La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ammarah
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Ammarah

AMMARAH

Abre los ojos justo cuando el cuchillo le raja el cuello.

La luz del amanecer baña la habitación y la reina de Daiva toma aire con dificultad, pero siendo consciente de que todavía respira, de que el corazón aún le late, de que la calidez de la sangre no le empapa la ropa.

Sobre ella, la asesina de sus sueños la mira con los labios entreabiertos y los ojos fijos en los suyos, tan inmóvil como si el tiempo se hubiera detenido.

Reconoce ese rostro de todas las veces que lo ha visto al tomar la pócima.

De todas las veces que lo ha visto cuando salía de sus visiones y se confundía con la cara de Rina.

Pensó que, al mostrársela, Destino le estaba señalando a la mujer que podría acompañarla de la mano durante el resto de su vida.

Pensó que al menos merecía un poco de amor, un poco de compañía.

Pero su dios le estaba mostrando la cara de su asesina.

Los ojos de una criatura capaz de matar a sangre fría a su tío.

A su tía. A la única familia que le quedaba.

Una criatura capaz de cambiar de forma y tomar el cuerpo de su doncella más cercana, Rina Malai.

También ha acabado con su vida. Con la de Rina, su Rina.

La ha asesinado, ha utilizado su nombre y su forma y se ha mantenido a su lado durante semanas, como un parásito que intentaba colarse en su cabeza.

El cuchillo destinado a cortarle el cuello, ese que todavía continúa en el aire, tiembla un instante antes de que la expresión de la mujer cambie y se cubra de decisión.

Y entonces ataca.

Ammarah apenas tiene tiempo de rodar sobre la cama para alejarse de ella.

Escucha el sonido de la tela al desgarrarse y una punzada de dolor que le atraviesa el hombro.

Aun así, se pone en pie, pese a que se enreda en las mantas en el proceso.

Se lleva la mano a la herida, pero no se atreve a mirar el líquido rojo que se le desliza entre los dedos y le empapa la manga del camisón.

No se atreve a apartar la mirada de la mujer que quiere asesinarla.

Ammarah no cree ser una persona valiente, nunca se ha considerado una luchadora. Jamás ha empuñado un arma ni le ha hecho falta, aunque de pronto se arrepiente de no haberle pedido a Lilith que le enseñara a protegerse. No, Ammarah no va a empuñar una espada ni va a intentar desarmar a esa mujer.

Pero grita hasta desgarrarse la garganta.

—¡¡¡Guardias!!!

Apenas tardan unos segundos en aparecer.

Primero solo dos, pero dan la voz de alarma en cuanto ven lo que está sucediendo, así que no tardarán en venir más.

Aunque la extraña aprieta los dientes, aún intenta lanzarse una última vez hacia su víctima.

Es un acto desesperado, casi suicida, y, con la misma desesperación, Ammarah le arroja las sábanas por encima justo antes de alejarse hasta la otra punta de la habitación.

Los guardias se abalanzan sobre la extraña, que se arranca las sábanas de encima a tiempo de enfrentarlos.

Su cuerpo atlético, fino pero musculado, se mueve con agilidad.

Solo tiene un puñal en la mano, pero su velocidad la hace letal y Ammarah deja escapar un grito cuando ve cómo uno de sus defensores cae bajo su arma.

—¡¡¡Majestad!!! ¡Tenéis que salir de aquí!

Elijah Noviz, el nuevo comandante de la Guardia Celestial y Ojo de la Muralla, está de pronto ante ella.

No sabe en qué momento ha llegado, pero se alegra de que esté ahí, porque él toma el control de la situación: la coge del brazo y la arrastra fuera del dormitorio.

Ammarah apenas consigue reaccionar. Paralizada, temblorosa, incrédula, lo mira como si no pudiera terminar de darle sentido a sus palabras y se deja guiar.

A sus espaldas, varios soldados saltan sobre una sola mujer.