza con él.

Alguien lo pisa, alguien lo empuja; los dedos de Ishtar se escapan de su agarre y, cuando un grupo de bailarines lo arrolla, pierde de vista el disfraz dorado de la princesa imperial de forma definitiva.

El sensible siente el pánico como una bola en el pecho, hinchándose con cada segundo que pasa, con cada cara llena de escamas, de huesos, de vello y llamas y dientes.

Cuando alguien le pasa un brazo por los hombros con brusquedad, se encuentra con un rostro desconocido. Tiene una hilera de pequeños cuernos que le suben desde la nariz hasta la frente y unos ojos en los que giran mil colores.

—¿Se supone que eres un celestial?

Darien lo aparta de un empujón, en un acto reflejo, y se echa hacia atrás.

Imagina que lo han confundido con un brujo que lleva un disfraz provocador, una burla a los seguidores de Destino, así que se encuentra a sí mismo negando con la cabeza, intentando retroceder, pero su espalda choca contra alguien y de pronto está de pie en un páramo desierto, gritando mientras una criatura de dientes afilados le clava los dientes en los dedos y los devora.

La sangre corre por un hocico oscuro mientras se oye el crujido de los huesos cediendo bajo las fuertes mandíbulas, triturados en una masa sanguinolenta que…

—¡Darien!

Su nombre y un tirón en la túnica lo devuelven a la realidad.

Ante él hay un brujo que parece a punto de desmayarse, con la mirada perdida en esos dedos que alguna vez fueron humanos pero que ahora terminan en hueso desnudo.

El celestial lo ve alzar la vista hacia él y abrir la boca, pero entonces alguien vuelve a tirar de su ropa.

Cuando mira hacia atrás, se encuentra con Derek, alto e imponente incluso en medio de la bestialidad de los brujos.

Tiene una expresión severa y no duda en seguir forzándolo a avanzar, siempre con cuidado de no tocarlo directamente.

En un momento están en la calle concurrida y, al instante siguiente, el necromante lo lanza sin miramientos hacia un callejón.

El celestial tiene que luchar por mantener el equilibrio.

En el refugio del pasadizo, Ishtar está apoyada contra la pared del fondo, con las manos sobre las rodillas.

Parece que acaba de tener un ataque de tos, porque por debajo de la algarabía a sus espaldas, se oye su jadeo ronco.

En cuanto la ve, Derek se apresura a acercarse a ella.

—¿Estás bien? ¿Puedes seguir? Podemos descansar si…

—Estoy bien. —Ishtar traga saliva y asiente una, dos, tres veces, quizá para convencerse a sí misma—. Estoy bien.

Su guardián le acaricia la espalda, preocupado, mientras Darien se queda ahí de pie, paralizado y perdido, con la mirada clavada en la punta de sus botas.

Mientras avanzaban se ha esforzado por no pensar en nada, abrumado por la toda la gente a la que tenía que esquivar y concentrado solo en seguir adelante.

Ahora que se queda quieto, sin embargo, le alcanza todo lo que ha intentado evitar hasta ese momento.

Los recuerdos de la noche lo sujetan de los brazos y las piernas, lo anclan al suelo y dejan que los sentimientos lo golpeen.

La ansiedad que sentía en medio de la multitud es sustituida por la pérdida, la tristeza, los remordimientos.

Aun así, las lágrimas que se tiene que tragar no pertenecen a ninguna de esas emociones.

Las lágrimas son de enfado, una ira caliente y primordial que le tensa los músculos y le hace querer volver atrás.

La odia. La detesta y, al mismo tiempo, quiere abrazarla.

La rabia es algo fácil de entender en esa situación, es algo por lo que dejarse arrastrar ahora que no tiene el control de nada.

Rabia contra los dioses, contra Astrey, contra Nathan por ponerse del lado del nuevo Portador.

Incluso contra Caleb, por obligarlos a dejarlo atrás.

—No deberíamos habernos marchado.

Rabia contra sí mismo por abandonarlo cuando más lo necesitaba. ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo ha podido aceptar…?

