La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Dyne
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Dyne

DYNE

El primer asesinato ni siquiera es complicado.

No se trata de ninguno de los descendientes de Aiva, sino del soldado más cercano que encuentra haciendo guardia.

Cuando toda su identidad se cuela dentro de su cabeza, descubre que se llamaba Johann, que tenía esposa y dos niños y que estaba deseando acabar el turno para volver a casa a tiempo para el desayuno.

Dyne arrastra su cuerpo hasta un almacén tras comprobar que el ojo de Destino que lleva al cuello se haya roto, como siempre que un necromante acaba con la vida de un celestial, y le roba la ropa además del rostro, las armas además de los recuerdos.

Se lo roba todo y sale de ese lugar convertida en guardia, padre de familia y fiel a Destino.

Bajo esa apariencia, mata primero a Keren Aiviz.

Lo elige a él porque es al único al que tiene verdaderas ganas de asesinar y necesita esa fuerza, ese impulso, sentir que por lo menos alguien se merece por completo lo que le va a ocurrir.

Sabe que es un hombre prepotente que está de parte de la Suma Celestial y que cree que no hay ningún problema con la Purificación y todas sus consecuencias.

Adquirir sus recuerdos cuando le corta el cuello se lo confirma.

Veía a los brujos y a los necromantes como monstruos, disfrutó de la expulsión de aquellos que no se habían atrevido a jurar lealtad a Destino y consideraba que Ammarah de Daiva era una niña insufrible que no merecía la corona.

Tenía que haber sido suya, solo suya, ni siquiera de su hermano mayor, cuya muerte no sintió especialmente.

Consideraba que era débil y demasiado compasivo, incapaz de llevar el reino hacia el esplendor que podría haber tenido en sus propias manos.

Todas las ideas que se le cuelan dentro consiguen que Dyne se arrepienta de una sola cosa: de haberlo matado tan rápido.

Le habría gustado haberlo hecho sufrir un poco.

Le habría gustado que entendiera una parte del dolor que ha ayudado a provocar.

La segunda es Ethel. Del Ojo del Tesoro no sabe qué pensar.

Sabe que es una mujer sobria y centrada en sus obligaciones, a menudo encerrada en su despacho y más pendiente del reino que de cualquier otra cosa en su vida.

Dyne se cuela en su cuarto con la cara de su hermano, porque un guardia todavía tiene que dar algunas explicaciones para caminar por pasillos que no se le han asignado, pero un noble, ninguna.

Su segunda víctima tiene el sueño lo suficientemente ligero como para entreabrir los ojos cuando Dyne se acerca a su lecho y mirar al que cree que es su mellizo con cierta confusión.

Abre la boca, pero no llega a pronunciar ni una sola palabra.

Ethel Aiviz muere pensando que su hermano la ha asesinado.

El cielo comienza a clarear cuando Dyne arranca el cuchillo de su cuello y le roba el rostro también a ella.

Los colores del amanecer asemejan sangre derramada sobre un manto púrpura para cuando llega a los aposentos de Ammarah.

Lo hace vestida con la ropa y el cuerpo de Ethel, con su mentalidad práctica llena de pensamientos sobre ganancias y pérdidas, pero cuando se acerca a la cama, recupera su verdadero rostro.

Se siente extraña en su propia piel después de tantas semanas enmascarándose con otras, pero piensa que eso es lo mínimo que le puede ofrecer a la reina de los celestiales.

Aunque quiere que sea rápido, aunque no pretende que sufra, no quiere arriesgarse a que abra los ojos y vea a su tía empuñando un arma contra ella; tampoco a la sirvienta a la que considera amiga, la única que le queda.

Ammarah de Daiva ya ha sufrido suficientes desengaños, así que prefiere que su último pensamiento no sea que la han vuelto a traicionar.

O quizá no sea tan considerada. Quizá, en el fondo, quiere que la vea a ella, por primera y última vez.

Sabe que es ridículo, pero durante los últimos días ha habido momentos en los que ha deseado poder hablar con esa muchacha sin un disfraz de por medio.

A veces, la personalidad de Rina la constreñía, la obligaba a decir cosas que ella nunca habría dicho, de maneras en las que ella jamás las habría pronunciado, la obligaba a cubrirse con pátinas de educación y suavidad cuando quería ser directa o sarcástica, así que le gusta la idea de mostrarse ante la reina sin máscaras.

Aunque tenga que ser así.

Ammarah duerme. Su sueño no debe de ser agradable, porque su rostro está contorsionado en una mueca.

El pecho le sube y le baja con celeridad y el sudor le perla la piel.

Dyne está segura de que está sufriendo una de sus pesadillas.

Ha habido días en los que ha pensado que se las merecía, días en los que no la ha despertado para que sufriera un poco más.

Ahora, sin embargo, se le ocurre que al menos así va a quitarle los malos sueños para siempre.

La muerte puede ser piadosa. Quizá esto es lo mejor que le puede pasar a Ammarah de Daiva, después de todo.

Así se borrarán las culpas y las responsabilidades.

Decide aferrarse a esa idea cuando alza el puñal.

No la está matando, la está liberando.

Aun así, le tiembla la mano. Le resulta extraño porque nunca le había ocurrido antes, ni siquiera cuando era niña, ni siquiera con su primera muerte.

Respira hondo. Clava los dedos con más fuerza alrededor de la empuñadura de su cuchillo y piensa en Derek, en nada más.

Piensa en los pecados que ha cometido esa mujer, en las personas que han sufrido porque ella no ha tenido el valor de tomar sus propias decisiones.

Piensa en justicia, se pone excusas, se arma con ellas y se cubre con los recuerdos de otras mil personas distintas para tapar los suyos propios.

Afuera, el sol sangra.

Y Ammarah despierta.