Dyne
DYNE
La estancia se convierte en un glaciar. Dyne tiene que encogerse sobre sí misma cuando la temperatura baja hasta ser incluso más extrema que en Eirwynn, allá donde todo está cubierto de nieve y sus gentes se protegen con pieles pesadas para soportar la dureza de un invierno eterno.
Las ventanas de la habitación se empañan con la ira de Muerte, la escarcha comienza a extenderse por el suelo y las paredes y las enredaderas que cubren a la diosa se marchitan.
Sus ojos ya no son lunas, sino estalactitas.
Su diosa está furiosa.
Dyne entiende por qué. También entiende quién será el primero en sufrir esa ira si ella no hace nada por evitarlo. Al fin y al cabo, los necromantes conviven con la muerte, así que es impensable que uno de ellos escape de su abrazo. Es traición.
Y los dioses no perdonan las traiciones.
—Yo pagaré el precio.
Las palabras le salen como un jadeo, en parte impulsadas por el miedo y, en parte, por la irracionalidad que suele empujarla a tomar muchas de sus decisiones.
Dyne no planea, para eso está Caleb: Dyne actúa.
Lo hizo cuando decidió infiltrarse en ese palacio sin que nadie se lo pidiera y vuelve a hacerlo ahora.
No suele arrepentirse, pese a dejarse guiar por impulsos.
Le gusta la sensación que eso le genera y los años la han convertido en una experta de la improvisación.
Cuando Muerte clava sus ojos en ella de nuevo, sin embargo, está a punto de lamentar haber abierto la boca sin pensar en las consecuencias. Al menos el frío se templa. Incluso la escarcha que había empezado a subirle por la falda se detiene.
—¿Eres consciente de lo que estás ofreciendo?
La voz de Muerte ya no es como una nana, sino como un cuchillo. Dyne se obliga a mantener la calma, pero no es capaz de sostenerle la mirada, así que la clava en el suelo con la excusa de mostrarle respeto.
—Soy vuestra súbdita, mi señora. Y sé que el orden del ciclo debe mantenerse: una vida que se salva debe responderse con la pérdida de otra.
—Las palabras le salen ligeras, fáciles, mucho más seguras de lo que ella se siente—.
También sé lo que ocurre con aquellos necromantes que os traicionan, pero yo arrebataré las vidas que queráis a cambio de que perdonéis a Derek.
Vos misma habéis dicho que se fue en paz: no luchó, no pidió más tiempo.
Sea cual sea la razón por la que os lo han arrebatado, él no es culpable.
Quizá por eso está tan dispuesta a dejar que disfrute de la nueva oportunidad que se le ha ofrecido. Por muy familiarizada que esté con la muerte, sigue siendo humana, solo humana, y saber que Derek todavía respira en alguna parte de ese mundo es lo que repara las brechas de su corazón.
El rostro de sombras de su diosa no tiene expresión, pero sus ojos se tornan ambarinos y Dyne decide interpretar eso como atención.
—No deberías endeudarte por los pecados de otros, mi dulce niña.
—La mano de Muerte se extiende hacia su mentón para obligarla a alzar el rostro.
Aunque la temperatura del cuarto está empezando a volver a la normalidad, su caricia sigue siendo helada—.
¿Qué pasaría si yo te pidiera algo que sé que no quieres hacer… ?
La necromante se obliga a mantenerse estoica.
—Sé que podéis ser piadosa, mi señora. Solo hay tres personas en este mundo cuya sangre no podría entregaros y sabéis quiénes son.
—Pero matarías a quien hiciera falta por proteger a cualquiera de ellas.
—Así es.
Muerte no la suelta y la necromante empieza a preguntarse si está interesada en el pacto que le ofrece o solo en ella.
La diosa le pasa uno de sus dedos por los labios con la misma delicadeza que una amante dispuesta a tomarse su tiempo con ella.
Es como si verla ofrecerle vidas le hubiera resultado atractivo, como si en vez de la niña que salvó una vez pudiera ver ante ella a la mujer que ahora es.
Dyne traga saliva cuando la diosa se inclina un poco más.
—Siempre has sido letal, Dyne. Me gusta eso de ti.
—Por un segundo, se le ocurre que la muerte va a besarla, pero lo único que hace la diosa al acercarse es susurrarle al oído—: Tres vidas.
Ni una menos. Tres vidas por las tres personas que te negarías a matar.
Tres vidas y perdonaré la transgresión que Derek ha cometido, queriendo o sin querer.
Aunque Dyne siente el escalofrío que le baja por la columna vertebral, una advertencia de que ese trato es peligroso, tres vidas le parecen un precio ridículo.
—De acuerdo.
—No he terminado.