—Darien…

—¿Y qué tendríamos que haber hecho? ¿Quedarnos para que nos encerrasen? ¿Para que nos matasen? —Derek empuña las palabras como armas afiladas—. Porque eso es lo que habría pasado. No teníamos ninguna oportunidad y lo sabes.

El celestial alza la vista para encarar ese rostro contorsionado por sentimientos muy parecidos a los que él mismo guarda dentro.

Está claro que al necromante le resulta mucho más fácil agarrarse al enfado, que prefiere discutir con él para paliar la frustración que lleva dentro.

Darien aprieta los labios, dispuesto a permitirlo y a devolverle el ataque.

Aunque sea infantil. Aunque sea ridículo e inútil, quiere gritar, y al menos Derek le está dando una excusa para hacerlo.

—¡Aun así, nunca deberíamos haber permitido…!

—Caleb sabe cuidarse solo.

—¡Quizá, pero ni siquiera él es invencible!

—¿Te crees que me gusta haberlo dejado atrás? ¿Te crees que eres al único al que le importa? ¡Caleb es parte de mi familia! No te atrevas a…

—¡Basta! —Ishtar tiene el rostro desencajado cuando se separa de la pared. Ella también está al borde de las lágrimas, pero en su caso no hay enfado, solo tristeza y una culpa que lleva escrita por toda la cara—. ¿De verdad creéis que discutir entre vosotros va a ayudarlo en algo?

Derek respira hondo antes de bajar la vista.

No pide perdón, pero retrocede un paso; Darien, por su parte, cierra los ojos.

Está agotado y lo único que querría hacer es sentarse en un rincón y dormir.

Pero no puede. Pese a que Derek se lo haya ofrecido a Ishtar, los tres son conscientes de que no deberían detenerse durante demasiado tiempo.

No van a poder descansar hasta que salgan de Damira, lo sabe, pero la idea de distanciarse de Caleb le duele más de lo que quiere admitir.

Siente que todo lo que les une es demasiado frágil, demasiado precario.

No puede evitar pensar en todas las vidas en las que han estado condenados y preguntarse si lo que ha pasado es resultado de esa historia que se repite una y otra vez.

Aunque al principio de la noche quería protegerse, protegerlos, ya es demasiado tarde, ¿verdad?

Van a sufrir. Hagan lo que hagan, lo suyo no acabará bien.

—Nos encontrará —continúa Ishtar. Es evidente que ella también quiere convencerse—. Tenemos que creer que lo hará. Caleb nunca ha faltado a su palabra.

Es cierto. Caleb guarda trucos bajo la manga de los que Astrey no tiene ni la menor idea.

Tarde o temprano, los usará para volver con ellos.

Con él. Se lo ha dicho. Lo ha encontrado en todas esas vidas y va a volver a encontrarlo ahora.

Tiene su medallón. Quizá, con suerte, al menos sienta su tacto a través de la joya, sin importar cuánta distancia haya entre ellos.

Darien se obliga a asentir y a mirar a su amiga.

Pese a todo lo que ha pasado durante esa noche, es obvio que trata de mantener la mente fría, o quizá solo esté más acostumbrada a agarrarse a la esperanza, por pequeña que sea.

Está pálida, tiene el rostro sucio de sangre, polvo y sudor y, en ese estado, cuesta verla como la princesa que es, aunque el celestial ni siquiera sabe si la puede seguir llamando así.

Ha renegado de su título, ha renegado del Imperio y ha dicho que no le importa lo que pase con él.

Todo el mundo en el jardín la ha escuchado, pero no lo ha dicho en serio, ¿no?

En su caso, hablaba la desesperación. La tristeza por lo que le ha pasado a su madre. Por lo que le había pasado a Derek…

El necromante camina distraído de un lado al otro del callejón.

Entre los agujeros de su ropa se vislumbra la piel perfecta, lisa, sin una sola cicatriz; las enredaderas solo le siguen cubriendo la mitad del rostro y descienden por su cuello, que se está frotando distraídamente.

Darien se pregunta si todo lo sucedido esa noche se le antojará un mal sueño.

Se pregunta si recuerda algo, el dolor, el tictac del Amuleto.

—Tenemos que marcharnos de la ciudad —dice el necromante—. Y creo que Arsay es la mejor opción.