Muerte se aleja de ella para que pueda verle la cara (sus sombras, aquello que se mueve por debajo de ellas, el entramado de ramas que se adivina dándole forma, los insectos que las recorren y esos ojos inhumanos del color de la miel) y Dyne sabe que ahora es cuando debe empezar a temer.
—No pensarías de verdad que iba a ser tan fácil, ¿no? ¿Crees que puedes salir de este pacto eligiendo a tus víctimas? Quiero las vidas de todos los descendientes de Aiva que quedan vivos.
Esta vez Dyne siente el hielo en las venas.
La orden es clara y la entiende a la perfección.
Tres vidas. Las tres personas que tienen la sangre de la elegida de Destino, de la hija del propio Tiempo.
Todos ellos están en ese palacio. Solo por eso no debería ser una misión complicada.
En su cabeza repasa sus rostros, sus nombres.
Ethel Aiviz, Ojo del Tesoro.
Keren Aiviz, Ojo de la Justicia.
Ammarah.
Es ahí donde su corazón tropieza y se le constriñe de una manera inesperada.
—Dejad que mate a la Suma Celestial en lugar de a la reina —dice, aunque sabe de antemano cuál va a ser la respuesta—. Es esa mujer la que maneja los hilos, la que ha provocado que…
Los ojos de Muerte se vuelven afilados. Su voz también.
—Creí que habías dicho que solo había tres vidas que no podías entregarme, Dyne.
El frío vuelve entonces, todavía más extremo, y la asesina se echa a temblar.
El cuerpo se le congela, la escarcha cubre por completo las ventanas y dentro del cuarto se contiene una ventisca.
Frente a ella, la diosa la observa como si fuera solo uno más de los insectos que la recubren, igual de fácil de aplastar si la decepciona.
Dyne se ha enfrentado a un sinfín de criaturas, ha salido victoriosa de esos enfrentamientos en la gran mayoría de ocasiones y ha tenido miedo en muy pocas.
Pero Muerte no es como ninguno de sus anteriores contrincantes, así que en este caso ni siquiera se le ocurre replicar.
En su lugar, piensa en la última víctima de la lista.
Por lo general, no le gusta tener contacto con las personas a las que va a asesinar; le parece el equivalente a jugar con la comida y ella prefiere ser eficiente y práctica.
Sin embargo, a la reina de Daiva ha empezado a conocerla más de lo que Ammarah misma cree.
No se trata solo de los recuerdos de Rina (de esos sería muy fácil disociarse, sobre todo porque la imagen que Rina tenía de su princesa era demasiado idealizada), sino de los que ella ha ido recolectando durante los días que ha estado infiltrada.
Ha pasado bastante tiempo a su lado, así que sabe demasiado de esa mujer.
Desde las preocupaciones que no la dejan dormir (la culpa, las dudas, el miedo) a qué la hace sonreír (las azaleas, la mermelada de fresa, el trabajo bien hecho), pasando por varios de sus secretos (su enamoramiento con Lilith Rheiz, las pociones que usa para lidiar con las ansias de saber, pero, sobre todo, de ser útil).
Conoce sus faltas y sus aciertos, aquello de lo que se siente orgullosa y aquello de lo que se arrepiente.
Hace solo unos minutos le dijo que podía intentar hacerlo mejor a partir de esa noche.
Pero no va a tener tiempo.
La boca se le seca, pero la necromante sabe que lo que está en juego es lo suficientemente importante como para que ni siquiera pueda pensar en negarse.
—Tres vidas y Derek estará libre de todo castigo.
Muerte asiente.
—Tienes mi palabra, Dyne. Pero nuestro trato solo será efectivo cuando acabes con todas ellas. Hasta entonces, tendrá que sufrir las consecuencias, como cualquier otro. No puedo daros ningún trato de favor: debo querer a todos mis niños por igual.
La necromante está convencida de que ese último apunte ni siquiera es una broma: la diosa ama a todos esos niños perdidos a los que ha salvado. Para ella, deben de ser poco menos que sus hijos.
Pero el amor de los dioses es retorcido e inhumano.
—De acuerdo —acepta Dyne, casi sin voz.
—Tres vidas, tres meses. Ese es el tiempo que os ofrezco a ambos.
Esas son sus últimas palabras. Para cuando Dyne vuelve a alzar la mirada, la temperatura normal del cuarto ha vuelto y de la presencia de Muerte solo queda un cúmulo de insectos que se dispersa para desaparecer entre las sombras del dormitorio.
Dyne toma aire de nuevo.
Tres meses.
No va a tardar tanto. No va a dejar que Derek empiece a sufrir como sabe que lo hará.
Piensa cumplir su trato esa misma noche y, después, irá a buscar a su familia.
Lo que ocurra en ese palacio ya no será su problema.
El caos que dejará atrás cuando acabe con lo poco que queda de la actual familia real, tampoco.